ANTOLOGIA DE DECALOGOS LITERARIOS

"Los Diez Mandamientos, considerados útiles reglas morales para vivir en sociedad, tienen un excelente uso literario. El escritor, al contar sus historias, debería hacer que sus personajes violen constantemente estos mandamientos, en conjunto o por partes. Mientras alguien robe, mate, mienta, fornique, blasfeme o desee a la mujer del prójimo tendremos un conflicto y en consecuencia una historia que contar. Por el contrario, si sus personajes se portan bien, no sucederá nada: todo será aburridísimo."
Fernando Ampuero


Uno de los más interesantes y que recoge más sabiduría, tiene un solo postulado. Se lo leí a Alejandro Quintana y dice:

"Porque en realidad ya se ha contado todo; lo novedoso es contarlo de forma interesante".

Es muy común que los escritores, cuando gozan de cierto reconocimiento, decidan organizar sus ideas en forma de recomendaciones que suelen enumerar en listas, generalmente en forma de decálogos, muy a manera de configurar una suerte de "Tablas de la Ley"o de "Diez Mandamientos" , en los que pontifican,-con razón o sin ella, en concordancia con su prestigio y sabiduría o apenas haciendo gala de una vana pretensión un tanto ególatra- sobre sus verdades decantadas acerca del oficio de escribir.

Unos condensan verdaderas sentencias, otras son apenas esbozos que naufragan en su propia babosería; unos son un compendio de ingenio, otros verdaderos destellos de humor, mientras algunos apenas sí resbalan como peligroso chascarrillo en el reino del lugar común.

De todas maneras, en esta página recopilamos algunos de ellos, como elemento para el análisis y estudio de los interesados en el ejercicio de escribir. Muy recomendado para aprendices y aficionados, para lectores desprevenidos, para alumnos de talleres literarios y para todos los que se deleitan del bello arte de la Literatura.

Al final citamos los más ingeniosos, clásicos, reconocidos o polémicos.

Lo que comenzó como un divertimento, pasó a ser una disciplina que permite enriquecer la teoría de la creación literaria, en la voz de los maestros. La idea original parte de la página www.emiliorestrepo.blogspot.com
Comentarios y aportes, favor remitirlos a emiliorestrepo@gmail.com

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miércoles, 2 de junio de 2021

TEORIA DEL CUENTO: ESQUEMA TEORICO PARA ENTENDER SU ESTRUCTURA

 


En un Taller literario organizado por la editorial #Librosparapensar, los escritores Emilio Alberto Restrepo Y Carlos Alberto Velasquez hablaron sobre los aspectos técnicos del cuento, su estructura, las diferencias con otras estructuras narrativas. En este capítulo se revisa la estructura intrínseca del cuento, insistiendo en su UNICIDAD, característica fundamental




martes, 1 de junio de 2021

Breve taxonomía de ejercicios en los talleres de escritura Por: Andrés Delgado

 

Breve taxonomía de ejercicios en los talleres de escritura

Por: Andrés Delgado

OPINIÓN ONLINE | En esta breve taxonomía, Andrés Delgado examina y presenta algunos ejercicios de sus talleres de escritura creativa.

12/10/2018

https://www.semana.com/opinion-online/articulo/breve-taxonomia-de-ejercicios-en-los-talleres-de-escritura/71458/

 

 

La expresión “taller de escritura” es una divagación, un rodeo, una ambigüedad. Lo es porque es evidente que existen múltiples talleres para aprender y practicar la escritura. Por ejemplo, hay talleres de escritura periodística a los que van los poetas que evitan morir de hambre. Allí aprenden a resumir y concretar, evitando los adjetivos floridos y los juicios alborotados. Hay talleres de escritura académica: para aprender a firmar papers y ganar prestigio en la universidad. También existen talleres de escritura jurídica, administrativa, médica. Hay talleres de escritura científica: para bajar a la tierra el lenguaje de las ecuaciones diferenciales. A propósito, el matemático James Maxwell decía que hasta que no describía en inglés sus ecuaciones no tenía plena seguridad de haberlas entendido. Y, claro, hay talleres de escritura literaria, que transmiten una emoción: allí están los talleres de poesía, de cuento, de novela, incluso los talleres de crónica y ensayo, géneros donde el autor cobra lo suyo y no tiene que conservar el anonimato. En esta breve taxonomía de ejercicios comentaremos algunos que se proponen en los talleres de escritura literaria.

 

Ejercicios de estilo

En un taller de escritura literaria, doña Doralba alegaba que estaba harta de escucharme repetir que el estilo se refiere a las palabras que un escritor decidía utilizar. “El estilo es otra cosa”, decía, “el estilo no puede definirse de manera tan sencilla”. Ante tal enojo era mejor quedarse calladito, además porque a Doralba le encantaba escribir, pero no leer. De manera que yo cerraba el pico. Siempre es bueno saber en qué pelea ajustarse las mangas y en cual hacerse el bobo.

 

Ejercicios de estilo de Raymond Queneau está muy bien para estudiar el concepto. El libro va sobre una historia sencilla contada en dos párrafos. Luego Queneau la reescribe noventa y nueve veces de maneras distintas, aplicando diferentes estilos, diferentes maneras de usar las palabras. La historia sencilla cobra otro nivel.

 

En la tarea de escoger las palabras, en un primer momento, podría ayudar el estudio de La cocina de la escritura de Cassany. Luego, un poco al mismo nivel está el Manual de escritura de Andrés Hoyos donde se dejan consejos como “la voz activa es preferible a la voz pasiva”, “la afirmación es preferible a la retórica”, “el lead y la coda: lo que bien comienza bien termina”, “privilegie los sustantivos” y “pastoree sus adjetivos”.

 

Bien sea para escribir poesía, cuento o crónica es muy importante molerse el cerebro con las palabras que funcionan y con las que no, es decir, forjándose un inventario de cada categoría. Yo, por supuesto, tengo una tablita de Excel con una columna para cada una. De esta manera tener claridad para saber cuáles se ajustan para saber cuáles sirven en la descripción de un atardecer en el Peñol, en la Isla Martinica o en la Pampa argentina. Para pintar a un ladrón o a un policía, que por estos días algunas palabras funcionan para uno y para otro.

 

Por este lado, podría leer: Apegos y agotamientos: sobre las implicaciones estilísticas del uso de algunas palabras

 

Ejercicios creativos

El mercado está plagado de libros y ejercicios de escritura creativa. Keri Smith escribió varios: Este no es un libro y Destroza este diario. Son un par de inventarios al estilo de “escribe un mensaje secreto para un extraño, arranca esta página y déjala en un lugar público”. Un buen reto para talleres de escritura creativa para muchachos de colegios.

 

Otros títulos que marchan por esta línea son Este libro lo escribes tú, de Carlos García Miranda, en el que se proponen 78 retos de escritura creativa. Uno de los más graciosos es “las cosas están vivas”. La consigna es tomar la voz de algunos objetos y escribir lo que dirían. De esta manera, se pretende plasmar lo que pensaría la taza de tu baño, por ejemplo, las plantas que siempre olvidas regar, el limón podrido que mantienes en la nevera o el libro que tienes pendiente de leer en la mesita de noche desde hace más de un año.

 

Son libros livianos y entretenidos. Son para recrearse y jugar, para soltar el teclado, el lápiz, para destrabar las palabras a diestra y siniestra, es decir talleres de escritura creativa.

 

En esta misma parte de la biblioteca se podrían ubicar: El gozo de escribir de Natalie Goldberg y El camino del artista de Julia Cameron y otros libros con expresiones como “mayor libertad”, “disparadores creativos”, “desbloqueo”, “encuentros con el artista interior”, “el juego”, “introspección guiada”, “horizontes imaginativos”, incluso “camino espiritual” y “nuestra verdadera naturaleza”.

 

Hay ocasiones en que estos retos apelan más a las terapias de autovaloración que a la creación estética. Lo cierto es que en la escritura creativa hay una palabra clave: disparadores; es decir, los detonantes, la pólvora con la que se descubre una idea. Muy cerca de este punto está la escritura automática de André Breton y los surrealistas. Es seguro que me voy a ganar un problema con mis amigos poetas. No importa. Acá vamos. Ellos me perdonarán de antemano.

 

En la escritura creativa podrían encajar esas cosas del cadáver exquisito, la irracionalidad, la visceralidad, el trance y la fuma. Es un tipo de escritura que no tiene filtro y el autor permite que toda ocurrencia, cualquier asociación, recuerdo, nostalgia o apuesta por el futuro, cualquier juicio o justificación quede escrita. Desde esta trinchera disparó en muchas ocasiones el querido Andrés Caicedo y su flujo de la conciencia, la herencia de Joyce y Proust, y a pesar de ello Caicedo escribió cosas muy buenas. Por acá también aparece Cortázar y su combo.

 

En este cajón cabe buena parte de los talleres que se realizan en ferias y fiestas del libro, en espacios en los que se prioriza en el juego. Pero por supuesto, eso es claro (qué tal obligar a la gente a quebrarse el lomo con un buen cuento o poema).

 

Ahora bien, un taller de escritura literaria no debería detenerse solamente en estos ejercicios. Son necesarios otros prototipos de problemas que acá llamaremos ejercicios de rigor.

 

Ejercicios de rigor

En este tipo de ejercicios hay una palabra clave: edición. Cuando la escritura creativa pasa por la edición parece que se convierte en otra cosa. Las novelas, por lo general, tienen que salvar un filtro y aunque parezcan naturales y espontáneas son cerebrales y premeditadas.

 

¿Y los poemas no se editan? Dirán mis amigos poetas. Se editan, claro, pero no todos, y por eso algunos poemas también son “ejercicios técnicos”. Algunos libros que siguen esta línea son Mientras escribo, de Stephen King; Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa; El guion, de Robert McKee. La crítica más común para ellos es que son muy flojos porque parecen enseñando trucos, porque dejan fórmulas, recetas, como si la literatura se tratara de una ecuación, como si el arte obedeciera a la operación de algunas variables que siempre arrojarían un resultado.

 

Son libros “muy aristotélicos” dicen los vanguardistas. Y es verdad, son trucos muy básicos, pero también es cierto que son necesarios. Lo que sucede es que este tipo de libros se ocupan de problemas fundamentales de la narrativa. No estoy seguro si estos mecanismos también se presentan en la poesía. En algunos casos también se necesitan para la crónica, sobre todo en la construcción de escenas, diálogos y descripción de personajes. 

 

Este tipo de libros, que llamaremos “textos aristotélicos” para darle gusto a la vanguardia, contestan las preguntas de la narrativa primaria: qué es un personaje, cómo se construye un villano, qué es un clímax narrativo, preguntas básicas que todo estudiante de escritor podría aprender. Qué es un acontecimiento narrativo, cómo se construye una escena, cómo se crea una conexión emocional con el lector, entre otros, son problemas narrativos que podrían estudiarse si se tiene la pretensión de contar historias.

 

En este punto vale la pena anotar que, por ejemplo, en la pintura antes de pasar al impresionismo siempre es bueno estudiar la teoría del color y la perspectiva, así como en la música antes de pasar por la atonalidad es conveniente estudiar la armonía básica y la polifonía.

 

Los “textos aristotélicos” ayudan a escribir literatura para el entretenimiento, porque es verdad, la literatura de la línea dura responde a otros pálpitos. Ya lo hemos dicho por otros lados. La literatura del entretenimiento es masiva, popular y aparentemente sencilla. Por los “textos aristotélicos” ayudan a resolver problemas de estructura, de conflictos, de escenas.

 

Se ha dicho que un taller de escritura narrativa es un gimnasio mental donde se fuerzan repeticiones para agilizar y fortalecer los músculos de las habilidades necesarias para el género. Si lo que quiero es aprender a crear un personaje necesitaré obligatoriamente repetir el ejercicio una y otra vez, inventar uno, otro y otro, hasta que incorpore la técnica para crearlos. Y lo mismo con la creación de atmósferas y clímax narrativos. La clave es ensayar, repetir, volver a repetir, como en un gimnasio, ejecutándolas muchas veces.

 

Los ejercicios creativos hacen hincapié en los disparadores mientras que los ejercicios de rigor en la técnica.  

 

¿Y entonces, cómo se ejercita el músculo en una maestría de escrituras creativas?

La creatividad es muy necesaria para el punto de partida, para la generación de las ideas y para aliviar bloqueos. Sin embargo, una vez superada la etapa inicial hay que vaciarlo todo en el colador, decantarlo, pulir para que se pueda leer. Y esto solo es posible si se racionaliza editando con las herramientas de la técnica.

 

En el libro Cómo se cuenta un cuento, que recopilan algunas sesiones del taller de escritura de guion de Gabriel García Márquez, se expone la metodología del taller: se proponen historias y entre todos los asistentes las van comentando y puliendo. El título del libro es un tanto engañoso pero enganchador, como todo lo de Gabo, porque no es un taller de cuento es un taller de guion. Pero no importa, aun así, es un gran libro para asomarse a esta metodología.

 

En una oportunidad, intentando solucionar un problema narrativo, al elegir un suceso entre varios posibles, el maestro resumió la diferencia entre ejercicios técnicos y creativos de la siguiente manera: “Sí, esta propuesta parece ser la mejor. Es la más creativa. Por cierto, estas palabras —creativo, creativa— las vamos a oír mucho aquí, en el taller. Las reservaremos para aquellas soluciones que no sean simplemente técnicas. A la técnica pertenecen algunos recursos… que nos ayudan a decir, de la mejor manera posible, lo que queremos decir. Pero las ideas fundamentales, las que hacen avanzar la historia, pertenecen al campo de la creación”.

 

Gabo señala que, si bien al principio se necesita pasar por ejercicios de creatividad, luego hay que hacer una ronda de ejercicios de rigor. Desde este punto de vista un taller de escritura creativa se queda corto cuando abarca algunos géneros como las novelas y los cuentos. El taller parece insuficiente porque encaja solamente un tipo de ejercicios, los que hacen avanzar la historia. Por eso, creo, es diferente un taller de escritura creativa a uno de escritura narrativa.

 

Ahora vamos al subtítulo. Al respecto se vienen varias preguntas. ¿En una maestría en escrituras creativas qué tipo de ejercicios se prioriza? ¿Los disparadores? ¿La técnica? Creo que el nombre de la maestría tiene ya una ruta y según lo que hemos comentado hasta entonces ya tiene un derrotero para seguir.

 

Por otra parte, en una entrevista el escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez dijo que “la escritura se enseña mal, pero hay que aprenderla bien”. Y Gabriel García Márquez dijo que "la literatura no se aprende en la universidad, sino leyendo y leyendo a los otros escritores".

 

Para dar luces sobre el tema le pregunté al escritor y cronista Alberto Salcedo Ramos qué pensaba y esto me dijo: “Borges decía que un maestro es alguien capaz de contagiar un entusiasmo. Si en una maestría en escritura uno encuentra por lo menos un maestro capaz de inspirar, de abrir algún camino nuevo, ya se habrá justificado la experiencia. En todo caso, no creo que la maestría sea una fábrica de fórmulas milagrosas. Quien quiere escribir debe estar dispuesto a forjarse con sus propias equivocaciones y búsquedas. Nada está garantizado. Hay que aplicar el célebre verso navajo: ‘salta, ya aparecerá el piso’”.

 

Y lo mismo le pregunté al escritor Gilmer Mesa, y esto contestó: “Para escribir se requieren dos cosas: tener algo que contar y saber cómo hacerlo. Lo primero es indudable que solo se logra viviendo a fondo, partiéndose la crisma con el día a día, sin importar en donde se esté y cómo se viva. La segunda es algo más complicado y se aprende con atención y dedicación al oficio y en eso creo que sí cumplen un papel fundamental los cursos de escritura creativa. Nadie puede enseñar el talento, eso es algo imposible de definir y a lo más que llegamos es a descubrir quién lo tiene y quién no. Pero la técnica, el ritmo, la estructura y todas las herramientas que hacen de un texto algo digerible, encarretador y fluido se aprenden. De manera que se estudian estas maestrías para depurar la técnica y mejorar el estilo. Además, allí hay gente apropiada para leer las creaciones y encontrar quien lea objetivamente lo que uno hace.”

 

¿Un aprendiz de escritor para qué tendría que ir a la universidad? Entre otras, me parece, para aprender a leer, pero no a leer de cualquier manera, sino a aprender a leer como escritor. El inefable Ricardo Piglia lo explica en el libro El último lector y particularmente en el ensayo Cómo está hecho el “Ulysses”. Piglia desempaca su destornillador y su martillo para intentar abrir la máquina de Joyce. En las páginas siguientes destornillará y machacará abriendo los mecanismos y ojeando formalismos, retirará un tornillo y otro, limpiará y echará un ojo para descubrir qué hay dentro. Entonces encuentra algunos dispositivos formales que le interesan. Solo algunos, los que lo seducen, los que tiene tiempo de describir, los que le caben en el ensayo porque es claro que Piglia limita su trabajo descriptivo dejando otros dispositivos narrativos por fuera. Al escritor argentino le interesan, en este ensayo, como él mismo dice, “los problemas de la construcción y no los de la interpretación”.

 

Sigamos con la idea: aprender a leer “desde una posición cercana a la composición misma”. En Cómo está hecho el “Ulysses” Ricardo Piglia cita a Nabokov: “El buen lector, el lector admirable no se identifica con los personajes del libro, sino con el escritor que compuso el libro”. Efectos personales de Juan Villoro es otro ejemplo de esta propuesta, lecturas personales que describen cómo se relacionó el escritor con un texto desde la construcción.

 

Volviendo con la opinión de Gabo, por este lado también se difiere con él. Creo que, en una maestría de escritura, aparte de los ejercicios, sean cualquier que fueran, sería muy bueno entrenar un método de lectura, aquel que enseña a leer como escritor. En una maestría de escritura creativa, sería muy interesante que a un estudiante además de la hermenéutica, se le enseñe a usar el destornillador y el martillo. Con ellos podría desarmar los libros con las poéticas que le interesan. Si le interesa la literatura de la línea dura el estudiante podría aprender a desarmar las obras con los que se siente identificado. Si al aprendiz de escritor le interesa la literatura del entretenimiento podría buscar su poética en estos autores. Ahora, otro asunto diferente, y problemático sucede en los ámbitos académicos en los que se denigra de la literatura popular, la literatura masiva, y se cree que estas obras no merecen ser objeto de estudio. Pero esa es otra discusión.

miércoles, 28 de abril de 2021

Consejos literarios - Emilio Alberto Restrepo en Revista Cronopio

 

Callada presencia Cronopio

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DECÁLOGO ARBITRARIO PARA ASPIRANTES A ESCRITORES

Capítulo tomado del libro 20 ESCRITORES COLOMBIANOS NOS REVELAN SUS SECRETOS DE CREACIÓN de la editorial LIBROS PARA PENSAR

https://revistacronopio.com/decalogo-arbitrario-para-aspirantes-a-escritores-emilio-alberto-restrepo/

Por Emilio Alberto Restrepo*

A raíz de una conversación que sostuvimos, motivada por la publicación de la colección de decálogos y consejos de escritores que a manera de listas he venido guardando con los años y recopilada en mis blogs, algunos muchachos me lanzaron la inquietud: ¿Qué tan valiosos eran los famosos decálogos para escritores, hasta dónde servían, qué tan válido era apegarse a ellos como si se trataran, de unas «tablas de la ley»?

Estábamos con unos estudiantes en la Parada Literaria Juvenil que se realizó en Medellín, algunos eran de bachillerato, otros universitarios, y había alguno que otro veterano matando el tiempo mientras cumplía una cita. Pero el reto, al mismo tiempo conclusión, fue claro: cada cual debía regirse por sus propias normas, cada uno debía decantar su propio código, cada cual tenía que reinventarse a sí mismo; total, nadie iba a responder por uno.

Entonces nos pusimos el ejercicio de diseñar cada uno su propio «manual de instrucciones», su propia lista y para efectos metodológicos, se sugerían 10 puntos, para asuntos de orden y concisión. Acá cumplo con mi tarea. Trato de creer en esos principios, no sé si dentro de unos días piense lo mismo, pero ahí vamos.

1. Mira el mundo, escúchalo, huélelo: en todo lo que pasa alrededor, hay una historia potencial gritando por ser descubierta, contada o tergiversada. Si quieres ser escritor, no pierdas ninguna oportunidad. Si no la ves, invéntala, de todas formas allí está.

2. Toma apuntes, la memoria es frágil. Para hacerlo, carga una libreta, una agenda, una grabadora de periodista. Si no lo haces, más de la mitad de las cosas que hoy te llaman la atención, mañana se volverán polvo de olvido. Si lo haces, siempre podrás volver sobre el apunte y tarde o temprano te servirá para elaborar un texto, para cubrir un espacio, para resolver una situación o para tomar una pequeña venganza.

3. Escribe, escribe, escribe. Lo que sea; ojalá con método e intención, pero si no, con intuición y anarquía. Muchas veces de estos últimos intentos, al escarbar se encuentra un diamante dentro de la basura.

4. Durante las épocas de sequía creativa, los mejores recursos para escamparse son: el cine, ver todas las películas posibles, sobre todo las clásicas, basadas en guiones poderosos llenos de historias vigorosas e imaginativas sin sobrecarga de efectos especiales; leer y leer, tratando de entender las costuras con que los maestros hicieron obras memorables y los no tan brillantes desaprovecharon buenas ideas; vivir, amar, pensar, hacer ejercicio y no auto-compadecerse, lamentándose de estar viviendo el cacareado «síndrome de la página en blanco».

5. No tengas miedos ni temores: puedes ser fiel retratista de la realidad, o combinar la ficción con sucesos reales, o inventarte una situación alternativa jugando un poco a ser un dios imperfecto. Es una cuestión de gustos personales. En literatura, más que en otras áreas, es cierto aquello de «piensa mal y acertarás». No le tengas miedo a la mentira, a la distorsión, al chisme, al mal pensamiento, a la calumnia… Siempre un nombre podrá ser cambiado, siempre podrás jurar en falso, siempre te podrás retractar o no, siempre podrás pedir disculpas. Lo importante es escribir. El infierno se encargará del resto.

6. Corrige, corrige, corrige. En caliente o en frío. Castiga los adjetivos, los adverbios y los adornos innecesarios o excesivos. Usa el buscador del computador para las palabras repetidas muchas veces. Pisa con cuidado la delgada línea de la gramática y la ortografía, que castigan con rigor los textos, a pesar de su calidad literaria.

7. Si puedes, busca un buen Taller de Escritores. Los genios silvestres que nacen y se hacen por generación espontánea son muy escasos, unas pocas decenas por siglo. Lo importante en ellos es el profesor, alguien con experiencia que genere confianza en el alumno y le refuerce la técnica para superar las debilidades, estimulando las virtudes individuales de cada uno. Hay que ir con la mente abierta y la autoestima en su punto, pues en los buenos talleres, son más las críticas que los halagos, las reprimendas que los aplausos, las deserciones que la continuidad. Sólo los obstinados, que casi siempre son los que persisten y van haciendo obra, sobreviven a las tormentas —y tormentos— del ego.

8. Detecta los concursos honestos y que se adapten a tu obra. No escribas para ellos, pero si puedes, participa con intenciones de ganar. Si no ganas, te debes blindar para que no importe y de todas formas seguir escribiendo. Son más los que se pierden, siempre saldrán nuevas convocatorias y nadie ha podido entender lo que pasa por la cabeza de los jurados. Es un completo azar, y ganar puede servir, pero perder no descalifica ni debe acabar con la motivación de un escritor. Si ganas, hay publicación, dinero y reconocimiento. Un premio te puede resucitar la obra anterior y generar un nuevo interés en potenciales lectores y editores.

9. Las ideas no son de nadie, el conocimiento es universal, la cultura está globalizada. Pero cuidado, el plagio es un pecado, mortal e inadmisible. Todo es susceptible de servir de inspiración, una buena canción, una mala película, una historia coja, un poema memorable. Todo admite continuaciones, variantes, segundas miradas, terceras opiniones, otras perspectivas. En literatura no hay cadáveres definitivos ni hornos crematorios que destruyan los rastros. Todo es cuestión de respeto, lenguaje y perspectiva. Lo importante es el estilo, el sello personal, ese aire individual que hace la diferencia.

10. No te creas el cuento de la fama, que es evanescente y pasajera, pero tiene el peligro de ser adictiva y enceguecedora. No niegues un consejo a tiempo a quien lo necesita y te mira con ansiedad; no eludas ni pospongas una buena conversación y aunque pienses que te están succionando tus trucos, considéralo un halago. No te marees con el éxito ni con el fracaso. Los libros están ahí, alguien los valora y otros los desprecian, pero a la mayoría les son indiferentes. Comparte con generosidad tus memorias, tus archivos, tus colecciones, incluso a los que han sido mezquinos contigo. Así estás sembrando un camino de recompensas, de ideas. O de rechazo y traición, tampoco importa mucho. En el fondo se trata de vivir, de sentir. El resto vale menos. Y recuerda que al final todos vamos a terminar en poder de los gusanos.

CODA. Recomendación final: Lee todos los decálogos, escucha y repasa todos los consejos, reflexiona sobre lo que han dicho otros más viejos o más sabios o más exitosos. Por lo menos te divertirás haciéndolo, aunque no cuentes con volverte un portento genial por hacerlo. Pero no creas en todo lo que dicen, no hay fórmulas mágicas. Cada uno se rasca su propio trasero como puede. Al final, eres el único que responde, nadie te va a dar la mano si no funciona. Con decálogo o sin él, ten en cuenta que los libros se defienden o se hunden solos, el tiempo no perdona y una moda siempre desplaza a otra.

BLOQUEO DE ESCRITOR: EL FAMOSO TERROR A LA PÁGINA EN BLANCO

Consejos para superar el bloqueo del escritor.

Esto he tratado:

1. Entiendo que es un proceso pasajero, común y connatural. Mientras más pienso en él, más me estresa; entonces no peleo, dejo que pase y no me presiono ni me desgasto. Es de verdad: dura unos días, pero nunca para siempre.

2. Mientras tanto, aumento la lectura de autores favoritos que tenía en remojo, o de recomendados que no había tenido la oportunidad de conocer.

3. Escojo una lista de películas, sobre todo clásicas, con más argumentos que efectos especiales y estudio la estructura de sus historias. Son particularmente útiles y entretenidas las de cine negro o de intriga.

4. En esta época, hago resúmenes o sinopsis cortos, tanto de los libros como de las películas. Sin darme cuenta, de cada uno me queda un artículo, que bueno o malo, puedo utilizar posteriormente.

5. Aprovecho para escribir un artículo en cualquiera de los blogs en los que colaboro, de un tema diferente al de mis últimos textos puramente literarios. Tomo temas de reflexión, o de opinión, o médicos, o noticias, o informes de lectura o reseñas de los libros o películas.

6. Normalmente hago una hora de ejercicio diario. En estos días de sequía, aumento quince minutos mi jornada de entrenamiento físico. Siento que se me activan las neuronas.

7. Voy a actividades a las que hacía tiempo no iba, como conferencias, cineclubes, lanzamientos de libros, conversatorios, obras de teatro, comediantes, carteleras culturales de universidades, etc.

8. Veo en internet cursos en video de creación literaria, talleres de escritura o de guion, hasta de ortografía y gramática, conferencias y entrevistas de grandes escritores, biografías, historia del cine o la literatura. Lo hago de manera pasiva, sin hacer todos los ejercicios que proponen, solo los veo y los pienso; y a veces tomo notas.

9. Cuando uno está lento mentalmente o se siente bajo de reflejos, un viejo profesor me dijo, sin aportarme prueba alguna, que a él le funcionaba comer menos grasas y más frutas y jugos con poco azúcar, tomar licor de manera recreativa, buscar más conversaciones frívolas y risueñas, (tan poco serias y trascendentes como sea posible), más sexo, más vida social y de un momento a otro, aparece una idea salvadora que permite retomar el ritmo. No tengo pruebas con rigor científico, pero le he hecho caso, y créanme que funciona.

10. Me pongo retos mentales: escribir apuntes de temas, reales o imaginarios de un asunto en especial: por ejemplo, qué recuerdo tengo de mi primera ida para la costa, qué sentí cuando vi el mar, qué recuerdo tengo de mi primera semana en la universidad, qué sé de la vida que fue o que pudo haber sido de tres de mis exnovias, los peores defectos de mis examigos, tres planes de venganza terrible (pero sin dejar huella, ni que nadie me pille, ni que nadie se entere de mis planes) para los amigos que me traicionaron y me jugaron sucio sin yo merecerlo, o si tuviese súper poderes, cómo castigaría a los políticos corruptos o a los secuestradores o a los violadores de niños. Lo importante es escribir, aunque sea una página de cada ejercicio y conservar los apuntes. Me asombro de las ideas loquísimas y muchas veces eficaces que salen de estos divertimentos un tanto perversos.

Les garantizo, si no les sirven, por lo menos pasan el rato entretenido sin tanta angustia. Para mí estos ejercicios tuvieron un doble propósito: me sirvieron y pasé un rato entretenido. Y miren: me quedó una nueva entrada al blog…

TIPS DE ESCRITURA

La obra habla por uno. Hay que escribir, lo importante es el texto; lo demás es farándula. Si el texto es bueno, con seguridad que encuentra su camino y el resto viene por añadidura. No es un

camino fácil, pero es muy enriquecedor.

El método no tiene nada de novedoso: estar atento, a ver qué historias hay, sabiendo que pululan por todas partes. Anotar todo lo que pueda servir ahora o después. Leer y leer. Ver muchas películas. Pensar y pensar. Escribir y escribir. Corregir. Saber que es más lo que se pierde que lo que se gana. Por ejemplo, por cada concurso ganado, hay diez o más perdidos y esto no debe descorazonar. No hay que ser apegado a las palabras, lo que no sirve hay que desecharlo o reescribirlo, no hay que desanimarse por las negativas de los concursos, los editores o los críticos.

En lo personal, los talleres literarios fueron la respuesta a mi necesidad de narrar, pues durante la mitad de mi vida no encontraba la manera adecuada de hacerlo. Es decir, tenía la idea, hacía la narración, pero el cuento salía malo o no se entendía, o no gustaba, o tenía defectos de forma que lo hacían inviable. El taller entrega eso, elementos de trabajo, herramientas para hacer eficaz un texto. El taller da constancia, da rigor, hay lecturas críticas que aportan. En los comentarios y hasta en la cara de los integrantes, tanto profesor como alumnos, uno ve si el texto sirve, si es repelente o atrapa, si divierte o es un ladrillo.

Ya todos los temas están escritos, la diferencia es el tratamiento que se le dé a la idea. El amor, la muerte, el deseo, el odio, la venganza, la avaricia, etc., ya han sido tratados y no hay mucho más de que hablar. Lo importante es volverlo a hacer sin repetirse, de manera novedosa, con un estilo propio que lo haga interesante y llamativo, digno de ser leído. Que llegue a nuevos públicos, que tenga una impronta, un sello.

La inspiración: es una forma de llamar a esa idea volantona que entra a la cabeza proveniente del exterior (que penetra a través de los sentidos), o del interior (alimentada por un recuerdo una evocación o un sentimiento). La idea siempre va a estar por allí, pero cuando da vueltas una y otra vez, y se aferra a la necesidad de atraparla y volverla texto, se dice que es gracias a las musas.

Ideas hay por miles, girando, generando cortocircuitos permanentes. Por eso es importante estar atento y vigilante, sensible a su necesidad de ser contada, para que no sea producto de una inspiración eventual, o una «musa inconstante» que estando allí puede no ser detectada. La clave es que cuando esté rondando sea capturada para ser traída a un plano creativo, consciente.

Que la inspiración no me abandone, pero que cuando aparezca, «me pille trabajando», nos han repetido los maestros desde siempre. Por eso hay que tener método. Hay que anotar todos los elementos susceptibles de ser narrados, almacenarlos en un archivo, una agenda, una grabadora, en fin, traerlas a un plano real para que dejen de ser inmateriales. Tarde o temprano, téngalo por seguro, van a ser usadas. En ese sentido, si se quiere hacer obra, hay que tener inspiración (musa) pero también constancia (transpiración), acaso más importante, para atrapar la idea y de ella hacer un texto literario.

Sobre la novela negra: es apasionante. Es entretenimiento puro. Desata la curiosidad en el lector, lo hace cómplice, lo involucra y lo envuelve en un juego de acierto y adivinación con elementos lógicos que casi siempre lo sorprenden y lo excitan. Por lo demás, se basa en historias poderosas e impactantes. Los personajes son fuertes y deben estar bien dibujados. La narración tiene que estar muy bien escrita, sin cabos sueltos y sin trampas burdas, pues si el interés decae o hay engaños, el lector la abandona sin consideración. Además, escudriña la sociedad y sus normas, describe la ciudad, su ética, su entorno, su ambiente, sus pecados. Es una fotografía del alma colectiva en la selva de cemento. Desnuda sus costumbres más ocultas y sus tendencias más abyectas. Muestra el submundo que hay debajo de la superficie, por debajo de lo aparente, un universo mucho más grande y salvaje del que nos imaginamos y que ruge bajo los neones y la contaminación de la ciudad.

Aunque uno escriba ficción, alguien opina que en el fondo siempre se escribe sobre uno y las cosas que conoce y los asuntos que le interesan. Mucho de lo que escribo tiene que ver con lo que oigo y distorsiono, lo que capto y modifico, lo que leo y acomodo, lo que percibo y me imagino. En los textos de mi detective (Joaquín Tornado) hay un poco de todo, aunque no sea autobiográfico: el delito, el crimen, el timo. En lo directo no me tocan, pero son muchas historias robadas a los amigos, en la esquina, en la tertulia, en el café, en los ecos que se quedan pegados de las paredes de los callejones y los antros.

Alguien decía que uno siempre escribe sobre los mismos temas, sobre su propio yo, o lo que más le impacta y le importa a ese yo, sobre su propia visión de la existencia, sacando lo más puro y lo más abyecto del ser que uno es. Uno se disfraza de los personajes, pone las palabras de uno en boca de ellos, maldisimula sus propias opiniones y sus taras y sus defectos en el carácter de ellos.

Cada texto es un ladrillo más en la pared del edificio de su propia obra. Cada personaje es una proyección, atenuada o exagerada, de la personalidad de uno. Uno escribe de lo que conoce, de lo que es, de lo que ha vivido, sentido y sufrido.

Escribir es hacer catarsis de uno mismo, es mirarse en un espejo distorsionado, en donde es posible que la imagen verdadera sea la que se refleja y la falsa, la que sale desde dentro de uno. Es posible que el verdadero yo, sea el otro y que uno ha estado engañado todo el tiempo. Siempre es peligroso pero fascinante ahondar esos laberintos de la creación. No sabe uno qué se va a encontrar; puede que a uno mismo, encadenado y prisionero de sus propias limitaciones y neurosis, en lo más profundo de una mazmorra. Es un juego aterrador, pero no hay marcha atrás.

El párrafo tiene su ritmo, su música, van pidiendo cuerda de acuerdo a la necesidad de la frase, del personaje, de la situación planteada. Por épocas, uno se preocupa más del lenguaje. En otras, por la caracterización, fuerza y veracidad del personaje. En otras, por la estructura. En otras, simplemente por la belleza, por la forma pura, por lo que usted denomina «lo estético». En otras, por la coherencia y el valor de la historia relatada. Cuando usted logra armonía y equilibrio y solvencia en todos estos aspectos, usted tiene en sus manos una obra maestra. Aplique esto a Cien años de soledad, al Quijote, a las grandes obras y se dará cuenta. Por eso es tan difícil tener en la misma cuadra un García Márquez o un Borges. Lograr esas cumbres sin perecer en el intento es un atributo de los grandes maestros. El resto nos partimos el lomo tratando de sacar el texto lo mejor posible, sufriendo en carne propia las obvias, y en ocasiones insalvables, limitaciones.

Lo importante no es la realidad de la historia con respecto a un referente de «la vida real», sino la veracidad de la historia en sí misma. Que se logre una efectiva «supresión de la incredulidad» porque el texto en sí mismo es tan fuerte, tan sólido, que establece sus propias normas de realidad, independiente del resto.

Hay una especie de afinidad, inmediata o tardía, que hace que un tema le dé vueltas en la cabeza a uno durante un tiempo. Repito, primero entra por los sentidos, luego se asoma una y otra vez, como reclamando su espacio. Luego produce una especie de regocijo, o un malestar, o una idea recurrente, que hasta que no se lleva al texto, no se resuelve. Luego llega otra y otra. Otras veces no es tan simple. Uno la anota en una agenda o en un archivo, «por lo que pueda ocurrir», porque en otro momento pueda tener algún interés. Entonces, cuando encuentra su espacio, viene a la memoria, o por esos azares no tan gratuitos, ese día uno abre el computador y la idea asoma sus narices para ocupar el espacio que tenía destinado desde siempre. Es algo un tanto mágico, pero que sabemos que existe. A veces son fuertes y determinadas desde el principio, uno sabe que tienen tanta fuerza, que terminan en una novela, completas, redondas, tal y como se la contaron a uno. Eso me pasó en «La milonga del bandido», en «El tren de los malditos» o en «Que me queda de ti sino el olvido». Sólo tuve que escribir, pulir, organizar: la estructura estaba completa, me fue dictada de principio a fin.

Toda inspiración-creación entra por los sentidos. Es difícil inventar algo puro, que no sea impactado por un estímulo externo. Algo captado por los órganos de los sentidos genera en la mente una idea digna de ser contada; algo visto, algo olido, algo escuchado, algo leído, se traduce en una imagen mental, en un mapa conceptual. El escritor debe estar preparado, con sus sentidos dispuestos, para tener la sensibilidad de dejarse permear por esto que entra a su cerebro a través de lo sensorial. Pero, sobre todo, debe tener agudo el oído: debe saber oír y escuchar, debe saber reconocer la música de las palabras, la cadencia de las voces. Esto le da el estilo propio a cada autor, una armonía que caracteriza sus textos. Por eso, lo de escuchar, se toma de varias formas: escuchar hacia afuera (prójimo, personas, medios, historias, chismes, sonidos, ruidos, música) para alimentarse de los estímulos externos que le alimenten la inspiración y escuchar hacia adentro, el sonido del texto, la lectura en voz alta, las disonancias, la musicalidad de lo escrito, la repelencia o la cadencia, la consonancia o la estridencia, dependiendo de la voz que queramos darle.

Siempre quería contar historias, pues crecí en medio de una tradición oral muy fuerte por la familia, por el barrio, por la gallada de amigotes, todo el día jugando e inventando aventuras en las calles, en las mangas, porque no había tampoco muchas otras opciones, pues fui niño en los años 60 y 70s. La palabra me embrujaba, me obnubilaba el poder seductor de las anécdotas, la fuerza de las narraciones. No me quería mover de donde hubiera un buen palabrero. Más tarde llegaron las lecturas y mi universo se expandió y quise ser como esos escritores que me hipnotizaban a través de un relato. Desde entonces quise escribir. Lo intenté mucho tiempo, sin encontrar las herramientas adecuadas, hasta que los talleres literarios me encausaron y pude encontrar la manera de expresarme: ya no era sólo la oralidad. La escritura había entrado en mi vida y, hasta ahora, me acompaña.

Uno habla de lo que más conoce, de lo que ha vivido. Y la Ciudad, y particularmente el barrio, han sido el entorno natural que ha alimentado mis vivencias. Entonces de ellos hablo, de eso que he vivido, padecido, amado y sufrido. La Ciudad, siempre la Ciudad. Y, por supuesto, la medicina. Son los dos grandes filones temáticos que alimentan mi literatura.

En el mismo sentido, surgen de las calles, las esquinas, las tiendas… mi personaje es el hombre común, al cual le ocurren situaciones fuera de lo normal. Lo mismo, los pacientes. Muchas historias surgen de los hospitales. Me he dado cuenta que el sufrimiento, el dolor, el abandono, el miedo, la muerte son una fuente inagotable de literatura. De ahí parten mis personajes: de la ciudad, de la medicina. Hablo mucho de personas abandonadas de la esperanza o de la fortuna. Del marginal, del solitario, del desesperado, del que no tiene salida, del que se quedó sin ilusiones.

Para mí, titular es una obligación penosa pero estimulante, que demanda estrujarse mucho el cerebro, pues tiene que marcar una diferencia, tiene que darle una impronta, no caer en el lugar común y dar una idea del texto narrado. Para mí, merece toda la atención, toda la concentración. Debe ser contundente, tener recordación, tener carácter y tratar de no parecerse a nadie. Para mí, insisto, es de la mayor importancia. Recuerdo estos títulos: «Qué me queda de ti sino el olvido», «¿Alguien ha visto el entierro de un chino?», «Una llamada por cobrar desde el infierno», «Música de buitres», etc.

En mi concepto, el escritor debe llegar al lector o si no está perdido. Hay varias formas de espantarlo: o con lenguaje rebuscado, artificioso, afectado, falsamente erudito, o con lenguaje ordinario, obsceno, procaz. Hay que buscar un equilibrio sano. En ocasiones hay que recurrir a lo escatológico, sin abusar del recurso, cuando sea necesario para el texto. A veces hay que usar un término erudito (casi nunca), cuando se amerite. Por ejemplo, si un personaje se tropieza o se asusta, nada peor que ponerlo a decir «¡Pamplinas!, ¡casi me fragmento mi artejo mayor, oh… el dolor me embarga!» Esto se soluciona fácil con un buen «¡HP!, ¡casi me parto el dedo!» Un poco más brusco, pero más simple, más real y, por tanto, más eficaz. No genera rechazo en el lector y lo invita a acompañarlo en su dolor, no a rechazarlo por filipichín y pretencioso.

Las lecturas, el tiempo y la revisión juiciosa, van dando las pautas para ir logrando el equilibrio y dejar de ser empalagoso o extremadamente campechano y chabacano. Si el adjetivo no es necesario o la metáfora no está bien hecha, sobran y chillan, y vuelven repelente el párrafo. Es por eso que debemos tratar de dominar el significado de las palabras, la ortografía, la puntuación, la gramática, la estructura, etc.

Lo importante no es la realidad de la historia con respecto a un referente de «la vida real», sino la veracidad de la historia en sí misma. Que se logre una efectiva «supresión de la incredulidad porque el texto en sí mismo es tan fuerte, tan sólido, que establece sus propias normas de realidad, independiente del resto. Es por eso que Cortázar es tan veraz cuando nos cuenta, con toda la naturalidad del mundo, que su personaje está «vomitando conejitos», lo mismo Asimov o Bradbury, o el mismo Borges reescribiendo el Quijote, o Gabo elevando a su personaje en cuerpo y alma hacia el cielo, como si nada, todo tan normal. Soy poco dado a la fantasía o a la ciencia-ficción, me matriculo más en el realismo sucio que en realismo mágico y estoy fuertemente presionado para que mis escritos anden sintonizados en clave de vida real. Escribo sobre personajes comunes a los cuales les suceden, por asuntos del azar o el infortunio, cosas extraordinarias, pero no exentas de verosimilitud. Si yo no me las creo, no funcionarán tampoco en el lector y echará el libro a la basura. Es todo un reto.

En mi caso la literatura es catártica, sanatoria, terapéutica. Es mi siquiatra particular y me permite exorcizar muchos demonios que de otra manera me tornarían en un asesino en serie. Lo cuento con ejemplos. En una ocasión me demandaron por una complicación grave en mi oficio como médico. La demanda me la inició un colega con el cual había tenido un altercado, a manera de retaliación. Cuando me enteré, tuve la convicción de que lo que tenía que hacer era mandarlo a asesinar, de manera lenta y dolorosa, como una forma de reparación, de venganza necesaria para el espíritu. Afortunadamente no ocurrió así: la literatura vino a salvarnos a los dos, a mí de la cárcel, a él del empalamiento. Escribí una novela corta, «Crónica de un proceso», en donde cuento pormenorizadamente el caso. Fue publicada por la Universidad CES. Hoy se estudia en la cátedra de ética y de derecho médico y he dictado decenas de conferencias de cuenta de esa publicación. Lo mismo con un primo hermano, amigo entrañable, que por la vía del corazón se me metió al bolsillo, con la idea de quitarme todo el patrimonio. Casi me deja en la ruina. La literatura me permitió sanar el sentimiento de traición, de odio y de resentimiento, mientras me recuperaba. Le quedó, como homenaje y testimonio, un cuento y una novela de mi amigo Joaquín Tornado llamado «El primo y el timo».

Mientras uno escribe, no piensa en dañar a nadie, no comete pecados ni incurre en delitos. O por lo menos, si lo hace, es inofensivo. Todo queda en el papel.

SUGERENCIA

Leer las entrevistas en los siguientes medios, porque de ahí se han tomado los apuntes presentados en este texto.

El Colombiano.

El Espectador 1.

El Espectador 2.

Libros & Letras.

«Le confieso, sin pudor intelectualoide, que me gustan los concursos, me gusta participar en ellos, me he ganado algunos, he perdido la mayoría y en muchos, he quedado de finalista, (de «primera princesa», como se burlan de mí algunos de los colegas). Lo importante es escribir, gozársela, tener método, disciplina y rigor. Si en el camino se atraviesa un premio, bienvenido, es estimulante, le trae a uno nuevos lectores, mucha gente se interesa por la obra anterior, le da un poco de más visibilidad para ser un poco más leído. Mire usted: ahora me está entrevistando por haberme ganado la beca del Municipio con «Gamberros S.A»; de lo contrario, no nos hubiéramos conocido, ni usted como periodista o crítico se hubiera interesado por lo que pienso sobre el arte de la creación literaria. Eso está muy bien y lo agradezco, pues con seguridad gracias a ello, los lectores de su periódico se podrían potencialmente interesar por leer mis libros. Lo importante es el rigor, tratar de escribir bien y cada vez mejor. No obsesionarse con el concurso ni amargarse por no ganarlo. Los concursos no son matemáticos ni justos. Los jurados no siempre premian al mejor. Si la obra es buena, y no gana esta vez, hay que revisarla y mejorarla, que con seguridad tarde o temprano encontrará su espacio, le llegará su tiempo».

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El presente texto hace parte del libro «20 escritores colombianos nos revelan sus secretos de creación», publicado por Editorial libros para pensar, en diciembre de 2020. www.librosparapensar.com Correo-e: edicion@librosparapensar.com

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* Emilio Alberto Restrepo. Médico, especialista en Gineco-obstetricia y en Laparoscopia Ginecológica (Universidad Pontificia Bolivariana, Universidad de Antioquia, CES, Respectivamente). Profesor, conferencista de su especialidad. Autor de cerca de 20 artículos médicos. Ha sido colaborador de los periódicos la hoja, cambio, el mundo, y Momento Médico, Universo Centro. Tiene publicados los libros «textos para pervertir a la juventud», ganador de un concurso de poesía en la Universidad de Antioquia (dos ediciones) y la novela «Los círculos perpetuos», finalista en el concurso de novela breve «Álvaro Cepeda Samudio» (cuatro ediciones). Ganador de la III convocatoria de proyectos culturales del Municipio de Medellín con la novela «El pabellón de la mandrágora», (2 ediciones). Actualmente circulan sus novelas «La milonga del bandido» y «Qué me queda de ti sino el olvido», 2da edición, ganadora del concurso de novela talentos ciudad de Envigado, 2008. Actualmente circula su novela «Crónica de un proceso» publicada por la Universidad CES. En 2012, ediciones b publicó un libro con 2 novelas cortas de género negro: «Después de Isabel, el infierno» y «¿Alguien ha visto el entierro de un chino?» En 2013 publicó «De cómo les creció el cuello a las jirafas». Este libro fue seleccionado por Uranito Ediciones de Argentina para su publicación, en una convocatoria internacional que pretendía lanzar textos novedosos en la colección «Pequeños Lectores», dirigido a un público infantil. Fue distribuido en toda América Latina. Ganador en 2016 de las becas de presupuesto participativo del Municipio de Medellín, con su colección de cuentos Gamberros S.A. que recoge una colección de historias de pícaros, pillos y malevos. Con la Editorial UPB ha publicado desde 2015 4 novelas de su personaje, el detective Joaquín Tornado. En 2018 publicó su novela «Y nos robaron la clínica», con Sílaba editores.

Blogs: www.emiliorestrepo.blogspot.com, www.decalogosliterarios.blogspot.com

Serie de YouTube Consejos a un joven colega.

Cuentos Leídos por el autor: https://emiliorestrepo.blogspot.com/2015/06/cuentos-leidos.html

Twitter: @emilioarestrepo


miércoles, 27 de enero de 2021

QUIERO SER ESCRITOR. TRES LECCIONES DE LOS GRANDES MAESTROS







QUIERO SER ESCRITOR. TRES LECCIONES DE LOS GRANDES MAESTROS

LISA PELIZZON·LETRASLITERATURA·NOV 5, 2020




La generación de los escritores que aprendieron a escribir bebiendo, por suerte, se ha extinguido y, con ella, otros falsos mitos que desde siempre han acompañado este oficio tan admirado, deseado e idealizado. Francis Scott Fitzgerald admitía sin tapujos que no podía entender cómo algunos podían concebir, aunque solo fuera una sola frase, bajo el efecto de las drogas cuando para él el oficio requería litros de café, noches en vela y encierro.

 

Tanto él como otros profesionales de la escritura coinciden en que, lejos de ser el producto de una buena dosis de whiskey o de una fulmínea inyección de inspiración, escribir requiere formación, disciplina, método y constancia. Vamos, nada de “me dejo inspirar por las mágicas teclas de una máquina de escribir o por el olor de una hoja de papel”. Trabajo, bien organizado y puro trabajo.

 

EL ESCRITOR NACE O SE HACE

 


En los últimos años se ha asistido a la proliferación de un nuevo tipo de escuela y de programas universitarios cuyo objetivo es enseñar el oficio del escritor. El Master in Fine Art in Creative Writing de la universidad de Iowa, la Gotham Writers Workshop de Nueva York, el Ateneu Barcelonés, la Escuela de Escritores de Madrid o la más reciente Scuola Holden de Turín en Italia, por citar algunos nombres entre una amplísima oferta académica, sobre todo americana y británica.

 

Las escuelas de escritura creativa, ya consolidadas en los Estados Unidos desde 1880 con la primera clase impartida en Harvard, llegan a Europa con este mensaje revelador: el escritor se hace. Da igual que tengas o no talento, sostiene Murakami: el talento no vale de nada si no se demuestra que puede perdurar en el tiempo o, mejor dicho, si no perdura en el tiempo la necesidad de escribir, auténtica chispa de la creación literaria.

 

De repente, todo lo que se había escuchado sobre el poseer o no el don de la escritura suena a patraña elitista. Consuela saber que hay maneras de enfrentarse a este oficio con la justa perspectiva y que haya alguien dispuesto a enseñarnos cómo.

 

APRENDE DE LAS LAGARTIJAS

 


“Corre rápido y quédate inmóvil” esta es la lección de las lagartijas según el escritor de ciencia-ficción, Ray Bradbury. Al observar el movimiento de estos reptiles, el aspirante a escritor aprende que la velocidad lo es todo. Más rápido escribe y de menos tiempo dispone para parar a pensar. Si no se detiene a diseccionar su pensamiento, entonces es muy probable que su voz sea honesta.

 

Sin embargo, hacer que la escritura brote rápido y que además sea auténtica requiere mucha disciplina. Como en todos los oficios, si no se desempeñan con ganas y una pizca de alegría será difícil convertirse en un verdadero profesional. Para ser escritor, insiste Murakami, es esencial que se mantenga la ilusión por dar rienda suelta a nuestro mundo interior, solo así nos sentiremos libres de expresarnos. Sin libertad, no habrá palabras capaces de captar la atención del lector, sino solo una aglomeración de signos sin emoción.

 

Dorothea Brande, una de las editoras más influyentes del siglo XX, sostenía por ejemplo que para obtener el máximo beneficio de nuestro inconsciente hay que aprovechar el momento en que nuestra mente todavía está entre el sueño y la vigilia. “Sin hablar, sin leer el periódico de la mañana, sin coger el libro que dejaste anoche en la mesilla, empezar a escribir”: en pocas palabras, dejar que los pensamientos surjan de manera azarosa y sin ataduras.

 

Puede que en esta fase, cuando todavía está uno buscando su camino o su voz, lo más difícil sea callar esa vocecita que dice: “¿Pero qué quieres contar? ¡Esto no funciona!”. La tendencia a censurarnos es frecuente y muy peligrosa, ya que ahora es el momento de aprender de las lagartijas: hay que correr para no pensar, para disfrutar de lo que el inconsciente tenga que revelar. Ahí se esconden los tesoros que todavía no se han descubierto y que solo la espontaneidad y la constancia pueden revelar.

 

La escritora Julia Cameron ha incluso bautizado ese momento creativo de la mañana con el apelativo de “Morning Pages”, una rutina muy concreta que consiste en redactar al menos tres páginas al día, a mano y en un cuaderno de tamaño A4 todo el flujo de nuestros pensamientos. Escribir a mano obliga ante todo a proceder despacio, a fijarnos en la página que tenemos delante y, además, ayuda a que la mente suspenda su juicio durante un rato. Algunos estarán pensando: “Bueno, es el diario de toda la vida”. Sí, solo que aquí se convierte en un recurso de autoanálisis y desahogo muy poderoso. La fuente de la que brotan las ideas, los sentimientos, las emociones, incluso los tabúes o lo nunca dicho, sin que los filtros de las falsas creencias impidan el proceso.

 

ENCUENTRA Y NUTRE TU MUSA


 A lo largo de la vida, nos llenamos de sonidos, imágenes, olores, sabores, paisajes, animales y personas; poco a poco se almacenan en el inconsciente recuerdos e informaciones que representan nuestra manera de ver y vivir el mundo alrededor. Ray Bradbury lo define “el archivo”, “el depósito”; Julia Cameron, “la fuente”; la “caja de herramientas”, Stephen King.

 

Cambian las denominaciones, pero no el concepto: lo que erróneamente se llamaba “inspiración” no es otra cosa que un almacén de potenciales ideas que cada escritor tiene la obligación de nutrir constantemente. Cada almacén y el uso que se hace de él distingue un escritor de otro: constituye su seña de identidad.

 

Ahora bien, no es una fuente interminable de ideas: se pueden agotar. De ahí que el primer deber del escritor sea nutrir su musa.

 

Una visita al museo, un paseo por el bosque, ver una obra de teatro o una película son para Julia Cameron citas obligatorias a partir de las cuales el escritor observa, reflexiona y recolecta emociones, sensaciones, informaciones para alimentar su creatividad. Se trata de un mensaje clave que indica cómo el escritor no es en absoluto un ser aislado de la realidad: vive en ella en constante contacto con las personas que encuentra y con las que habla; se nutre de lo que observa y captura su atención; se mantiene activo, despierto y atento.

 

Refuerza este enfoque también Murakami quien lleva corriendo y nadando todos los días desde hace años. Para escribir se necesita energía física, no solamente intelectual y, en su opinión, no existiría la una sin la otra. De alguna manera, el esfuerzo físico y mental que sirven para salir todos los días a entrenar ayudan a forjar la disciplina necesaria para enfrentarse a la escritura.

 

En suma, cada escritor recurre a maneras distintas de alimentar su musa, sin embargo todos coinciden en que el ingrediente principal del régimen creativo es la lectura. Leer nos permite compararnos con los grandes, aprender de sus estrategias, imitarlas si queremos pero, sobre todo, construir nuestra manera de ver el mundo.

 

La lectura permite recoger material literario valioso, además de facilitar el proceso creativo y convertirlo en algo más familiar. Si no lee, el escritor no dispone de ninguna referencia para saber si lo que escribe merece ser leído o no. Insiste Stephen King que la lectura cotidiana nos empuja “hacia un lugar, una actitud mental” donde seremos capaces de producir páginas y páginas sin ninguna inhibición. Y si no llegan a ser páginas, podrían ser cuadernos de notas como las que rellenaba Fitzgerald en su cuaderno y que le producían un placer inmenso con solo leerlas.

 

PON TU ESCRITORIO EN EL CENTRO DE LA HABITACIÓN


Dice Stephen King: “pon tu escritorio en una esquinita de la habitación y todas las veces que te sientes a escribir, pregúntate por qué no está en el centro”. El arte al servicio de la vida: si se quiere escribir hay empezar por aquí.

 

Si quieres escribir, probablemente tienes una historia que contar, una imagen que constituye el núcleo de una novela o de un relato. De ahí al producto final hay un trecho y poner literalmente el escritorio en el centro de la habitación significa dedicar tiempo y esfuerzo a tu proyecto todos los días. Cada uno a su estilo. Hemingway, por ejemplo, propiciaba el reencuentro con su escritorio dejando de escribir cada noche cuando todavía tenía algo que decir. Al día después, su imaginación estaba lista para empezar.

 

Raymond Carver, en cambio, no podía permitirse sesiones cotidianas, sino sentadas maratonianas de fin de semana en las que daba a luz sus cuentos y poemas. Stephen King, en cambio, acude puntual a su cita con la página todas las mañanas y ahí se queda hasta que no alcanza su objetivo cotidiano.

 

En fin, está claro que el proceso creativo surge y desarrolla en cada escritor de mil maneras distintas, pero en todos permanece intacta esta idea: si quieres escribir, hazlo, no lo dejes de lado, ponlo al centro de tu vida.

lunes, 28 de septiembre de 2020

20 ESCRITORES COLOMBIANOS NOS REVELAN SUS SECRETOS DE CREACIÓN

¡¡¡¡HABEMUS LIBRUM!!!!


20 ESCRITORES COLOMBIANOS NOS REVELAN SUS SECRETOS DE CREACIÓN

Recopilador: Emilio Alberto Restrepo 

Genero: teorías de la creación literaria, consejos de escritura creativa, decálogos literarios, entrevistas a escritores, tips de creación

Editorial Libros para pensar

Colombia septiembre 2020

Este libro recopila el pensamiento sobre creación literaria de 20 escritores colombianos. Incluye consejos, decálogos, frases, sentencias, escolios, etc. En él recogemos los que han sido escritos o diseñados por autores colombianos, que han expresado sus pensamientos, sus ideas o sus conceptos en decálogos como tales, en entrevistas, en conferencias y han sido tomados de la red, así como de la correspondencia personal de muchos de ellos. Consideramos que es muy recomendado para aprendices y aficionados, para lectores desprevenidos, para alumnos de talleres literarios y para todos los que se deleitan del bello arte de la literatura, y hasta para la vida misma.

Al final citamos los más ingeniosos, clásicos, reconocidos o polémicos. Siempre teniendo en cuenta su utilidad, incluso su pragmatismo. Lo que comenzó como un divertimento, pasó a ser una disciplina que permite enriquecer la teoría de la creación literaria, en la voz de los maestros.



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