DECALOGOS LITERARIOS: El capítulo de los decálogos tomó vida propia y dada la avalancha de visitas, consideramos que se merece un blog aparte, para degustarlos y organizarlos, para darle el real valor a cada uno de sus autores y sus ideas. Esta página pretende hacer una recopilación de muchos de ellos. Bienvenidos los aportes.
ANTOLOGIA DE DECALOGOS LITERARIOS
Uno de los más interesantes y que recoge más sabiduría, tiene un solo postulado. Se lo leí a Alejandro Quintana y dice:
"Porque en realidad ya se ha contado todo; lo novedoso es contarlo de forma interesante".
sábado, 27 de abril de 2019
Las diez características de los escritores altamente efectivos-Consejos de James Scott Bell
lunes, 1 de abril de 2019
10 consejos a los jóvenes escritores de novela negra: Andreu Martín
10 consejos a los jóvenes escritores de novela negra: Andreu Martín
Griselda Oliver Alabau
- Anna M. Villalonga calificaba Andreu Martín como el “mejor negro en activo” del panorama literario catalán en un artículo publicado en Núvol el año pasado. Es imposible oír el nombre de Martín y no relacionarlo con la novela negra, aunque también ha escrito varias novelas para el público juvenil. Ha publicado más de un centenar de libros y ha recibido numerosos premios y reconocimientos por sus obras, como el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1989), el Premio Hammet, el Memorial Jaume Fuster (2003), el Crims de Tinta (2012), el Ciutat d’Alzira de Novel·la (2013) i el Gaziel (2016).Recientemente ha publicado Com escric novel·la policíaca, editada por Pagès Editors, obra en la que reflexiona sobre los secretos del género negro. Este ensayo se dirige tanto a aquellos autores novatos y experimentados que quieran convertirse en expertos del género, como a los críticos, periodistas o lectores que quieran entender las bases de la novela negra. A continuación, os dejamos diez consejos seleccionados a partir del contenido del primer capítulo, “Escribir género. ¿Qué le pide el lector a una novela policíaca?”. El libro cuenta con un apéndice en el que pueden leerse los consejos de clásicos como Jorge Luis Borges, Raymond Chandler, Ronald Knox, Elmore Leonard o P.D. James, el cual no advertía que para escribir una buena novela negra era imprescindible investigar: “Investiga, investiga, investiga”.10 consejos para escribir novela negra1. El elemento más importante de esta tarea, para mí, siempre será la historia que se tiene que contar, como dejaré bien claro a lo largo de este libro, aunque no puedo negar que la atención del lector solo se puede captar, en primera instancia, a partir de la forma.2. El estilo, la manera de relatar una historia, la forma que le damos, tiene tanta importancia como la voz, como el timbre, la impostación, la pronunciación, la capacidad de seducción del orador o del rapsoda. Sin embargo, para mí, lo que realmente acaba capturando y apasionando al lector no es como se dice sino qué se dice.3. La esencia de toda novela policíaca reside en el hecho de que alguien viola la ley, principalmente la más transcendental de las leyes, la que dice que no matarás.4. En toda buena novela, hay acción. Jardiel Poncela aseguraba que tiene que haber acción trepidante hasta en el monólogo de un tetrapléjico y puntualizaba que no debemos confundir la acción con el ajetreo. Tal y como decía Highsmith, “en las novelas de suspenso la acción tenderá a ser más violenta”.5. El ingenio es el elemento más seductor de la novela policíaca. Hay ingenio en las tramas, como mecanismos de relojería, donde todas las ruedas encajan a la perfección y hacen avanzar el engranaje de sorpresa en sorpresa.6. En el proceso de escritura, un secreto es un tesoro. Es la solución del enigma, es la curiosidad del lector que sabe que lo sabemos y está deseando que se lo expliquemos y va devorando páginas, entregándonos toda su atención y devoción, el anhelo más ferviente de todo narrador. Como decía Raymond Chandler, “el relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta”.7. El subtexto (es decir, el análisis o crítica social) está, tanto si el autor quiere dedicarle su atención como no. Siempre se puede entre líneas e ir más allá, en la obra más ambiciosa y en la que se pretende más trivial, y el lector que disfrute más de una lectura será aquel que sepa buscar y encontrar esos tesoros ocultos.8. “Las novelas de misterio tienen que estar escritas con un aire de distanciamiento; si no, nadie, excepto un psicópata, las querría escribir o leer”, escribe Raymond Chandler. La novela negra tiene que buscar el distanciamiento a través del humor o el cinismo. Jugar a escandalizar, a materializar los temores en historias de ficción, a ponerse del lado de los transgresores.9. “El Mac Guffin es una curva, un truco, una complicidad”, apuntaba Hitchcock. El Mac Guffin es la excusa para que nuestros personajes entren en acción. ¿Por qué persiguen al protagonista, por qué lo quieren matar, por qué se pelean o mienten los unos a los otros? Por el Mac Guffin: porque alguien quiere robar unos papeles, unos documentos, un secreto, porque alguien sabe algo que no tiene que saber, porque alguien hizo una foto indiscreta, nada, algo breve de contar, vacío, una minucia.10. La escritura de una novela —¿hay que decirlo?— es un proceso inteligente al margen de la transcendencia que quiera otorgarle el autor.
domingo, 6 de enero de 2019
10 pasos para escribir un cuento- Tomás Downey
10 pasos para escribir un cuento
que se entrega este miércoles 2 de noviembre, preparó para ‘Arcadia’ este decálogo en el que detalla su
proceso a la hora de escribir.
POR TOMÁS DOWNEY*
Tomado de:evocar por medio de la voluntad. El bloqueo de escritor es permanente,
los momentos en que la escritura fluye sin trabas son tan pocos que no
entran en la estadística. Conviene quitar esas variables de la ecuación y
quedarme solo con el esfuerzo; sentarme a escribir todos los días,
dedicar la cantidad de horas que sean posibles a alternar la mirada
entre la pantalla de la computadora y la ventana. Y leer siempre, todo
lo que se pueda.
2. Escribo sobre lo que no entiendo, no sobre lo que ya sé ni con alguna
idea ingeniosa que creo poder manejar. El misterio que encierra un
cuento, que es su núcleo, se devela a medida que lo voy escribiendo.
Parto de una imagen que me inquieta, del rasgo de algún personaje,
y busco qué hay ahí, qué pasa luego, hacia dónde va la historia. En
algún momento, el misterio se percibe con cierta claridad, se lee
sin estar enunciado. Recién entonces entiendo de qué trata el cuento;
y cuando llego al final vuelvo al principio, empiezo a corregir para que
todo apunte en la misma dirección. Como lector, lo más placentero
son esos momentos epifánicos en los que comprendo algo sin que me
lo digan.
3. A veces imagino la historia completa, con principio, desarrollo y final.
En otras ocasiones es apenas una imagen, algo bastante vago que no
toma forma hasta que empiezo a escribir. Lo que sucede siempre, en
cualquiera de los casos, es que antes de bajarlo al papel ese cuento
en potencia tenía una gracia que se pierde. Al rodear eso que vimos
en determinada situación de coordenadas y descripciones, necesarias
para que otro comprenda, se vuelve pesado y torpe. Es inevitable,
lo importante es aprovechar el envión y seguir adelante, no detenerme
en cuestiones de estilo, mucho menos preguntarme de qué trata
el cuento hasta haberlo entendido sin necesidad de explicármelo.
4. Después viene el trabajo real, corregir. Una vez que tengo la primera
versión, puedo hacerle al texto todas las preguntas incómodas que
quiera, eliminar lo que sobre, tensar lo que está flojo y reordenar para
acercarme lo más posible a aquel estado previo, de pureza y fluidez.
Eso requiere tiempo y paciencia, dejar pasar uno o dos meses, releer
con una mirada más fresca, corregir de nuevo. Y, por último, asumir
la frustración de que nada de lo que escriba va a estar a la altura de
mis expectativas.
5. Si algo no funciona, no funciona. Hay que ser honesto y despiadado.
A veces cuesta tanto escribir una página, que luego parece un despropósito
desecharla. Pero todo sirve, quizás como germen de otra historia, o
al menos para saber que ese camino en particular no conduce a ningún lado.
6. Las opiniones de colegas y amigos son más que útiles, son necesarias.
Aportan la distancia y objetividad que yo no tengo. Y no tiene sentido
defender mis interpretaciones frente a las de los demás, mucho menos
ofenderme ante las críticas. Lo mejor es saber escuchar y aprovechar
la oportunidad, única, de saber qué ve un lector en eso que escribí. Eso
no significa que tenga que escribir para alguien en particular, no
se escribe para complacer. Tengo que escribir pensando que a nadie
le interesa lo que estoy haciendo, que nadie me lo pidió y que, quizás,
nadie lo vaya a leer. Pero tengo que escribir de todas formas.
7. No importa qué estoy contando, lo importante es cómo. Tengo
que avanzar con seguridad y sin ningún tipo de prejuicios, olvidar que
estoy inventando a un narrador, a personajes que atraviesan
situaciones que estoy imaginando. Hay que habitar ese mundo,
observarlo como si fuese real y hubiese estado siempre ahí; e hilar
una lógica interna que no se explique sino que se desprenda de
las acciones de los personajes, de la causalidad del relato. La verosimilitud
se construye en los detalles y las particularidades. Si uno escribe
un cuento desde el punto de vista de un monstruo, ¿qué es la
monstruosidad?
8. La novela suele apoyarse en sus personajes –con tiempo
y espacio para desarrollarlos en profundidad– y en la empatía que generan,
el arco que recorren. Un buen cuento, en cambio, se sostiene en
la tensión de determinadas situaciones; en lo no dicho y la inminencia
que genera. Tiene que haber algo contenido, que en general no termina
de estallar y que se lee entre líneas e impide cerrar el libro.
9. El autor de un cuento tiene que ser invisible. No tengo que
intentar lucirme con palabras rebuscadas o juegos de ingenio, mucho
menos hablar de mí mismo. Tengo que crear un narrador que cuente
lo mejor posible una buena historia, nada más. El cuento es un
objeto estético autónomo, no se completa buscando en él pistas de la
personalidad del autor, sus gustos o secretos.
10. Sentarse a escribir es un acto de fe. Por eso necesito recordarme estas
cosas todos los días. Algunas de ellas, probablemente, sean mentiras,
quizás solo suenen bien. Porque en literatura no existen las certezas, lo que
me permite cambiar de opinión, adquirir mi propia experiencia, buscar
respuestas nuevas para las mismas preguntas.
de Cuento Gabriel García Márquez 2016. Llegó a esa instancia con el libro
Acá el tiempo es otra cosa, un total de "dieciocho cuentos extraños que
oscilan entre el género fantástico, el terror y cierto naturalismo enrarecido",
según reza la contraportada.
sábado, 27 de octubre de 2018
Una recopilación de expresiones de Woody Allen
TODO WOODY ALLEN EN 10 FRASES DE SUS MEMORIAS
https://www.hoyesarte.com/cine/todo-woody-allen-en-10-frases-de-sus-memorias_280643/
A LOS CINCO AÑOS DE EDAD TOMÉ CONCIENCIA DE LA MORTALIDAD Y
PENSÉ: ah, no, yo no me apunté para esto. Hace unos años en una rueda de prensa
del Festival de Cannes volvieron a preguntarle por su relación con la muerte y
contestó muy serio: estoy totalmente en contra. Aquel doloroso y temprano
descubrimiento de que somos finitos generó una de esas obsesiones que no le han
abandonado desde entonces y que ha motivado momentos antológicos en su cine;
sin ir más lejos, en Annie Hall y Hannah y sus hermanas. Felizmente no solo no
ha intentado nunca quitarse la vida sino que ha llegado a la concusión de que
“la sangre es más fuerte que el cerebro. No hay ningún motivo lógico para
aferrarse a la vida pero ¿a quién le importa lo que dice el cerebro? El corazón
dice: ¿Has visto a Lola con su minifalda?”.
A MI MADRE LA LLAMARON TANTAS VECES PARA QUE FUERA A HABLAR
CON LAS MAESTRAS QUE SE CONVIRTIÓ EN UNA CARA CONOCIDA. No hay más que ver cómo
ha retratado Allen a los docentes en su cine para imaginar el terrorífico
recuerdo que guarda de su etapa escolar. Habla de “frígidas antisemitas”
dispuestas a amargar la vida a un chaval al que le gustan con locura las chicas
(“¿Qué se supone que me tenía que gustar, las tablas de multiplicar?”), que
pasa de la religión que le corresponde (“el cerdo me encantaba, detestaba las
barbas”) y que tiene pronto claro que le gustaría ser agente del FBI,
investigador privado, apostador como su padre, mago, periodista o músico de
jazz.
ANHELABA EL DÍA EN QUE PUDIERA ENTRAR EN UN BAR DE MANHATTAN
Y DECIR “LO DE SIEMPRE”. Un día, el crío de Brooklyn cruza el puente y se
adentra en la isla de los sueños. Surge entonces un amor que no ha remitido.
Los problemas de producción le han llevado a rodar con gusto en París, Venecia,
Londres o Barcelona pero si por él hubiera sido no habría dejado nunca de
fotografiar el cambio de estaciones en Manhattan. Dejó el ático con vistas a
Central Park no por las molestas e incesantes goteras sino para ganar metros
cuadrados cuando adoptó dos niñas tras casarse con Soon-Yi. Cuenta Allen en el
libro que algunas de las mejores postales que se suceden al inicio de Manhattan
fueron un golpe de suerte. Son tres minutos prodigiosos a los acordes del
Rhapsody in Blue de George Gershwin. “Capítulo 1. Él adoraba la ciudad de Nueva
York…”.
CRECÍ EXPERIMENTANDO UNA MODERADA SENSACIÓN DE ANSIEDAD,
IGUAL QUE SI TE ENTIERRAN VIVO. Los psiquiatras y psicoanalistas que tanto
juego le han dado en sus películas hacen acto de presencia en sus memorias pero
lo cierto es que mucho menos de lo previsto. Aunque muy querido por sus padres
y afortunado de hacerse pronto un nombre como creador de gags para columnistas
cuando aún era un adolescente, no pudo evitar ser siempre un tipo temeroso,
necesitado de ayuda profesional médica, “alguien a quien tener cerca y con
quien compartir mi sufrimiento”.
MI PRIMER INTENTO DE HACER DRAMA ESTABA INFLUIDO POR
BERGMAN, MI ÍDOLO CINEMATOGRÁFICO. Puede que en su autobiografía Allen hable de
medio centenar largo de artistas de los que se declara devoto: desde Bob Hope y
Fred Astaire hasta los mitos del cine europeo, los Fellini, Truffaut o Bergman,
a los que ha celebrado, incluso defendido, en los diálogos de sus películas.
También los ha emulado sin pudor contratando a sus directores de fotografía o a
sus actores fetiche. Pero eso no le hace menos único. Allen, como alguno de los
citados, es mucho más que un gran cineasta, es en sí mismo todo un género
cinematográfico, y de esos se cuentan con los dedos de una mano.
LAMENTO DECIRLO PERO NO TENGO LO QUE SE REQUIERE: OÍDO,
TONO, RITMO, SENTIMIENTO. Nació con un talento inoxidable para escribir
historias divertidas pero no para crear música, su gran pasión. El entusiasmo y
el amor al jazz de Nueva Orleans le ha llevado a practicar horas infinitas de
su vida con el clarinete. Su celebridad le ha permitido salir de gira con su
banda a dar conciertos por toda Europa. Pero él no se engaña y cuando se
compara con sus ídolos se percibe como “un jugador de fin de semana que se
enfrenta a Federer y Nadal”. Por lo demás, musicalmente a Woody Allen le
asociamos a lo mejor del gran cancionero americano: la banda sonora de sus
películas tiene su origen en su colección de discos. Confiesa que elegir las
canciones es su momento favorito de realización, “saber que así gracias a la
música parecerá mejor de lo que realmente es”.
LA RISA NO ES UNA CIENCIA EXACTA. Sostiene Woody Allen que
es complicado saber por qué los mismos chistes funcionan para unas personas y
dejan frías a otras. Puede que ni en sus mejores momentos el director de Balas
sobre Broadway resulte gracioso a todo el mundo pero, eso sí, a los que gustan
de su humor les lleva proporcionando buenos ratos durante unas cuantas décadas
y haciendo feliz a varias generaciones de seguidores. Su comicidad no surge de
la nada; se conoce al dedillo cuanto escribió S. J. Perelman, “un ser superior
al resto de mentes cómicas”, y es fan declarado de Bob Hope, Elaine May, W. C.
Fields y, cómo no, Groucho Marx, del cual dice que guarda un notable parecido
con su madre. Leído el libro, no hay duda de que podría volver a ganarse la
vida más que bien facturando monólogos para el club de la comedia.
SÉ QUE ANTES DE FILMAR CUALQUIER COSA HAY QUE QUITAR LA TAPA
DE LA LENTE DE LA CÁMARA. Pues eso: disfruta haciendo cine (“la gracia de hacer
una película es hacerla”) pero sin volverse loco. “A mí me gusta rodar una
escena, pasar a la siguiente, terminar y salir pitando”. No se cansa Allen de
presentarse como un director muy limitado sin la energía de Scorsese, Coppola o
Spielberg, como un realizador que apenas da indicaciones a los actores, como un
creador sin una obra de arte al nivel de Fresas salvajes o El séptimo sello.
Pura coquetería teniendo en cuenta que hablamos del tipo que, solo en la década
de los ochenta, hizo cosas tan distintas y geniales como Días de radio, Zelig,
La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas y Delitos y faltas. Ya lo
sabíamos por entrevistas previas pero en el libro insiste en que no lee las
críticas de cine, no vuelve a ver nunca más sus películas una vez que se
estrenan y no le interesa nada recibir premios aunque hiciera una excepción con
el Príncipe de Asturias de las Artes 2002. Para verle en acción como director,
nada mejor que el documental de Robert B. Weide.
YO QUERÍA SUBIRME AL METRO CON BARBARA WESTLAKE, VIAJAR
HASTA MANHATTAN, LLEVARLA A MI ÁTICO DE LA QUINTA AVENIDA, BEBER DRY MARTINI,
SALIR A LA TERRAZA Y BESARLA A LA LUZ DE LA LUNA. Este era el plan de vida que
se marcó Woody Allen siendo un mocoso cuando conoció a Barbara Westlake en el
jardín de infancia. Y lo cumplió. No con Barbara pero sí con sus dos primeras
esposas, la adolescente Harlene y la bella pero inestable Louise Lasser, con su
adorada Diane Keaton y otras mujeres, varias de ellas también actrices (Stacey
Nelkin, Jessica Harper…) y así hasta esos dos puntos de inflexión que fueron
sus 12 años con Mía Farrow y, acto seguido, los cerca de 25 que lleva con su
actual pareja Soon-Yi. Así que sabe por experiencia lo mejor y lo peor que
traen consigo las relaciones de pareja y lo ha contado como nadie en el cine, mucho
mejor que sus hipocondrias o el sinsentido de la vida. Suyos son además algunos
de los momentos más románticos de la historia del cine como ese paseo que
protagoniza en Manhattan con Diane Keaton y su perro salchicha y que culmina en
un banco con vistas al puente de Queensboro a punto de amanecer.
NO CREO EN UN MÁS ALLÁ Y REALMENTE NO VEO QUÉ IMPORTANCIA
PUEDA TENER QUE LA GENTE ME RECUERDE COMO UN CINEASTA O COMO UN PEDÓFILO. A los
84 años tiene derecho a estar de vuelta de todo pero no hay más que leer el
libro y el espacio que dedica al asunto para saber que no es exactamente así.
Allen tiene una familia que está y estará en contacto con medios de
comunicación que han decidido meterle en el mismo saco que ocupan otros hombres
que bien han sido condenados, bien han admitido haber incurrido en delitos
sexuales, bien han sido acusados por muchas mujeres muchas veces. En su caso,
las investigaciones realizadas siempre descartaron que abusara de su hija
cuando tenía siete años. Hay en sus memorias bastantes páginas de lamento por
no advertir las muchas señales que desaconsejaban iniciar una historia con Mia
Farrow, extraordinaria en todo lo que rodó a las órdenes de Allen. Y aun así,
con el dolor que supone haber perdido el contacto con dos de sus hijos,
confiesa que no se arrepiente de la experiencia porque gracias a aquella
relación encontró al amor de su vida. Lo dicho: un romántico.





