ANTOLOGIA DE DECALOGOS LITERARIOS

"Los Diez Mandamientos, considerados útiles reglas morales para vivir en sociedad, tienen un excelente uso literario. El escritor, al contar sus historias, debería hacer que sus personajes violen constantemente estos mandamientos, en conjunto o por partes. Mientras alguien robe, mate, mienta, fornique, blasfeme o desee a la mujer del prójimo tendremos un conflicto y en consecuencia una historia que contar. Por el contrario, si sus personajes se portan bien, no sucederá nada: todo será aburridísimo."
Fernando Ampuero


Uno de los más interesantes y que recoge más sabiduría, tiene un solo postulado. Se lo leí a Alejandro Quintana y dice:

"Porque en realidad ya se ha contado todo; lo novedoso es contarlo de forma interesante".

Es muy común que los escritores, cuando gozan de cierto reconocimiento, decidan organizar sus ideas en forma de recomendaciones que suelen enumerar en listas, generalmente en forma de decálogos, muy a manera de configurar una suerte de "Tablas de la Ley"o de "Diez Mandamientos" , en los que pontifican,-con razón o sin ella, en concordancia con su prestigio y sabiduría o apenas haciendo gala de una vana pretensión un tanto ególatra- sobre sus verdades decantadas acerca del oficio de escribir.

Unos condensan verdaderas sentencias, otras son apenas esbozos que naufragan en su propia babosería; unos son un compendio de ingenio, otros verdaderos destellos de humor, mientras algunos apenas sí resbalan como peligroso chascarrillo en el reino del lugar común.

De todas maneras, en esta página recopilamos algunos de ellos, como elemento para el análisis y estudio de los interesados en el ejercicio de escribir. Muy recomendado para aprendices y aficionados, para lectores desprevenidos, para alumnos de talleres literarios y para todos los que se deleitan del bello arte de la Literatura.

Al final citamos los más ingeniosos, clásicos, reconocidos o polémicos.

Lo que comenzó como un divertimento, pasó a ser una disciplina que permite enriquecer la teoría de la creación literaria, en la voz de los maestros. La idea original parte de la página www.emiliorestrepo.blogspot.com
Comentarios y aportes, favor remitirlos a emiliorestrepo@gmail.com

sábado, 30 de septiembre de 2017

“¿Qué es una buena novela?”, Virginia Woolf

“¿Qué es una buena novela?”, Virginia Woolf

1.       Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir.

2.       Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos.

3.       Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta.

4.       El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia.

5.       Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra.

6.       Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor.

7.       Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.

8.       Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender.

9.       El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil.


10.   El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.

lunes, 4 de septiembre de 2017

EL OFICIO DE ESCRIBIR (APUNTES DE MEMO ANJEL SOBRE EL CUENTO)


EL OFICIO DE ESCRIBIR (APUNTES DE MEMO ANJEL SOBRE EL CUENTO)

José Guillermo Ánjel Rendo, “Memo Ánjel”

Extractos de una conferencia dictada en UNAULA. Tomado de : http://publicaciones.unaula.edu.co/index.php/ratiojuris/article/view/239/219

1. En esto del oficio de escribir es como todo, un oficio. A mí me gustan mucho las frases de las señoras antioqueñas cuando le dicen a alguien: coja oficio, usted no tiene oficio, fulano no tiene oficio. El oficio es aquella tarea que hago permanentemente y en la cual, de tanto estarlo haciendo, necesariamente mejoro y desarrollo lo que nunca antes se me había ocurrido. Entonces, cuando hablamos del oficio de escribir o del oficio de pintar o del oficio de tomar fotos, por ejemplo, hablamos de oficios que se mejoran en la medida en que vamos haciendo más. Si el día de mañana alguno de ustedes quisiera escribir, tiene que empezar por escribir todos los días, o si quiere pintar tiene que pintar todos los días. Es como aprender un idioma, asunto que resulta muy fácil cuando uno repite todos los días las palabras que va aprendiendo, porque las palabras son una costumbre. En el momento en el que a usted se le vuelve una costumbre hacer algo, en ese momento usted mejora necesariamente. Se discute mucho sobre las rutinas. Una rutina es rutina cuando no tengo conciencia sobre ella, pero si logro racionalizar una rutina, eso que es rutina de todos los días se convierte en un nuevo descubrimiento. Esto, más o menos, es lo que pasa cuando empezamos a escribir.

2. ¿De qué escribimos? ¿Cuál es el territorio de la escritura? El territorio más cercano de la escritura es mi propia gente. O sea, cuando soy capaz de contar historias sobre los míos.

Personajes: Y cuando estoy hablando de mi gente, hablo de mis tíos, mis primos, mis hermanos y demás parentela, que es la gente más cercana. Ahí lograríamos una primera idea de producir literatura. Estas personas que nos son cercanas son muy fáciles de imaginar para nosotros. En todas las casas antioqueñas hay uno que siempre ha vivido no sabemos cómo. A ese lo sostiene la familia y si algo hace, no sabemos cómo lo logró. Pero ese señor sobrevive a lo largo de la historia y se muere de viejo y más sano que todo el resto. Aparece, entonces, este territorio cercano, que es el primer ejercicio y espacio propicio de escritura.

Entorno: Eso es lo más importante de todo, situarse. Por eso Borges decía: “lo primero que hice fue poetizar mi barrio”. Y escribe un libro bellísimo sobre su propio barrio, Adrogué, que se llama Fervor de Buenos Aires, donde define la ciudad a partir de su propio espacio: por ahí caminaba, por ahí lo conocían, por ahí sabían quién era quién, quién era el uno, quién era el otro. Así, toda esa cercanía nos permite dar un testimonio de si estoy en el mundo, ¿dónde estoy?

Influencias: Lo mismo pasa con la escritura. En la medida en que uno lee buenos escritores, en esa medida uno se motiva a escribir. O sea, los que escribimos somos el fruto de otros escritores. No sería capaz de decir que  a mí no me ha influenciado nadie. Sí, he tenido el influjo de mucha gente, incluso tengo un maestro y ese fue el que seguí. Un escritor que me gustó, un escritor muy completo, al que me puse a estudiarlo para saber cómo escribía, de qué hablaba, cómo desarrollaba su mundo. Ese maestro fue Isaac Bashevis Singer. Si uno no tiene un maestro es muy difícil acertar. Lo mismo pasa en las profesiones, uno siempre tiene un referente teórico grande.. Lo mismo sucede con la literatura, uno tiene que ser un gran lector y, aclaro, un gran lector no implica leer muchos libros, sino leer bien un libro. Cuando me gusta un libro, lo fotocopio y digo que me dejen libre la hoja de atrás porque ese libro lo leeré haciéndole anotaciones en la hoja que está limpia. De esa manera me puedo gastar dos meses, lo que sea, y logro sacarle al libro lo mejor que contiene. Ya, el libro que compré, lo tengo en la biblioteca para llevármelo a leer. Un libro se debe aprender a trabajar. Ya, cuando uno logra hacer carrera literaria, es porque domina a ese maestro que lo influyó. Y ese dominio es contar lo que él no pudo contar.

Inmersión en el tema: Hay un tercer elemento que a mí me gusta mucho cuando estamos hablando de estos temas y es que un escritor tiene que caminarse la ciudad. Y caminársela es a pie, es meterse a todas partes, es comer lo que la gente come, es no privarse de nada de lo que me da la ciudad, la ciudad me da de todo. Ahora que venía para la Autónoma, había un montón de negocios en donde venden madera, telas, de todo, ahí hay cantidad de historias para contar, que las lograré contar si tengo muy claro el espacio que yo camino, si soy curioso con mi propia ciudad. Medellín a mí, por ejemplo, todos los días me asombra. Cada vez que estoy aburrido (o estoy, como les pasa a todos, desmoralizado) me voy a caminar la ciudad. Y ahí vuelvo y me reconcilio con la vida porque encuentro gente que está haciendo algo maravilloso por simple que sea. Vuelvo y repito, no podemos caer en la trampa en la que se está cayendo ahora en Colombia de producir sólo novela de violencia, como si un panadero no pudiera ser un gran personaje de novela, como si un estudiante universitario no pudiera contener en sí una historia maravillosa. Hay historias más especiales y trascendentes que esa, que es noticia rutinaria en los periódicos. Este tercer elemento, y es muy bueno que hagamos de esto un conversatorio, es mi ciudad. Montar en buses, dominar el metro. Eso es lo que uno tiene que saber narrar, porque yo no puedo narrar sólo lo que veo, tengo que narrar lo que siento.

Dominio del tema: Hay un cuarto espacio importante y es que yo no puedo narrar nada que no conozca a pesar de que la literatura es una ficción y se define como algo que pudo haber pasado. El sitio donde se da la historia tiene que ser completamente real, el momento histórico en el que se da la ficción tiene que ajustarse a lo que realmente pasó. Lo anterior implica que, para uno narrar, tiene que conocer sobre eso que narra. A mí me gusta narrar esas historias de los inventores que fallan, pero para eso tiene uno que estudiar física y geometría a fin de saber de qué máquina está hablando. De inmediato se nota que un escritor sabe de qué está hablando, no está inventando nada, lo único que no es cierto es la historia que cuenta, el resto existe, es cierto.

Y viene un quinto elemento: es la pasión, uno sin pasión no hace nada. La pasión es lo que lo lleva a uno a hacer posible las cosas. Soy profesor en la universidad y cuando uno pone un trabajo, los alumnos lo miran a uno y se preguntan: “¿este señor cree que yo tengo tiempo, que a mí me sobra el tiempo, será que cree que yo me puedo partir en dos?” Uno a los estudiantes les pide lo imposible para que hagan cosas que ellos mismos no creían que eran capaces de hacer. Así que la exigencia es para que desarrollen pasión. Cuando uno crea pasión por algo, llega a donde no se imagina. Y llegar donde no se imagina es el primer marco de la escritura. Pero no basta la pasión. El escritor se fundamenta, toda literatura y toda forma de escritura se fundamenta en algo.

3. Tipos de escrituras. Cada vez que usted está escribiendo, está escribiendo historia, o sea, usted está produciendo un documento que en las manos de un historiador, dentro de 100 ó 200 años será tremendamente valioso si está bien escrito. Nosotros sabemos qué ha pasado, cómo estudiaba la gente, qué cosas estudiaba, precisamente porque hubo gente que escribió bien sus trabajos y quedaron tan claros que después los tomó un historiador, como Georges Duby, por ejemplo, que investigó la vida privada, y a partir de ellos recreó lo que la historia oficial no cuenta: la historia de las mentalidades. O sea, al escribir algo uno no está cumpliendo con una mera tarea. Uno, en la universidad se está imponiendo una tarea. Y es la de que a través de mí doy testimonio de lo que yo soy capaz de hacer, de lo que pienso, de la manera de resolverlo. Ese testimonio es lo que se convierte en historia el día de mañana. Diría que la primera forma de escritura es cualquier documento, cualquier trabajo que esté bien hecho, ¿para qué?, para no equivocarme, para que nos podamos reconocer en la historia y no nos condenemos a repetirla. Esto ya se ha discutido mucho.
Habría un segundo tipo de la escritura y es aquella escritura que discute conceptos. Los filósofos, los científicos, los teóricos sociales, discuten formas de pensar y actuar. Y si bien pueden estar equivocados, al menos hay un documento de partida. La verdad es una búsqueda que vamos construyendo y a partir de ahí mejoramos. Nadie tiene la verdad, la verdad es la exposición de unos códigos, porque el código tiene que partir como verdad para que las sociedades funcionen o sino no funcionarían nunca. De igual manera damos como ciertos los manuales tecnológicos, construyendo verdades normativas, verdades para que esa tecnología nos funcione. Ya el día de mañana, le agregarán cosas al código, le agregarán nuevas normas al manual, lo que sea, pero hoy estamos dando fe de cómo pensamos y de cómo, a través de nuestras normas, evitamos cometer el mayor error. La norma es clara, es escritura que plantea lo que ahora damos como lógico.
Con la escritura doy, dejo de estar solo, soy útil. Pero no se trata de escribir tonterías sino de dar un testimonio. La poesía, por ejemplo, se encarga de nombrar lo que no está nombrado, de encontrar posibilidades donde no han sido halladas. La poesía no es hacer versos que rimen, no. La poesía es como una fotografía. Una buena fotografía se convierte en una idea, y esa idea tiene palabras y a partir de ahí se descubren nuevas formas de ver y sentir.

4. La búsqueda. La búsqueda hace parte de cualquier profesional que se respete. Así, en lo que escribimos hay una búsqueda. El trabajo del escritor es el de buscar y en eso que busca (en las preguntas que se hace) está la literatura. En aquello que accionamos, inventamos todo el tiempo con base en dos inventos nuestros: las palabras y los números. Hay dos cosas que nunca existieron en la naturaleza, las palabras y los números. Esto lo inventamos nosotros para comparar las cosas, para medirlas, para darles un sentido, pero de palabras y números no existe en la naturaleza. El mundo es un problema de lenguaje, una construcción de nuestro lenguaje. La creación de nuestras palabras y números sirve sólo para nosotros. Escribimos para dar testimonio de nuestra época, para contar qué pasa, para contar cómo me siento, para contar lo que es capaz de hacer un ser humano.

5. La necesidad de hacerlo verosímil. La literatura ha terminado salvando la condición humana, porque, como los escritores contamos lo que no es mera realidad sino algo más, lo que no es sólo cierto sino posible, logramos trascender lo evidente. La literatura advierte sobre un asunto y lo representa como verosímil; presenta un valor, la moral verosímil, el desorden moral verosímil. Y con base en la verosimilitud, piensa el ser humano y se hace preguntas. Hay muchas maneras de llegar a las cosas. En mi caso, las novelas que leo, me marcan de alguna manera. Me marca la buena escritura. Esta es la tarea del escritor, marcar al lector, darle una idea del mundo. Los que escribimos literatura somos más libres para escribir y pensar, no tenemos compromisos, los personajes hacen lo que quieren, piensan como quieren, no se comprometen con nada que no sea su propia historia. El escritor, simplemente, está frente a una ventana mirando y si le gusta mucho la historia, se mete en ella y da sus razones sobre la vida y el mundo. Así, siguiendo una frase de Augusto Roa Bastos, el gran escritor paraguayo, uno escribe el libro que uno quisiera estar leyendo. Eso es lo que hace el escritor que, al igual que un buen lector, mientras escribe, se pregunta: esto para dónde va, qué es lo que hacen esos personajes, por qué ven de esa manera el mundo, cómo se aman y se pierden o encuentran, sobre qué discuten y reflexionan. La literatura termina siendo una visión de las cosas, una idea sobre algo. Una gran pregunta que se resuelve.

6. Ir más allá de la anécdota. La anécdota sin reflexión no es literatura, es periodismo o historia objetiva. Esto debe quedar claro. ¿Qué sucede con lo que ha pasado en la ciudad? Si a alguno de ustedes le gusta escribir, la ciudad plantea realidades múltiples. Nosotros, como los de cualquier parte, no tenemos una sola realidad. Esto sería terrible. La realidad es múltiple y diferenciada. Cuando se va a Buenos Aires, lo primero que hace uno es no mirar mucho las vitrinas de las librerías por la cantidad de libros que narran la ciudad. ¿Y por qué hay tantos libros sobre Buenos Aires? Porque todos cuentan situaciones diferentes: amor, delirio, sueños, absurdos, magia, humor, etc.. Nosotros, en Colombia, hemos caído en una trampa. Producimos una sola realidad: la violencia. Y si a esto le añadimos, como dice Javier Marías, el monoteísmo rabioso, sólo tenemos una sola persona para legitimar lo que se hace: un mejor jugador de fútbol, un mejor escritor, un mejor pintor, un mejor tal cosa. Y, claro está, una mejor realidad (la necro filia que las editoriales venden). Es un problema de monoteísmo mal entendido. Como decía Mel Books, un humorista norteamericano, los hebreos eran tan pobres que sólo tenían un solo Dios. Creo que somos muy pobres porque sólo tenemos de a uno. Y si no hay uno, tenemos uno y muchas crías de ese. Nos adelantamos en esto de la clonación. Hace un par de años estuve en una librería en Berlín y allí pedí que, por favor, me recomendaran un libro del mejor escritor alemán. El librero se quedó mirándome y me dijo: “señor, mejor en qué. Aquí hay muchos escritores, dígame qué quiere usted, novela policíaca, histórica, contemporánea, científica”. Fue una buena lección. A García Márquez lo leo como un clásico del Caribe, igual que leo a Homero y el Mediterráneo. Pero no estoy condenado a leerlo ni aceptarlo como escritor único. Pero no, en nuestro medio sólo hay uno y ese uno habrá de resolverlo todo. Como digo, es un monoteísmo mal entendido y una trampa que los medios y las editoriales ponen a los demás escritores, obligándolos a hacer copias o a desaparecer. Este problema, que nos impide leer novelas de amor, de situación de los homosexuales, de problemas financieros, de inmigrantes, etc., como si sólo hubiera un tema único (la tanatofilia) y estuviéramos obligados a rendirle culto, es lo que ha hecho que ya nadie se interese en traducir nuestra literatura. Realmente, no hay nada qué traducir. “Tráigame algo distinto”, me decía un editor en Zürich, algo que no sepamos”.

7. Las opciones. Claro que hay otro problema y es que los lectores no protestan contra esta literatura única, que niega las otras versiones de la realidad. No, hay muchas opciones de novela en la ciudad y los escritores deben buscar esas opciones: la historia de la empleada, la del obrero que estudia, la del cura que se niega a reconocer que no puede serlo, etc. No quiere decir esto que niegue que matan en las ciudades. Claro que sí matan, pero también hay gente que va al cine y enamora, que fracasa con un invento, que vive silenciosamente una tragedia con su mujer. La tarea de escribir, entonces, es hacerse una pregunta y darle rienda suelta a la imaginación, estableciendo lo que pudo haber pasado. Por esta razón, lo primero que se hace necesario para escribir es tener una historia que contar, no necesariamente cierta (para no caer en el anecdotismo). La literatura vuelve verosímil lo que se cuenta.

8. Los temas. No hay nada más libre que la literatura. La literatura reitera los temas: novelas del amor, novelas de la muerte, novelas del odio, novelas de la guerra, novelas de la locura, novelas del absurdo, pero siempre de manera diferente. Cada escritor es un mundo, un asteroide como los que conocía El Principito. Los temas literarios son muy pocos, pero se reescriben permanentemente porque cada uno es una reacción distinta. Así, uno comienza a escribir cuando ya se montó en la historia. Y entonces, comienza la película, con sus escenarios y personajes, con el lenguaje bien escrito, con sus sensaciones y preguntas. Y en esto soy claro, para escribir se necesita saber hacerlo bien. Alguien recomendaba aprender idiomas extranjeros para valorar la propia lengua, para encontrarle más posibilidades.

9. Las herramientas. He descubierto en el español muchas posibilidades después de conocer otras lenguas, porque uno tiene que escribir de manera gramatical. ¿Qué es la gramática? Es pensar en orden. Por eso los grandes profesionales son grandes gramáticos, piensan de manera ordenada. La misma gramática del lenguaje es la gramática de las matemáticas y de la ciencia. Es una manera clara de expresar algo. Y si no se tiene clara la estructura gramatical, pensamos de forma confusa. De aquí que quien está demostrando si piensa de manera ordenada o no, quien tiene una redacción (incluyendo la ortografía) impecable, tiene un orden mental impecable. La ortografía es la forma de escribir correctamente lo que estoy diciendo. La ortografía es la manera de no contradecirse con lo que se dice de manera oral, es llevar sonidos a la escritura, la forma de hablar, por eso las tildes y las letras correctas. La gramática, entonces, es lograr de lo que pienso el orden mayor, el mejor de los órdenes. Y si se pasa por encima de la gramática, lo que se muestra es un gran desorden. Sucede cuando se habla una lengua extranjera: si se habla bien, se obtiene un reconocimiento. Una buena pronunciación, una buena disposición de la frase, acerca a las personas, las hace más confiables. A quien le va mal en un país extranjero, se debe a que no habla bien. Todo inmigrante que comienza a hablar correctamente en el país donde está, sube inmediatamente. Con palabras y frases correctas, los demás saben que lo pueden oír, que ya sabe entender. Llevemos esto a la literatura: nos admite en la medida en que sabemos escribir y lo que se cuenta obedece a un orden. En la escritura todos somos inmigrantes.
El Premio Nobel de Literatura se da a la escritura, a quien cuenta sobre una cultura y da razón de sus espacios y encuentros, de la Filosofía y el Derecho, de lo cotidiano y la humanidad que allí se desenvuelve. Y en esa escritura se hace la demostración de saber argumentar lo que pudo ser, eso que es verosímil porque no va contra la razón.





Un cuento es una situación 
(Apuntes sobre el asunto de la fragmentación)

1.Los hombres —sean éstos mujeres u hombres o una mezcla de los dos— nos inventamos el lenguaje, algo tan enorme que únicamente podemos acceder a él a través del fragmento: la palabra. Y también las matemáticas, con las que medimos y pesamos, establecemos cantidades y un lugar en el espacio, preciso y pequeño para lograr ser entendido. O sea que habitamos el fragmento, un pedazo, nunca nada entero. Por esta razón, frente al cosmos evidenciamos apenas el microcosmos. Y en éste nos encontramos con nuestro yo, con unas circunstancias, con el otro o con lo otro. Somos en espacios reducidos.

2.La vida de una persona está compuesta por muchos cuentos, algunos bellos, otros atroces. La tarea de psicoanalista se centra en reescribir estos últimos. Y de esos cuentos con los que construimos nuestra educación sentimental (los bellos, los feos, los invisibles), nunca sabemos cuáles fueron ciertos o imaginarios. Nuestra vida es un acto de fe. La memoria no es ninguna certidumbre, es sólo la literatura que hemos hecho de nuestra vida. La historia, que trata de demostrar lo contrario, termina mintiendo para que los hechos narrados sean verosímiles. Y si miente, como bien sabemos, imagina. No estoy, entonces en contra de la historia sino de su presunción de convertir lo general en un hecho único, evadiendo los fragmentos que la hicieron posible como algo digno de saber. La historia, como descubrió Georges Duby, más que acontecimientos que se representan en estatuas o en catecismos (hoy los llamamos manuales), es fruto de las mentalidades, de los cuentos que nos creamos para ponernos de acuerdo en lo bueno y en lo malo, en que D’s existe o en que tenemos una geografía y, a partir de ella, un sitio leído para imaginar. Y siendo en el cuento, pues sólo estamos en lo que pensamos, como dice Rabí Israel Baal Shem Tov, nos enteramos de nuestra existencia, que puede ser real o fabularia. Lo importante no es el hecho sino la impresión del hecho, la marca que crea en nosotros, la palabra que tomamos o escupimos, ésa con la que nos untamos o nos limpiamos.

3.El cuento, la situación única posible, no niega el resto de la literatura. Una novela, como bien demostraron Plinio Apuleyo y Miguel de Cervantes, es un compuesto de cuentos que se dan en torno a un mismo personaje. De ahí que la tradición de la novela se centre en cuentos por capítulo. Igual pasa con la poesía, que es un cuento que narra la sensación de sentir. Y con una oración, que narra el cuento de someterse a la obediencia. Y con el ensayo, que narra el cuento de un hombre que reflexiona. Esto quiere decir que seguimos en el fragmento como única posibilidad de saber qué somos y hacemos en un momento determinado.

4.En nuestro medio, salvo algunas dignas resistencias —gracias a cualquiera de los dioses—, la literatura sobre la violencia es una constante (es el tema general) y se pasa de un sicario a otro, de un sapo al otro, de una prepago a la otra, como si el mundo se hubiera reducido a la tanato-porno-miseria. El resto del mundo no existe, sólo el dolor y la necesidad apremiante de dinero. El despecho cantado, la inflamación genital, las balas rezadas, se han apoderado del espacio narrativo. Sólo hay una memoria: la del dolor. Y con ella una expresión única: la guerra. Las demás puertas, esas otras realidades ajenas al religionerismo y a la morbosidad de asistir a la muerte atroz, permanecen cerradas. ¿Qué ha pasado con el amor y el erotismo del que sabe que la caricia existe? ¿Qué ha sucedido con el humor y el absurdo? ¿Ha desaparecido la inteligencia y la capacidad de reflexión? ¿Somos una gran máquina que escupe muertos? Creo que no tenemos cuento. ¿Y cómo tenerlo si únicamente vemos la generalidad y lo que es peor, la más delirante de las generalidades?

5.Los cuentos, eso que los norteamericanos llamaron a short story, son hoy, en primera instancia, la única posibilidad de leer las múltiples realidades humanas. Y si tenemos en cuenta que en cada espacio se da una historia diferente, ya que los hechos son distintos, no importa que se vean asediados por lo mismo (como en el caso del Decamerón de Giovanni Bocaccio), la posibilidad de salirse de la realidad única (la mediática y la que obedece a intereses extraños) es muy amplia. En este momento en una cuidad del tamaño de Medellín, pueden estar sucediendo muchas cosas. Y digo pueden, porque la literatura cuenta lo que pudo haber sucedido y no lo que sucede, para ello están los periódicos libres y autónomos —muy pocos, por cierto—. Digo entonces que pueden suceder hechos que tienen que ver con el amor de una muchacha que espera el bus, con la economía de un obrero, con el asombro de alguien que reza, con la muerte sin sumario de un hombre que debe dinero, con una señora que sube unas escaleras, con un niño que se masturba por primera vez, con una maestra a la que la mens­truación no le llega, con un profesor de química invadido por los celos, con una mujer madura a la que se le ha despertado de nuevo el deseo, etc. Estos hechos son dignos de ser narrados. En lo que puede pasar no sólo está el acontecimiento violento. Sin embargo, nuestro cuento sigue siendo general. Pasa igual con los negocios que se copian y a nadie se le ocurre más sino lo mismo. Ahora, si esto debe ser así, quiere decir que en Colombia no hay inteligencia y menos creación. Los animales se caracterizan por hacer lo mismo. Los hombres por no hacerlo.

6.Pues bien, siempre estamos al lado de algo que se puede narrar. ¿Cómo no hablar de Darío, de sus caminatas bajo el sol y la lluvia, de sus peleas con las palabras (las ciertas y las mentidas), de sus desencantos frente a una ciudad que se automatiza y convierte la acción entre dos (del mismo o de diferente sexo) en un mero acto de consumo? ¿Cómo no hablar de mi pasado, distinto en geografías y concepciones del mundo? ¿Cómo no hablar de mis viajes en bus, de las caricias negadas en un cine, de mis ascensos hasta un séptimo piso subiendo unas escaleras deformes? ¿Cómo no hablar de ustedes, aquí presentes, que oyen lo que decimos, que quizá nos odian o nos quieren? Un escritor siempre vive a la orilla de un cuento, está en vecindad con él, puede ser en él. Ya lo decía Horacio Quiroga en su decálogo: el autor es uno de los personajes.

7.Para hacer literatura hay que saber de qué se habla. Y con eso que se sabe, hacer una transformación. Uno de esos disfraces que tanto le gustaban a Gustave Flaubert. Y en esto soy claro: el cuento que está a nuestra orilla no es un hecho anecdótico sino un acontecimiento fenomenológico. Es decir, enfrento el hecho con lo que sé, los conceptos que tengo del mundo y mis posibilidades de relación con él. Y sumando lo que hay ahí con lo que quiero que sea, y con lo que tengo para que sea así y no de otra manera, lo transformo. El cuento, entonces, aparece como una segunda realidad, más necesaria que la primera para que haya algo nuevo sobre la tierra.

8.Un cuento es una situación inesperada pero posible. Y lo posible es aquello que está dentro de lo verosímil. No es entonces una verdad ni una mentira. Es lo que hay entre estos dos conceptos, la memoria que va entre lo vivido y lo imaginario. Es un acontecimiento fragmentado que permite dobles: Una realidad doble, una situación doble, una palabra doble, una orilla doble como ésa que usan los hombres y mujeres que caminan sobre las aguas.

9.Estar a la otra orilla del cuento es asistir a la vida. Y como dice Norman Mailer, dotarla de una pregunta. Porque la realidad es real (lo que los griegos llaman una apóstasis), cuando nos confronta y nos obliga a responder. Y esta respuesta es un cuento primero, algo inverosímil que se vuelve verosímil a medida que le agregamos o quitamos palabras. De los cuentos de Tennesse Williams nacieron sus obras de teatro. Los cuentos de William Faulkner produjeron novelas. Es que entraron al otro lado de la orilla, haciéndose preguntas, que es la mejor manera de escribir. El cuento, entonces, es una situación. Y entre más simple, más evidente. No es una vitrina llena de asuntos, como las que se ven en los almacenes de promoción. Es un cartel, un grito pegado a la pared. Y como en unas buenas vacaciones, quien pase por él debe salir transformado. O, en términos religiosos, una oración que si al ser rezada no cambia el mundo, sirvió para nada. Así, cada vez que entramos en un buen cuento (leyéndolo o escribiéndolo) pasamos de un paisaje a otro. Y ese paisaje ya no se va, así lo cubran de publicidad y propaganda. Y lo más excepcional: nadie me lo puede quitar, ni D’s ni un presidente loco.


10.Los hombres creamos las palabras para volvernos humanos. Y a más palabras, más humanidad.. De lo que se trata es de que en la orilla, en ese cuento que no habíamos tenido presente a pesar de estar ahí, hay palabras que no habíamos tenido en cuenta, insignificancias que cobran significado. Esto es quizá lo maravilloso de un cuento, que solo tiene más palabras. Y que la orilla no es una barrera sino una entrada.