ANTOLOGIA DE DECALOGOS LITERARIOS

"Los Diez Mandamientos, considerados útiles reglas morales para vivir en sociedad, tienen un excelente uso literario. El escritor, al contar sus historias, debería hacer que sus personajes violen constantemente estos mandamientos, en conjunto o por partes. Mientras alguien robe, mate, mienta, fornique, blasfeme o desee a la mujer del prójimo tendremos un conflicto y en consecuencia una historia que contar. Por el contrario, si sus personajes se portan bien, no sucederá nada: todo será aburridísimo."
Fernando Ampuero


Uno de los más interesantes y que recoge más sabiduría, tiene un solo postulado. Se lo leí a Alejandro Quintana y dice:

"Porque en realidad ya se ha contado todo; lo novedoso es contarlo de forma interesante".

Es muy común que los escritores, cuando gozan de cierto reconocimiento, decidan organizar sus ideas en forma de recomendaciones que suelen enumerar en listas, generalmente en forma de decálogos, muy a manera de configurar una suerte de "Tablas de la Ley"o de "Diez Mandamientos" , en los que pontifican,-con razón o sin ella, en concordancia con su prestigio y sabiduría o apenas haciendo gala de una vana pretensión un tanto ególatra- sobre sus verdades decantadas acerca del oficio de escribir.

Unos condensan verdaderas sentencias, otras son apenas esbozos que naufragan en su propia babosería; unos son un compendio de ingenio, otros verdaderos destellos de humor, mientras algunos apenas sí resbalan como peligroso chascarrillo en el reino del lugar común.

De todas maneras, en esta página recopilamos algunos de ellos, como elemento para el análisis y estudio de los interesados en el ejercicio de escribir. Muy recomendado para aprendices y aficionados, para lectores desprevenidos, para alumnos de talleres literarios y para todos los que se deleitan del bello arte de la Literatura.

Al final citamos los más ingeniosos, clásicos, reconocidos o polémicos.

Lo que comenzó como un divertimento, pasó a ser una disciplina que permite enriquecer la teoría de la creación literaria, en la voz de los maestros. La idea original parte de la página www.emiliorestrepo.blogspot.com
Comentarios y aportes, favor remitirlos a emiliorestrepo@gmail.com

domingo, 14 de junio de 2020

5 cosas que todo buen escritor debe saber


5 cosas que todo buen escritor debe saber

 • Domingo 23 de diciembre de 2018
Tomado de: https://letralia.com/articulos-y-reportajes/2018/12/23/5-cosas-que-todo-buen-escritor-sabe/?utm_source=ReviveOldPost&utm_medium=social&utm_campaign=ReviveOldPost


¿Cuál es el perfil del buen escritor? Difícil describirlo con total exactitud.
Escribir es un oficio de valientes, sólo para personas que sienten que detrás de su pluma hay un compromiso absoluto por transmitir mensajes de gran valor, de contar historias que sean capaces de sacudir el pensamiento y ganarse un lugar en la memoria de los lectores.
Pensando en esto, compartimos contigo estas cinco claves que definen al buen escritor, las cinco cosas que todo buen escritor sabe y aplica en su día a día.
  1. Los buenos escritores saben que tienen que leer. Parece obvio pero no siempre es así. En este punto, más que leer para afinar el ojo y el estilo, se trata de leer para saber qué están escribiendo nuestros contemporáneos, qué los inspira, quiénes son sus referencias. No cometas el error de escribir un cuento o novela (por nombrar dos géneros al azar) sin antes haber consultado si el tema que quieres tratar ya ha sido tocado por otro autor, si está en boga, o si tus ideas, aun cuando son tuyas, se aproximan demasiado a las de otro autor que tenga las mismas inquietudes. En conclusión: antes de sentarte a escribir, lee qué están haciendo los demás.
  2. Los buenos escritores saben que deben investigar. Aléjate de tu mal amigo el ego, que te insiste en que todo lo que escribes es perfecto y todos deben rendirse a tus pies. Los escritores que alcanzan el éxito están conscientes de que escribir es un trabajo duro, solitario, de mucha lectura, de mucho insistir y también de mucha investigación. Antes de abordar un tema que quieras llevar a un cuento o novela, antes de escribir sobre un autor determinado o trabajar en un género, es necesario que investigues y hasta que adquieras una metodología de investigación que te funcione.
  3. Los buenos escritores saben que deben ser disciplinados. Tan disciplinados son, que aprenden a apartar las distracciones que les impiden concentrarse a fondo en una historia. En esta Tierra de Letras hemos tenido la oportunidad de acercarnos a escritores de diferentes países y hemos visto de todo: apagan sus teléfonos celulares por días, pasan semanas sin tocar sus redes sociales, no miran su correo electrónico, se desplazan a lugares aislados donde sus actividades diarias —más allá de escribir, claro está— se reducen a lo mínimo, como ir por un café o comprar pan, sin contacto con familiares y amigos, en fin. Un buen escritor debe trabajar desde temprano en establecer sus propias normas e identificar cuál es el mejor horario para poder trabajar a gusto.
  4. Los buenos escritores saben que para escribir hay que vivir. ¿Vivir? Sí, vivir. Los buenos escritores entienden que para poder escribir grandes historias es necesario vivir experiencias nuevas: emprende un viaje en solitario, visita lugares a los que nunca antes hayas pensando ir, conoce personas que desempeñen oficios totalmente aislados para ti y pregúntales cómo es su día a día, cuáles son sus necesidades, de qué manera ven el mundo. Cada experiencia nueva puede traducirse en el inicio de una investigación que dé como resultado una nueva gran historia.
  5. Los buenos escritores entienden que escribir no se trata de cualquier cosa. Gabriel García Márquez, uno de nuestros grandes referentes por su valiosa capacidad para observar y contar historias, expresaba que el mejor cuento era aquel que se contaba porque así era preciso hacerlo, porque compartirlo con los lectores era una tarea necesaria, casi obligatoria. Nosotros asumimos como nuestra esta lección y la llevamos a la práctica siempre que lo consideremos necesario. No se escribe para contar cualquier historia, tampoco se escribe para sí mismo. Se escribe porque así es necesario hacerlo, porque estamos listos para disfrutar y sufrir el proceso, porque queremos darle vida a una historia que en cuestión de líneas tomará su curso por sí misma y porque queremos conectar con un público determinado.

viernes, 29 de mayo de 2020

10 CONSEJOS DE ESCRITURA DE JOSS WHEDON


10 CONSEJOS DE ESCRITURA PARA GUIONES
de JOSS WHEDON
(Dirigidos a guionistas, pero pueden ser útiles para creativos en general)
En 2006, el guionista Joss Whedon (Buffy Cazavampiros, Avengers) formuló diez consejos de escritura durante una entrevista con Catherine Bray para la revista británica Hotdog. Aquí los tienes traducidos al español por Carlos Crespo.


1. TERMÍNALO
Pues sí, terminarlo es lo que voy a poner el número uno. Igual te hace gracia, pero es así. Tengo muchos amigos que han escrito dos terceras partes de un guión y las han reescrito durante unos tres años. Terminar un guión es, lo primero, muy difícil pero luego es algo muy liberador. Incluso si no es perfecto y aunque sepas que tendrás que darle una vuelta, teclea hasta el final. Necesitas poder darlo por terminado.

2. ESTRUCTURA
Estructura significa que sabes lo que estás haciendo, asegurarte de que no te vas por las ramas. Hay algunas películas geniales hechas por gente que divaga, como Terrence Malick y Robert Altman, pero hoy eso apenas se hace y yo no lo recomiendo. Soy muy pesado con la estructura. De hecho, yo me hago tablas. ¿Dónde están los chistes? ¿El suspense? ¿El romance? ¿Quién sabe qué, y cuándo? Necesitas que estas cosas pasen en los momentos adecuados y en base a eso has de construir tu estructura: cómo quieres que se sienta el espectador. Tablas, gráficos, bolígrafos de colores… cualquier cosa que te ayude a no quedarte ciego ayuda.

3. TEN ALGO QUE DECIR
En realidad, este consejo debería ser el número uno. Incluso si estás escribiendo una copia de La Jungla de Cristal, ten algo que decir sobre las copias de La Jungla de Cristal. La cantidad de películas que no son sobre lo que pretenden ser es asombrosa. Es raro, sobre todo si hablamos de género, encontrar una película con una idea y no simplemente “una peli que dará lugar a una franquicia muy maja”. The Island se convierte en una película con persecuciones de coches y los momentos que más se disfrutan son aquellos con clones que te hacen pensar: “¿Qué se sentirá al ser uno de estos?”.

4. TODO EL MUNDO TIENE UNA RAZÓN PARA VIVIR
Todo el mundo tiene una perspectiva. Todos los personajes de tu escena, incluido el matón que acompaña a tu villano, tiene un motivo. Tienen su propia voz, su propia identidad, su propia historia. Si un personaje habla de tal forma que parece como que le está preparando la frase al próximo personaje en hablar eso no es diálogo: eso son fragmentos de sonido. No todo el mundo tiene que ser gracioso, no todo el mundo tiene que ser mono, no todo el mundo tiene que ser encantador y no todo el mundo tiene ni que hablar, pero si no sabes quién es cada personaje ni por qué está ahí, por qué sienten lo que sienten y por qué hacen lo que hacen entonces tienes un problema.

5. CORTA AQUELLO QUE TE ENCANTA
He aquí un truco que aprendí muy pronto. Si algo no funciona, si has construido una historia que se ha atascado y no ves por dónde puede salir, coge tu escena favorita o tu mejor idea o tu mejor pieza y córtala. Es brutal, pero a veces es también inevitable. Igual ese trozo que cortas acaba volviendo al guión, pero así de primeras cortarlo es un ejercicio tremendamente liberador.

6. ESCUCHA
Cuando me han contratado como analista de guión, ha sido normalmente porque alguien no ha sido capaz de llevar el guión al siguiente nivel. Es verdad que los escritores son a veces reemplazados por ejecutivos que no saben qué hacer y eso es terrible, pero lo cierto es que en la mayoría de guiones en los que he trabajado ha sido porque hacía falta, tanto si fui capaz de ayudar como si no. A menudo es porque alguien se bloquea, se queda anquilosado y tan atascado que no es capaz ni de ver a la gente que tiene alrededor. Es importante saber cuándo tienes que hacerle caso a tu intuición, pero también es muy importante saber escuchar a absolutamente todo el mundo. Incluso la persona más imbécil puede de repente tener la mejor idea.

7. TEN EN CUENTA EL ESTADO DE ÁNIMO DEL PÚBLICO
Tienes un objetivo: conectar con el público. Por lo tanto, tienes que recordar siempre lo que el público estará sintiendo en cada momento. Uno de los mayores problemas a los que me enfrento cuando veo películas de otra gente es que yo les digo “esta parte me confunde” o algo así y ellos me dicen “lo que pretendo decir es esto” y empiezan a hablarme de sus intenciones. Pero nada de eso que me cuentan tiene que ver con mi experiencia como espectador. Tienes que pensar igual que va a pensar el público. Van al cine y o son conscientes de que se les ha dormido el culo o no lo son. Si tú haces bien tu trabajo, no son conscientes. Mucha gente piensa que los pases de prueba con público son terribles, pero eso es porque muchos estudios gestionan muy mal este momento. Se acojonan y vuelven a rodar escenas o se ponen en plan “vaya, Brasil no puede acabar mal” y ahí viene el horror. Pero bien hecho, el pase de prueba sirve de mucho.

8. ESCRIBE LA PELÍCULA
Escribe la película tanto como puedas. Si hay algo exuberante y extenso, descríbelo con todo lujo de detalles; si algo no es demasiado importante, escríbelo como de pasada. Que la lectura de tu guión sea lo más parecida posible a la película. Esto te ahorra trabajo a ti, al director y a los productores que quieren saber “cómo será este guión cuando lo pongamos en pie”.

9. NO ESCUCHES
Ya te he dado el consejo de que escuches, por eso ahora tengo que darte el consejo contrario, porque al final el mejor resultado viene cuando alguien manda el sistema a la mierda, hace lo inesperado y deja que su propia voz entre en ese engranaje que es hacer películas. Elige cuando luchar por algo. No existiría Paul Thomas Anderson o Wes Anderson o gente como ellos si hacer películas fuera una ciencia perfecta. Pero el proceso tiende a llevarte en esa dirección, te intenta homogeneizar y ahí es donde deberás luchar y oponerte. Hubo un momento mientras hacíamos Firefly en que tuve que pelear varios detalles con la cadena porque cambiaban tantas cosas que habían empezado a crear una serie que ya no sera la mía.

10. NO TE VENDAS
El primer penique que gané, lo ahorré. Y así me aseguré de que jamás tendría que aceptar un trabajo solo porque me hacía falta el dinero. Por supuesto que seguía necesitando trabajar, pero me podía permitir aceptar los encargos que me gustaban. Cuando digo que esto incluye Waterworld la gente me pone caras raras, pero como idea para una película Waterworld es maravillosa. Cualquier cosa puede ser buena. Incluso El último gran héroe podría haber sido buena. Casi en cualquier película hay una idea que merece la pena en alguna parte: si puedes encontrar ese algo que te guste, entonces puedes hacerlo. Si no lo encuentras, entonces no importa lo habilidoso que seas: eso se llama prostituirse.

lunes, 18 de mayo de 2020

¿Cómo escribir un buen ensayo? Por: Jorge Iván Parra Londoño

No pocos dolores de cabeza y trabajos producen a nuestros estudiantes la elaboración de un escrito con las características propias de un ensayo. Esto se debe a que tal vez sea este el ejercicio que menos realizan, ya que la reflexión por escrito les plantea muchísimas más dificultades que la oralidad en la, así sea con tropiezos, se defienden.
Está claro que es más fácil expresar nuestras ideas en forma oral que por escrito, en razón a que la oralidad siempre va acompañada de circunstancias de enunciación (gestos, entonación, lenguaje corporal, etc.) y además siempre encontramos apoyo en lo que los otros acaban de decir. Esto sumado a la posibilidad de enmendar errores a medida que se van presentando y a que la corrección de otros a lo dicho por uno, se da casi inmediatamente.
La escritura, en cambio, requiere de precisión y de habilidad para reemplazar todas las ayudas que tenemos cuando hablamos. Se necesita más dominio de vocabulario y de la gramática. Las formas más elaboradas de la oralidad son la oratoria y el discurso retórico. Respecto a la escritura, se puede decir que su forma más elaborada es el ensayo, el cual apareció con la modernidad, primero con Montaigne y los filósofos franceses, ingleses y alemanes (con antecedentes en pensadores españoles pre-renacentistas), y posteriormente con los críticos del arte y la literatura y de la cultura en general. En Colombia los primeros ensayos los escribió Baldomero Sanín Cano, contemporáneo de José Asunción Silva y de Jorge Isaacs. Grandes ensayistas latinoamericanos han sido entre otros: Juan Montalvo en Ecuador, Alfonso Reyes en México, Pedro Enríquez Ureña en Puerto Rico, Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Martí en Cuba, José Rodó en Uruguay, J.L. Borges en Argentina y Mario Vargas Llosa Perú.
Un buen ensayista es por necesidad un buen pensador, un buen escritor, pero, sobre todo, un asiduo lector analítico y crítico. Sin una lectura profunda y constante es casi imposible la realización de una reflexión por escrito que tenga algún valor. El filósofo húngaro Lukacs, clasificó el ensayo como un género intermedio entre la literatura y la filosofía. Es literario porque es un ejercicio de creación a través de la palabra y por el énfasis que se ha de poner en el estilo (que para Oscar Wilde, es la personalidad del que escribe). Es filosófico porque es un ejercicio de pensamiento y una muestra superior de inteligencia. Quien desarrolle habilidades en esta modalidad de la escritura, tendrá ventaja, por ejemplo en un examen por competencias, y tendrá muchísimo terreno abonado para su vida universitaria y desempeño profesional, sobre todo en ciencias y humanidades. Recuérdese que una tesis de grado puede el mayor ejercicio ensayístico y compete a todos. La mayor ganancia al pergeñar un ensayo es el fortalecimiento de lo que Vygotski llamó funciones psíquicas superiores (memoria lógica, atención voluntaria, toma de decisiones, formación de conceptos y pensamiento verbal).
Para que un ensayo sea tal y no se confunda con formatos como el informe, la reseña o el resumen, debe redondear las siguientes características:
Un tema concreto y delimitado, es decir, no trabajar varias ideas a la vez sin saber hasta dónde las va a desarrollar. Por lo general esto ya se da desde el título. Por ejemplo: “El punto de vista narrativo en Lolita, de Nabokov”, “Los cambios fonéticos en la evolución de la lengua castellana”.
Documentación en torno al tema: antecedentes y estado actual de éste. No tiene mucho sentido repetir lo que otros ya han dicho con suficiencia, pero tampoco arriesgar todo a la experiencia personal.
Determinación en torno al análisis: “Voy a hacer un estudio comparativo? ¿Partiré de una hipótesis? ¿Acudiré a la deducción, a la inducción o a la conjetura? ¿Partiré de una crítica a lo que otros ya han dicho?”
Se requiere teorización. Por ejemplo, si voy a tratar el tema del humor en alguna novela, es conveniente explicar primero, qué se entiende o cómo entiendo el humor, y cómo lo entiende el autor de la novela. Si voy a desarrollar el ensayo alrededor de lo bello y lo sublime en una pintura, pues debo explicar desde teorías consistentes y según distintas epistemes tales categorías.
Debe haber en lo posible y si se tercia, disputa conceptual, es decir, no trabajar desde una sola mirada o un único concepto. Al final se debería notar una toma de posición.
Emisión de conceptos más que de opiniones. Un ensayo no es un simple espacio para opinar, sino un conjunto de ideas elaboradas y juicios inteligentes. Decir que “Rayuela es un libro muy ladrilludo” o “no es recomendable Cortázar porque es malísimo”, no son conceptos sino opiniones, que como tales (y muy al contrario de lo que se piensa), no tienen por qué ser intocables.
Argumentación, razonamiento, ejemplificación y prurito de demostración (o al menos, sustentación). Por ejemplo, la idea de que Allan Poe explora el alma humana a través de sus relatos, debe llevar todo un sustento a partir de los relatos de Poe, sin desestimar voces autorizadas que sirven como argumentos por autoridad. Sin ello, la idea se queda sin piso. Es necesario conocer las formas de argumentación (por autoridad, por analogía, por ejemplificación, por deducción, etc.) y distinguirlas de las falacias (argumentos erróneos, casi siempre por contener premisas falsas).
Interrelación de elementos. Las ideas no pueden ir desconectadas unas de otras, ni se debe cambiar arbitrariamente de tema de un párrafo a otro. Debe haber cohesión (a nivel semántico) y coherencia (a nivel sintáctico) y para ello es necesario saber subordinar las frases y utilizar muy bien y con variedad los conectores.
Estructura, organización, nomenclatura: Es ante todo un trabajo escrito, para el cual hay pautas  (que pueden estar o no explícitas, pero sí manifiestas), tales como, introducción, temas y subtemas, conclusión y bibliografía (ésta sí explícita).
Normas para la presentación de trabajos escritos. Generalmente se piden las normas APA, que siempre deben estar actualizadas. Si el ensayo tiene como destino la publicación, se debe atender a las exigencias del medio en que se pretende publicar (de lo contrario se pierde toda opción de publicación). En las revistas indexadas, la formalización es absolutamente rigurosa.
Evitar el plagio: En esto hay que tener mucho cuidado, por las consecuencias que el plagio puede acarrear. Es plausible (y en casos inevitable) un bajo porcentaje de copia. No se debería pasar del 10%.
Vocabulario adecuado y suficiente, y correcto uso de la ortografía y de los signos de puntuación. No se está escribiendo como en las redes sociales ni dentro de un ambiente relajado e informa; tampoco hay que abusar de la jerga académica. Esto y el uso gratuito de terminachos (incluidos los extranjerismos fuera de lugar) para aparentar erudición, es como dice Nietzsche, enturbiar el agua para que se vea profunda. Recuérdese la idea de Ortega, de que la claridad es la cortesía del filósofo.
Disfrutar del ejercicio de escribir: Si bien imbricar ideas sensatas y lúcidas y asimismo conceptos adecuados y viables sin caer en lugares comunes e incurrir en ambigüedades y anacolutos, conlleva gran exigencia, la escritura debe procurarnos complacencia. Téngase en cuenta que, si el escritor se aburre escribiendo, el lector se aburrirá leyendo. En suma, escribir puede ser algo muy gratificante y a eso le tenemos que apostar.
Todo lo expuesto hasta acá, se puede sintetizar diciendo que el ensayo es cuando menos un comentario crítico y analítico sobre un tema determinado, en el cual, quien escribe plantea una idea y la desarrolla con argumentos y ejemplos. Para ello, se puede requerir como mínimo de cuatro cuartillas por término medio, siendo tarea ardua llegar a las diez páginas, que es lo que tiene un ensayo bien elaborado de tipo universitario. Es perfectamente entendible y previsible, que los primeros intentos sean fallidos; pero a medida que se repita el ejercicio, necesariamente se verá el progreso y se alcanzarán los logros, desde luego proporcionales al nivel y la capacidad del estudiante. Valga esta máxima de Séneca: Pocos aciertan antes de errar.
Para mayor ejemplificación, se recomienda la lectura de los estudios preliminares (prólogos) que aparecen en las mejores ediciones de las obras literarias (también filosóficas), por ejemplo las de editorial Cátedra, Fondo de Cultura, Porrúa, Ayacucho, etc. asimismo revistas como Quimera o Arcadia; libros tales como La verdad de las mentiras, de Vargas Llosa, en el que aparecen más de veinte ensayos literarios muy al alcance de un lector medio; El arte de la novela, de Milán Kundera; Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell, etc. En general, cualquier historia crítica del arte, de la literatura o de la filosofía.

sábado, 2 de mayo de 2020

Boom del taller literario - En busca del decálogo creativo

La proliferación de talleres provoca una pregunta clave: ¿cómo se escriben y corrigen una novela o un cuento? Reflexiones sobre dos géneros siempre ávidos de renovarse.

   



ClarínREVISTA Ñ



La primera obviedad es una paradoja: escribir es aprender a corregir, desde luego, pero en ese trance de corregirse un autor entra consigo mismo en relaciones contractuales que no controla y lo subyugan. Por eso, por conveniencia, no sirve olvidar que repetidas veces lo mejor de sí es lo involuntario, lo accidental, la clase de frase que no sabe de dónde llega –suelen tener parecido ritmo y tono– y que con suerte va conformando una familia que circunscribe la particularidad de su estilo.

Lo cierto es que cuando mejor se piensa es cuando se borra. No sin antes poner a prueba, de los modos más diversos, algún defecto insistente, con el fin de usufructuar el secreto de su doblez. Parece absurdo, pero iguales errores generan ideas distintas (y errores distintos pueden derivar en idénticas ideas).

Pueden presentarse debilidades extraordinarias en una oración. Y al revisar es fructífero aproximarse con la idea –no muy desacertada– de que cada oración que se ha escrito contiene una equivocación. Es factible que esa sola hipótesis origine más de una enmienda. O desde otro ángulo: cada oración esconde una omisión, es decir una oportunidad, al menos una, sobre todo cuando se corrige a mano, en papel. (Tachando, un escritor puede llegar a sentirse el novelista perfecto).

Una variante de lo extraño en literatura es la relación con el trabajo propio. Acaso la tarea de un escritor consista en convertir ese enigma que es para él su obra en un enigma para otro, con la intervención justa de su voluntad. En el camino se dan sorpresas: de pronto un texto se olvida de lo que venía siendo y sobrevienen hallazgos.

Aconsejable es confiar –como en poesía– en los lances del montaje, en los asombros que deparan las contigüidades fortuitas. El problema de una frase no es (sólo) su resolución, sino su ubicación. El salto es otra forma de transición, más arriesgada, invariablemente fecunda. Y es dable creer que lo elíptico –por sí solo– vuelve a un texto más interesante, y que si se domina el arte de la transición se lo domina casi todo.

Se aprende a escribir ficción en la medida que se aprende a sacrificar. Como es imposible e inútil contarlo todo, un relato concede lagunas que lo nutren forzosamente. Otra obviedad insuficientemente subrayada: si no se saben conjugar todos los tiempos verbales transitables no puede accederse a ciertas venas y vías de la memoria.

La línea entre lo apenas escrito y lo bien escrito, y entre éste y lo muy bien escrito, es muy delgada, comparable a grandes rasgos al momento en que un especialista, frente a dos cuadros abstractos, califica de excelente a uno y al otro de mediocridad.

Es saludable, mientras tanto, resignarse al alivio de saber que nunca podrá escribirse un libro impoluto, tener asumido que cada uno se ridiculiza de acuerdo con sus propias capacidades. Cada escritor elige sus propios excesos (y apuesta a su poder de persuasión). Encaminarse hacia la perfección y la imperfección simultáneamente no son sendas contradictorias. La tutelada arbitrariedad de lo que se cuenta va creando su propia credibilidad y autoridad. Otra manera de decir que cada estilo impone su propia verosimilitud (o fracasa en el intento).

Antes que nada, un factor indispensable: la disposición (en sus callados y múltiples usos y sentidos). Una vez conquistada esa cima, el repertorio de trucos es variado y el mago debe esconder la mano. Una vez embarcados, en ciertos casos es mejor preservar al narrador replegándolo ligeramente; que no se lo note excesivamente consciente de la obra en curso. Es como si se propusiera un acertijo que es un ejercicio: de qué modo consigue un escritor permanecer inaccesible en su novela. Sin ignorar que entre narrador y protagonista se produce un carteo, un intercambio clandestino que establece una reticencia, unas reglas y límites que sería riesgoso trasponer.

El personaje sí debería ser consciente de sí mismo, y reaccionar en consecuencia. Piensa todo el tiempo, digamos, no sólo cuando el escritor decide que reaccione. A diferencia del autor, nunca se ausenta de su libro. Lo mínimo –el acto casi imperceptible– es a todas luces lo más creíble, y resulta lo más difícil de consignar. Cuanto menos parezca que algo va a suceder, más atento hay que estar –durante la escritura– a los pequeños acontecimientos admisibles. Y en igual medida a los sonidos que hace un personaje o incluso a sus esfuerzos por pasar desapercibido.

Retratar a alguien solo en una habitación es una de las grandes pruebas: crear interés limitándose a acciones simples, levemente misteriosas, eludiendo descripciones ostentosamente líricas para que no parezca que el escritor se niega a salir de cuadro. Este tiene vedado explicarle al lector su pudor hacia tal o cual personaje, o los pudores de un personaje hacia otro. Esos márgenes de silencio crean una reserva, y se capta o no, como frente a una pintura. Es sabido, de paso, que un buen personaje disimula las fallas de una novela y cualquier lector puede corroborar que una criatura se vuelve más cautivante cuando idealiza puntillosamente a otra.

Atribuyéndole a un sujeto una impresión, el narrador se permite poner en juego o en escena un defecto que presiente en la novela, con el fin de diluirla: “Ciertamente, a Satz le resultó inverosímil que pudiera ocurrir semejante cosa...”. Siempre acatando el dogma laico de la sucesión: una cosa a la vez.

Intuiciones exóticas en un personaje siempre son útiles, sugerentes, y la figura excéntrica funciona como un rentable comodín. No hace falta, mientras tanto, que un personaje hable mucho con otro para que se instaure una relación intensa. En cualquier caso, es práctico escribir un diálogo como empezado, como si el testigo (la cámara) hubiera llegado apenas tarde.

Por su parte, la entrada, desplazamiento y salida de protagonistas puede aprenderse tomando debida nota, por ejemplo, del cine de Jacques Tati, maestro mayor de obras coreográficas. Es el detalle de un detalle lo que hace avanzar una narración y lo que a un instante puede volverlo memorable. Si se apuesta por el detalle es más difícil equivocarse y sólo con más particularidades puede incorporarse a un relato lo que no tiene (lo que lo hará, con suerte, único).

Un matiz elimina la gratuidad –de una escena– y aquí uno se adentra en terreno pantanoso: lo delicadamente gratuito versus lo vacuamente virtuoso. ¿La peluca de qué juez dictamina lo que pertenece a un libro o no, de un lado lo imprescindible y del otro lo presuntamente accesorio? La captura de misterio –máximo trofeo codiciado– es, por su parte, un acertijo en sí mismo.

Un narrador a veces provoca desconcierto para obtener cierta fuerza. Y en más oportunidades de las que se cree, es preferible confiar en lo que uno no comprende de lo que ha escrito. En ese terreno, llegado un momento de su relato, un autor puede descontrolarlo intencionadamente, arriesga echar todo a perder porque intuye que sólo violentándola podrá aparecer lo mejor de la obra. Maravillosos prosistas –la poesía es otra historia– han escrito como si no hubieran entendido cuál era la consigna inicial, o la hubieran desobedecido paciente y sigilosamente.

En ocasiones funciona una astucia de artista conceptual: basta que el cuento se interrumpa un párrafo antes –se elimine el último párrafo del primer borrador– y el texto mejora de manera considerable. Conviene y no –según lo insinúe cada caso– dejarse tentar por los finales aparentes. Como sea, claramente cada narración es un modelo de procesos de percepción y hay verdades –a nivel técnico– que se aplican a un solo libro y a ningún otro. Por no hablar de ese escrupuloso milagro tan fácil de olvidar: la puntuación (la carta robada de la literatura).

En la escritura siempre se está donde decía Leibniz sobre el estado de las cosas, en el mejor de los mundos posibles. Uno no puede redactar o corregir mejor de lo que lo hace en cada momento. Es una ley que buscan incumplir los que no se conforman con redactar una novela sólo legible o un cuento convencional, los que persiguen cada vez una forma que inaugure su propio dibujo.

miércoles, 29 de abril de 2020

SERGIO PITOL: REFLEXIONES SOBRE LA ESCRITURA Y LA CREACIÓN LITERARIA














Sergio Pitol (Fecha de nacimiento: 18 de marzo de 1933, Puebla, México. Fallecimiento: 12 de abril de 2018, Xalapa-Enríquez, México) fue  destacado como uno de los autores fundamentales de las letras mexicanas del siglo XX, como escritor de cuentos y novelas, pero también como editor, creador de la Biblioteca del Universitario de la Universidad Veracruzana y traductor de autores clásicos de la literatura universal, de idiomas como inglés, ruso, francés, italiano y chino. Dentro de sus obras se destacan los libros de cuentos Infierno de todos (1964), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967) y Nocturno de Bujara (1981), y las novelas El tañido de una flauta (1972), Juegos florales (1982), El desfile del amor (1984) y Domar a la divina garza (1989).Sus cuentos han sido reunidos en dos antologías, Asimetría (1980) y Cementerio de tordos (1982), y sus ensayos en La casa de la tribu (1989). En 1981 recibió el Premio Villaurrutia y el Premio Colima por Nocturno de Bujara y en 1984 el Premio Herralde por El desfile del amor.

Con una amplia trayectoria, que arrancó en 1959 con Tiempo cercado a 2011 cuando salió a la luz Autobiografía soterrada. Sus libros también han sido traducidos y se encuentran publicados en francés, alemán, italiano, polaco, húngaro, holandés, ruso, portugués y chino.
También ha sido reconocido con el  Premio Miguel de Cervantes de 2005  y  En 1984 ganó el Premio Herralde de Novela, entre muchos otros premios.

A continuación, una breve recopilación de sus reflexiones sobre la escritura y la creación literaria. 

“…desde ese comienzo hubo algo fallido en mi trato con los idiomas, que me ha hecho poder leerlos pero con muy pocas posibilidades de hablarlos. Un defecto de oído ha exacerbado esta limitación.”

Una de las cosas que me ayudó a deshacerme del complejo de culpa por no hablar idiomas fue una visita que hice hace años con Monsiváis al profesor J. M. Cohén, el traductor de El Quijote, La Celestina, la poesía de San Juan de la Cruz; este hombre, que ha transitado por cuatro o cinco siglos de literatura española, hurgado en algunos de sus textos más complejos y traduciéndolos al inglés en versiones que tienen fama de notables, no hablaba una palabra de español, ni las cosas más sencillas. Llegamos a su casa y toda la conversación fue en inglés, Monsiváis sirvió de traductor porque yo no hablaba inglés, ¡después de haber traducido a Henry James! Volví a ver a Cohén en Barcelona y me di cuenta de que ni siquiera podía decir las cosas más elementales para comprar algo. Creo que traductores así los hay en todas las lenguas.

—La novela era como una meta soñada a la que no llegaba nunca. Desde antes de publicar Victorio Ferri cuenta un cuento en Los Presentes, la colección dirigida por Arreóla, pensaba escribir una novela de aire faulkneriano ubicada en una pequeña ciudad  de Veracruz; de algún modo mis primeros cuentos surgieron como intentos por llegar a esa novela.

Por otra parte, siempre creí en el cuento como una forma abierta que rechazara la estructura convencional de planteamiento-nudo-desenlace; sí, mis primeros cuentos se complementan unos a otros como capítulos de una novela posible.

No estoy cerrado a la posibilidad de escribir cuentos pero por el momento la novela me parece más atractiva, pues me permite este juego de cajas chinas, la “puesta en abismo”, como la llaman hoy los teóricos. Hay momentos en que un escritor pasa de un género al otro casi sin sentirlo, porque tiene necesidad de mayor espacio.

La novela ofrece mayores posibilidades de variación en el lenguaje, en el tono; una de las cosas que me parecen más atractivas de la novela son los juegos estructurales ligados a una variable tonalidad del idioma.

La novela, como el cuento, permite todas las modalidades posibles. Una de las cosas que más me sorprende en lo poco que he leído de nuestros narradores jóvenes es su falta de interés por la estructura del relato. Para mí la arquitectura en un texto es fundamental, las líneas subterráneas, los incidentes que aparecen en una parte y resurgen en otra, estos pequeños hilos que van creando subtramas, forman un ritmo lleno de variaciones que permiten que la novela no sea una planicie, sino una orografía con diversas estribaciones; muchas de las nuevas novelas se escriben por acumulación, no hay relación entre un incidente y otro, simplemente se juntan capas, como grandes sándwiches.

“…hay épocas en que escribo todos los días, pero eso no ocurre siempre. Por ejemplo, cuando estuve en París hubo grandes espacios entre una entrada y otra. El diario es un material formidable para mí y me revela, entre otras cosas, los mecanismos extrañísimos de la memoria; hay cosas que releo como si no me hubieran pasado a mí y sin embargo fueron muy importantes; el tono muestra que fue algo decisivo y sin embargo lo tengo borrado. Casi todas mis novelas salen de los diarios.”

En mis novelas las emociones están vistas de una manera oblicua, hay una corriente interna que las arrastra sin hacerlas evidentes. Creo que esa división a la que aludes sucede en la mayor parte de los autores; claro que si uno lee los diarios de Henry James encuentra algo tan elabora-do como las novelas, pero mis diarios nunca quisieron ser literarios; recogen gran cantidad de fruslerías, de malos humores, de pequeñas peleas, desahogos, preocupaciones de si llegó el gas o no llegó, rencores, fastidios; escribir eso me ayuda a despojarme de esa energía innecesaria para poder-me dedicar a cosas más “armoniosas”, como las novelas.

¿No temes que desahogarte en los diarios te lleve a una prosa más suave, más descafeinada?
—No lo creo. Si el resultado es más suave es por otras razones. Mis primeros cuentos fueron escritos antes de llevar el diario y creo que mantienen una unidad de estilo. Desde luego, hay más refinamiento en el trabajo literario (lo cual no quiere decir que sea mejor literatura), y además hay ciertas cosas que no puedo tratar en mis novelas, las escenas eróticas, por ejemplo, que son parte de la literatura más viva de nuestro tiempo, a mí me resultan imposibles; hay esbozos, aproximaciones y luego, como en la literatura caballeresca: “Fulano se acercó a la reina y le fizo un hijo.” Hay demasiadas elipsis, pero tampoco me quiero forzar, inventarme necesidades narrativas que no tengo, pues po-dría desbarrancarme en una literatura muerta, arbitraria, llena de impostaciones. Así como hay una gran literatura erótica de nuestro siglo, hay grandes autores, como Calvino, que no tratan explícitamente este fenómeno.

¿Crees en las traducciones literales, que tienen defenso-res tan notables como Kundera o Nabokov?
—No. Soy partidario de las libertades, de buscar ante todo la aproximación al espíritu de la lengua a la que traduces, sin traicionar a la otra. Hay literalidades que destruyen todo el efecto estético y están mucho más lejos del original que una traducción libre. Lo decisivo es encontrar la respiración del autor y hacer sentir esa respiración en es-pañol. Yo me tomo muchas libertades, por ejemplo con los nombres de flores y de pájaros. Las novelas inglesas están llenas de centenares de flores y yo todas las vuelvo rosas, claveles, camelias, ¡cuando mucho rododendros! Es Una enseñanza enorme. En la época en que traduje verdaderamente como galeote fue cuando más aprendí ciertos aspectos de construcción de la novela, qué cosas tienen que contrastar con otras, cuáles tienen que distanciarse para crear determinado efecto…

Nunca le he temido a las otras voces. Uno de mis primeros cuentos, “Victorio Ferri cuenta un cuento”, le debe mucho a Faulkner y a Rulfo. Otro, tal vez el primero que escribí, “Amelia Otero”, según yo era una transcripción textual de las conversaciones de mi abuela y mis tías en sus épocas de Huatusco, antes de la Revolución; creí detectar las distintas voces de las personas que contaban la historia de una mujer que había sido infiel, había matado a su amante y luego se había encerrado de por vida. Años después descubrí que era casi una calca, no de conversaciones de mi abuela, sino de aquel cuento excepcional de Faulkner... el de la mujer que se encierra...” Una rosa para Emily.” En las cosas que escribo siempre se filtran otras cosas.

Ciertos bloques de construcción provienen de otros autores; la composición en distintos escenarios a los que llega el narrador en su pesquisa. Son cimientos que no se ven; la obra negra de una novela toma elementos de todo lo que has leído, lo que has tenido frente a los ojos, lo que has oído.

“…pensé que para mejorar mi escritura debía de librarme del español oficioso;   quizá fue esto lo que me hizo buscar ciertas formas paródicas. Si hubiera seguido escribiendo como en mis primeras novelas, los personajes habrían terminado hablando como oficios: “Y asimismo le ruego a usted, con el tacto y la discreción que lo caracteriza.” Tuve que crear un lenguaje paralelo, paródico, para vencer el contagio. De un idioma muerto, rígido, alejado de la realidad, surgió el lenguaje desaforado de El desfile del amor y Domar a la divina garza. Ahora que no tengo que con-testar télex ni que redactar oficios he vuelto a un lenguaje mucho más convencional. Tal vez sea una pérdida, tal vez sea limitante estar lejos de los deleites del télex.”

Casi todos mis personajes fracasan de algún modo, trai-cionan los ideales de juventud, no cumplen sus sueños, pierden la oportunidad de enderezar su destino. Yo creo que esto obedece a mi contemplación del país: durante casi treinta años viví fuera y al no ver las vi-das cotidianas de mis amigos y conocidos en su desarrollo normal, sino simplemente como una selección de momentos de sus vidas, por lo general me quedaba con una impre-sión de desastre; matrimonios que se habían transformado en dos individualidades que se odiaban, gente que prometía muchísimo que terminó en nada, profesores que te marcaron la vida convertidos en gente de lo más rutinaria, la caída del dólar de 12.50 a 3 000 pesos, simplemente ver en qué se ha transformado esta ciudad que fue una maravillaes tener una imagen cercanísima del desastre, todas estas cosas te dan una sensación de descalabro; en buena me-dida, escribí como una reacción a todo esto. Pero creo que no hay nada especial en la “estética del fracaso”, a fin de cuentas es ella la que sostiene a la mayor parte de la novela a partir del siglo XIX.

En un principio mis personajes eran mucho más dramáticos, casi trágicos; tenía yo un sentimiento de mayor respeto por el mundo, por la grandeza del hombre y sus emociones. Con el tiempo, y gracias a la fauna con la que he convivido, encontré esos sentimientos pero en su forma paródica: caricaturas de grandes pasiones, de frases célebres. Me era muy difícil sostener esas conversaciones en serio en el mundo “cosmopolita” en el que tuve que vivir. Muchas veces tenía ganas de soltar la carcajada ante una madre que me contaba sus desdichas, todo era digno de la televisión o el folletín, y creo que se me fue filtrando la necesidad de reproducir esas parodias del medio en que me movía (¡con bastante soltura, por lo demás!, decía yo las mismas frases, encontraba le mot just, ponía las mismas caras de desvelo).

—¿Cuántas versiones haces de una novela?
—Siete u ocho.

—Cuando te sientas a escribir.; ¿conoces la línea argu-mental de principio a fin?

—Sí. Hago apuntes muy meticulosos y los vuelvo a trazar antes de cada versión, aunque la escena final casi siempre surge en el último momento, pero se trata de una escena decorativa, que ya no agrega al argumento; por ejemplo, en El tañido la imagen del cisne degollado en los canales de Venecia.


—Aparte de este trabajo de construcción minuciosa, ¿crees en la inspiración?

—Los momentos en los que se desatan las ideas son de lo más misteriosos. Supongo que a todo mundo le pasa lo mismo. Recuerdo que una vez llegué a la Embajada en Moscú y me encontré con que era día festivo y yo no lo sabía. Decidí ir a la casa de Tolstoi, pasé ahí la mañana y salí con una especie de fiebre, un delirio que me hizo escribir el cuento “Asimetría”. Recuerdo también una exposición en Praga con motivo del centenario de Egon Erwin Kisch, quien vivió en México. De repente vi fotos de personajes mexicanos de los años cuarenta, el parque España, casas de la colonia Roma donde vivían muchos refugiados europeos y me vino una nueva visión de lo que podía ser El desfile del amor. Sería tristísimo estar todo el tiempo frente a la máquina de escribir o la computadora sin tener estos momentos.

—En tus novelas resulta cada vez más importante la voz de los personajes. Domar a la divina garza es prácticamente un monólogo dramático, ¿no has pensado en escribir teatro?

—Es lo que siempre quise escribir. Estaba seguro de que iba a ser dramaturgo, pero las dos únicas veces que he escrito teatro el resultado ha sido monumentalmente mediocre, de no creerse. Hice una versión de Troilo y Crésida, ubicada en México. La escribí con un entusiasmo enorme en Varsovia; lo mismo otra obra como chejoviana. Cuando las volví a leer no creí que eso pudiera ser posible. Son de esas cosas terribles que pueden destruir a un autor después de su muerte. Pese a todo, el teatro no deja de interesarme, y mis novelas tienen planteamientos y escenarios muy teatrales.

—¿Das a leer tus manuscritos?

—Monsiváis coincidió conmigo en Londres y leyó el manuscrito de El tañido, pero en general, vivir tanto en el extranjero, lejos de medios literarios, me privó de comentar mis textos. Tuve que ser autosuficiente y a veces me queda-ba con muchas dudas.

—Una vez publicado el libro, ¿le haces caso a la crítica?

—Me encanta que salgan muchas, pero las leo en tal estado de aturdimiento que bien a bien no las entiendo. De cualquier forma, las críticas de Juan García Ponce y otros escritores me han estimulado y me han ayudado a observar rasgos que he podido potenciar en obras posteriores.

—Durante años fuiste un escritor un tanto marginal, desconocido para el gran público. Tu regreso definitivo ha sido como de hijo pródigo: premios, reediciones, un sinfín de entrevistas; alguna vez me dijiste que el reciente éxito de tu obra se debe a que vives en México.

—Yo creo que sí, de otra manera hubiera seguido publicando mis libros, teniendo un grupo de pequeños lectores, pero me hubiera quedado en un nivel muy minorita-rio. El hecho de participar en presentaciones, de salir en la televisión de vez en cuando, amplía el círculo de lectores; creo que esto le pasa a todos los autores.

—Lo cual habla de un gran provincianismo: si no te ven la cara no te leen.

—De un gran provincianismo y de un nacionalismo muy fuerte, de sólo interesarse por lo que está visible, a la mano, por lo que sirve para algo inmediato.

 He procurado ceñirme mucho a la trama y que el lenguaje sea su acompañante, busco comunicar la historia con pocas veleidades de estilo, procurando evitar que haya una autonomía de la lengua sobre la trama.

Textos tomados de la entrevista al escritor que aparece en el libro LOS ONCE DE LA TRIBU, de Juan Villoro

 *

– “Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.

– “La inspiración es el fruto más delicado de la memoria”.

– “Un libro leído en distintas épocas se transforma en varios libros”.

– «No escribo para nadie, sino que para lo que estoy escribiendo corra después la aventura y encuentre, si es que los encuentra a sus lectores”.

– “De la única influencia de la que uno debe defenderse es la de uno mismo”.

– “Estoy convencido de que ni siquiera la inexistencia de lectores podrá desterrar la poesía”.

– “Todos, tanto los castos como los lascivos, han aprendido que el sufrimiento es la sombra de todo amor, que el amor se desdobla en amor y en sufrimiento”.

– “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”.

– “Desde mis comienzos, mi escritura ha quedado cercada por límites estrechos: unos cuantos temas y personajes, un tiempo limitado. No he saltado al presente”.


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"Los caminos de la creación son imprecisos, están llenos de pliegues, de espejismos, de demoras. Se requiere la paciencia de un ángel, una buena dosis de abandono y, a la vez, una voluntad de acero para no sucumbir a las trampas con que el inconsciente se encarga de obstaculizar al escritor su camino."

"No concibo a un novelista que no utilice elementos de su experiencia personal, una visión, un recuerdo proveniente de la infancia o del pasado inmediato, un tono de voz capturado en alguna reunión, un gesto furtivo vislumbrado al azar, para luego incorporarlo a uno o varios personajes. El narrador hurga más y más en su vida a medida que su novela avanza. No se trata de un ejercicio meramente autobiográfico; novelar a secas la propia vida resulta, en la mayoría de los casos, una vulgaridad, una carencia de imaginación. Se trata de otro asunto: un observar sin tregua los propios reflejos para poder realizar una prótesis múltiple en el interior del relato."

"¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal."

"La tarea del escritor consiste en enriquecer la tradición, aunque la venere un día y al siguiente se líe con ella a bofetadas. De ambas maneras será consciente de su existencia. Por eso me han atraído y preocupado los problemas de la forma, los recursos y posibilidades de los géneros, su capacidad de transformación."

"Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adejtivos o el nombre de una planta. Esas catracterísticas, y unas cuantas más, hacen que su vida mantenga una notable semejanza con la de los dementes, lo que para nada lo angustia; agradece, por el contrario, a las Musas, el haberle transmitido esas voces sin las cuales se sentiría perdido. Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor."

"Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlos si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir."

                               

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“Pienso que las reglas espartanas que me he impuesto podrían ser las adecuadas en una notaría, en una oficina pública o cualquier lugar menos en aquel donde trabaja un escritor. ¿No implica ya una traición a la escritura permanecer encerrado en una habitación hojeando diccionarios, eliminando o añadiendo aquí y allá una palabra? He hablado hasta la saciedad de la importancia que tiene para mí la literatura, he añadido que si aún permanezco en Varsovia es porque aquí encuentro la atmósfera ideal para escribir, pero, ¿escribir de qué, si el material que podría alimentar una narración está abajo en el parque, en la calle en el café de la esquina? Lugares donde la vida está presente, lo que no ocurre en esta buhardilla donde me obligo como castigo, como penitencia a encerrarme frente a una máquina de escribir y unos diccionarios.”

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuentos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”

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"Esas preguntas se han hecho muchísimas veces y nadie puede contestar con exactitud, porque un escritor puede decir un día que escribe por tal razón y otras veces por otras razones. Sucede como con el músico, el pintor, el artista, el matemático. Escribo porque, como he dicho en muchas entrevistas, de niño tuve muy mala salud, pasé gran parte de mi infancia leyendo"

"Ya he encontrado la forma de que cuando tengo una serie de visiones o algo, necesito librarme de ello por medio de la palabra escrita. Y, ¿para quién escribo?Cuando escribo siempre tengo en mente a algunas personas como lectores potenciales y críticos de mi novela. A veces, cuando veo un defecto lo quito y digo, “esto”, por ejemplo, a mi amigo Carlos Monsiváis le podrá parecer una ridiculez. O tal cosa le podrá parecer bien a mi amiga fulana de tal"

"En las sociedades democráticas, la biblioteca es uno de los templos del saber. Un templo, pero no una iglesia. La diferencia es que el lector puede moverse en ella a su libre albedrío, tiene multitud de opciones. Puede encontrar un libro cuyo contenido lo domine, lo convierta en sectario de una idea, o aún de una ideología, pero encontrará tal vez otros que operen como antídoto para liberarlo de cualquier sumisión"

"Estoy seguro que durante largo tiempo el libro no desaparecerá, y si fuera así, no sería por el uso de la Internet y otros medios audiovisuales, ya que esos sistemas de comunicación son susceptibles de potenciar los efectos unos a otros"

"Cervantes es un adelantado de su época, no hay ningún ulterior corriente literaria importante que no le deba algo a El Quijote: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa y muchísimas más encuentran sus raíces en el libro de Cervantes"


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Editorial Almadía le publicó en 2010 Una autobiografía soterrada. Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones, compendio de ensayos y relatos en los que Pitol habla de recuerdos, lecturas, viajes y personas que conformaron su estilo literario. De ahí entresaco estos 10 fragmentos que lo revelan de cuerpo entero:

Puedo documentar la niñez, la adolescencia, toda mi vida a través de las lecturas. A partir de los veintitrés años, la escritura se entreveró con la lectura.

En buena parte la imaginación deriva de mis experiencias reales, pero también de los muchos libros que he transitado.

Descreo de los catálogos y las recetas universales. […] Sería monstruoso que todos los escritores obedecieran las reglas de un mismo decálogo o que siguieran el camino de un único maestro. Sería la parálisis, la putrefacción.

Cuando viajo llevo más de una docena de libros para tener varias opciones de lectura.

Hace unos días encontré en Autobiografie altrui, el último libro de Antonio Tabucchi, una frase formidable: “Carlo Emilio Gadda invitaba a desconfiar de cualquier escritor que no desconfiara de su propia labor”.

Salvo el instinto lo demás son minucias.

Mi aprendizaje es resultado de una lectura inmoderada de cuentos y novelas, de mis empeños como traductor y del estudio de algunos libros sobre aspectos de la novela […].

De la única influencia de la que uno debe defenderse es la de uno mismo.

Estoy convencido de que ni siquiera la inexistencia de lectores podrá desterrar la poesía.

Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Bajtín, dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo.


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Sí, porque (la mala literatura, la de consumo masivo) está por todas partes y que las propias editoriales grandes, mediante la mercadotecnia, la quieren hacer pasar por obra de arte, hasta el punto de presentar al escritor o la escritora de esa literatura burra como extraordinario, magnífico o como el mejor libro escrito en 10 años. Desde el siglo XVIII, en la historia de la literatura existe esta corriente de la escritura de entretenimiento y me parece que está bien. Durante mi adolescencia y juventud había muchos escritores de este tipo, que hacían una literatura que no era erótica, sino más bien melosa, pero conocían sus límites y sabían muy bien lo que hacían. Como es habitual, ellos ganaban mucho más dinero que los escritores, pero no entraban a la historia de la literatura, ni a las ternas para los premios ni tenían posibilidades de lograr algún doctorado honoris causa. No molestaban a nadie, al contrario, eran un servicio a la sociedad. Pero ahora no sucede esto. Ahora hay un cambio importante provocado por las editoriales, que quieren situar a sus escritores en la cúspide, pero al final esto a mí no me molesta porque me he dado cuenta de que todos estos escritores de literatura de entretenimiento ya nadie los menciona ni se acuerda de ellos. Están tan marchitos que no se pueden ni siquiera reeditar.

El cuento y la novela son dos géneros diferentes. Creo que el buen cuento está más cerca de la poesía que de la novela. La novela es más fácil de escribir porque en ella hay muchos temas, muchos personajes y temáticas, mientras que al cuento no le debe de faltar ni sobrar ni una palabra.

Hay libros y cuentos que en el momento de escribirlos me han producido una felicidad enorme. Es el momento de la escritura, cuando llega el tema y los detalles y ves que la literatura lo capta bien. Lo que hago en mi vida es escribir, igual que un buen carpintero pule la madera para hacer bien el mueble. También estoy satisfecho de que desde que escribo libros nunca he hecho política literaria, de grupos, gracias a que viví muchos años fuera de México y nunca participe de estos grupos, que muchas veces están condenados al fracaso absoluto.


¿Cree que un escritor debe aspirar a la perfección?
Yo creo que sí, que la literatura, el escritor y la gran obra es un esfuerzo racional o irracional de llegar a una perfección.


“Mi obra y mi vida se imbricaban de un modo asombroso. Estaba frente a una autobiografía enmascarada, que quizás sería el único en descifrarla. En algunas partes he declarado que la literatura hace conectar todas las épocas de mi vida y les da una unidad: la infancia, los viajes, la escritura y la lectura, los sueños, una amplia variedad de sentimientos, desasosiegos, victorias, lecciones, desdichas, temores, hasta llegar a la vejez y a la proximidad de la muerte”.

“Es éste mi método: traduzco no del idioma, traduzco desde el poeta. También admito que con profundo respeto por el traducido es inevitable que el resultado en español al fin y al cabo sea un poema a cuatro manos, escrito por mí y por el traducido. En otras palabras, este es ‘mi’ Ungaretti, éste es ‘mi’ Montale, éste es ‘mi’ Quasimodo”.