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domingo, 12 de abril de 2015

CONSEJOS PARA HACER UNA CRÓNICA PERIODÍSTICA, DE PATRICIA NIETO


CONSEJOS PARA HACER UNA CRÓNICA PERIODISTICA, DE PATRICIA NIETO
“Nombrar a esas víctimas es salvarlas de esa muerte que es el olvido. Ya no
pueden ser salvadas, pero pueden ser nombradas, deben ser nombradas.”

Patricia Nieto Nieto es una destacada cronista y profesora de periodismo. Trabajó en el diario El Mundo  y en la revista La Hoja de Medellín. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en las revistas Cambio, Cromos, SOHO y Revista de El Espectador. En el año 2006 inauguró la serie de talleres de escritura De su puño y letra con víctimas del conflicto armado. Resultado de ese trabajo son los libros Jamás olvidaré tu nombre (2006), El Cielo no me abandona (2007), Donde pisé aún crece la hierba (2010). Ha sido ganadora del Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí de la  Agencia Prensa Latina, del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Premio Nacional de Cultura Universidad de Antioquia. Actualmente es profesora asociada de la Universidad de Antioquia donde ha sido editora del periódico De la Urbe.
Sus respuestas son una verdadera cátedra de periodismo.

Su método de creación periodística, recogido a través de varias entrevistas
Entrevista con Cristian Alarcón, FNPI
Cristian Alarcón: ¿Cómo fue el hallazgo del tema en el caso del libro Los escogidos?
Patricia Nieto: Todos estamos sometidos a una cantidad de impulsos que vienen del exterior y que nos tocan fibras internas que nos dicen “aquí hay un tema”. Sin embargo, solo algunos pensamos que ese estímulo puede llegar a convertirse en algo más, es decir, pasar de la sensación a la investigación, de la emoción a la pregunta. Es lo que muchos llaman la epifanía.
A mí me ocurrió que una mañana escuchando la radio  de un noticiero, un reportero de la zona rural de Antioquia contó como si fuera una noticia curiosa que en el municipio de Puerto Berrío las personas adoptaban los cadáveres que bajaban por el río. Yo me quedé pensando en esa historia mucho tiempo. Fui un día a un congreso de psicoanálisis y en una charla una profesora habló sobre las perversiones y puso el ejemplo de Puerto Berrío.
Después me acerqué a la profesora y le pregunté qué sabía adicional sobre Puerto Berrío; ella me explicó que había viajado a ese pueblo, había visto el cementerio, había tenido contacto con dos o tres personas, y me confirmó que ese suceso  no era un hecho aislado, es decir, que no era una, sino varias personas las que escogían a los muertos para adoptarlos. Esa confirmación me dio el impulso para viajar y empezar a hacer la reportería.
CA: Cuando llegas a un territorio como Puerto Berrío, ¿dónde está tu atención para empezar a conocer y construir el espacio en donde van a desplazarse tus personajes?
PN: La decisión inicial fue dirigirme al cementerio, porque ese es el lugar físico donde están las tumbas. Aunque el fenómeno de la adopción viaja con los adoptantes a sus casas y sus trabajos, yo necesitaba de un lugar más pequeño porque Puerto Berrío es una población grande. Entonces escogí el cementerio, que además tiene un pabellón especial para los N.N; de esa manera la mirada reduce el territorio a observar y al mismo tiempo se profundiza en la medida en que ponemos atentamente nuestros ojos en un micro-escenario. Esto sin olvidar que todo está conectado con el pueblo, el clima, la geografía.
CA: A propósito de la “profundización de la mirada”, ¿cómo está hecha la mirada de un buen cronista?
PN: Pienso que la mirada del cronista tiene dos componentes: por un lado la capacidad de verse a sí mismo, que consiste en saber que es un sujeto vivo y consciente en ese lugar hacia donde se desplaza. Yo no soy la cámara, no soy la grabadora: en un territorio tengo que recuperar las identidades que me forman y centrarme en el propio sentido de la vida personal. A partir de ese avivamiento del interior, se puede dirigir la mirada a los escenarios y las personas. El cronista se mira por dentro, se reconstituye en el momento de la observación para poder mirar el espacio que va a investigar.
CA: ¿De qué manera la memoria del cronista sobre su propia trayectoria interviene en esa observación?
PN: Si bien nosotros nos enfrentamos constantemente a temas distintos (hoy es un cementerio, mañana es una mujer dando a luz, pasado mañana es una masacre), siempre llegamos a ellos con lo que hemos sido, con nuestra larga experiencia personal llena de dramas, alegrías, fiestas, soledades, compañías. Llegamos con una cierta mirada que se construye desde nuestros padres. Jamás vamos vacíos a un lugar, nosotros llegamos con todo lo que somos. A veces nos toca hacer el ejercicio de despojarnos de los tabúes que nuestra cultura nos impone para poder conversar con los otros.
CA: ¿Cómo te preparas para una entrevista y cuál es tu estrategia al momento de sentarte por primera vez con una persona que atraviesa una situación compleja vinculada a temas de derechos humanos?
PN: Para la historia de Los escogidos primero hice de espectador. Vi pasar a muchas personas por el pasillo donde estaban las tumbas durante varios días. Los actores y personajes de la historia desfilaron por el espacio naturalmente, así pude captar ciertas diferencias: si había más mujeres que hombres, quiénes permanecían más tiempo frente a las tumbas, quiénes dejaban un regalo, quiénes les hablaban o llevaban a sus hijos. De esa forma también pude identificar constantes.
Luego entablé conversaciones simples con esas personas y día a día fui alargando los diálogos, hasta que formábamos un vínculo y llegaba el momento en el que les comentaba que era periodista y cuál era mi propósito. Todas aceptaron seguir contándome sus historias. También compartí sus rutinas: a una niña la acompañé a la escuela, con otro me tomé una cerveza y con otro más me vi un partido de fútbol. Esto tenía el objetivo de poderlos observar sin que yo fuera una presencia demasiado extranjera, por lo que no usé cámaras, ni libretas ni grabadoras.
CA: ¿Y en qué momento aparece la grabadora?
PN: Cuando ya los personajes casi me han contado toda la historia.  Entonces les digo que quiero hacerles una entrevista acerca de todo eso que me han relatado y ahí sí trabajo una ritualización de la entrevista, es decir, voy con el entrevistado a un lugar donde haya silencio, donde no nos interrumpa la música de afuera, donde sólo estemos esa persona y yo en completa intimidad para iniciar una conversación. Esa es la oportunidad para organizar los relatos cronológicamente y volver a preguntar cosas que quedaron a medias.

Entrevista Periódico el tiempo
Patricia Nieto, un yarumo en medio de la selva
Habló con Manuela Saldarriaga H.

¿Cómo tener la energía para narrar el conflicto?
Nace de un deseo de que la vida, la existencia, los intereses estéticos y políticos están directamente conectados con el oficio. Cuando se presenta esa conexión es posible tener esa aparente fortaleza para hacer el trabajo.
En mi caso no puedo decir que uno es un roble y que soporta toda la parte emocional y física sin afectarse. Hay que reponerse, hay ciertos momentos en estas historias en las que uno decae, necesita ayuda y se derrumba, pero viene luego la recompensa de que el trabajo fue importante para las personas que contaron su historia.
También porque lleva una información a otros que no tienen idea y se va generando una comunicación simbólica, emocional, entre los que viven las historias y los que las leen y de ahí, pienso que viene una fuente de energía y surge la capacidad para uno mantenerse.
¿La gran recompensa es cuando las víctimas se sienten fielmente retratadas?
La relación con los personajes se construye durante los meses del trabajo y va teniendo recompensas gota a gota: que una fuente quiera repetir un encuentro, volver a contar su historia, que esté receptiva para que uno llame y pregunte cuantas veces corresponda, quiere decir que ha encontrado en uno una relación posible, una conversación posible.
Luego, cuando los personajes leen la historia y sienten que esa representación se parece bastante a lo que ellos vivieron, es otro momento más que de recompensa, de tranquilidad.
Diría que el culmen de la satisfacción es cuando el lector genera un sentimiento hacia los personajes de las historias, cuando uno sabe que ya no son indiferentes. Que la historia de otro colombiano se quedó dándoles vueltas y les provocó una actitud y un averiguar algo más, una opinión, tomar partido por alguien o por la compasión, por el dolor o por la denuncia.
Es muy significativo, porque es cuando uno, como periodista, consigue comunicar.
Puso a escribir a las víctimas, ¿qué, en medio de lo trágico, es lo más bello de leer?
Lo más bonito es cuando las personas a medida que escriben van haciendo poesía, una simbolización de los hechos atroces que vivieron.
Pasan del relato literal del asesinato, de la masacre, del secuestro y producen una frase al final del párrafo que le da una vuelta para convertirlo en poesía. Es lo más bonito de la escritura, cuando uno ve que un campesino logra hacer eso intuitivamente, espontáneamente.
Seguramente les va a doler menos o va a sentir que esa frase bonita logró hacer una caricia para sí mismo y para los suyos frente al hecho violento por el que pasaron.
¿Pueden sanarse o salvarse de lo que padecieron con la escritura?
La escritura alivia, aligera la carga. Pero no cura en este caso el dolor.
Hay tres momentos que uno puede identificar: El momento del horror, cuando la familia o la persona ve cómo asesinan a su esposo, cómo queman el pueblo, la orden de salir o la ráfaga asesinando a todos los hombres de la vereda en el muro de la escuela.
Es un momento horripilante en el que la gente cae en pánico; ver la cabeza cortada o el cuerpo desmembrado, se ve pero no se contempla. El horror es también "vámonos de aquí, cojamos lo poco que tenemos a la mano y a huir".
Después viene el dolor, ese desgarramiento donde ya hay llanto, culpas, recriminaciones, donde no se entiende lo que pasó. Es un tiempo en el que las personas piensan que tal vez se lo están imaginando, se está desgarrado emocionalmente.
Luego viene el sufrimiento. Ya no hay horror, el dolor ha menguado, pero viene el tiempo de aceptar y empezar a sobrellevar esa historia. Ahí es donde la escritura es pertinente y alivia.
Escribir y pensar la historia, con la mano, borrarla, volverla a escribir, reordenar los párrafos, romper las hojas, que es un poco revivir los hechos muchas veces para rearmar el relato, es como la persona tiene la posibilidad de hacer una narrativa que no necesariamente corresponde a los hechos tal y como ocurrieron, sino tal y como él los puede reconstruir tres años después.
Esa creación con palabras permite que el desgarramiento del dolor se vaya apaciguando. El cuerpo y la emotividad arman el relato con principio, medio y fin, y ponen un punto final, que simboliza al testigo no que su sufrimiento terminó, sino que hizo entender a otros lo que le pasó y pudo hacérselo entender a sí mismo.
Es poner en una plana un dibujo, y borrar y borrar, hasta que queda más o menos lo que satisface los propios recuerdos, y esa construcción que es tan íntima, para su primer lector que es él mismo a la vez, alivia el peso del dolor.
¿Cómo es la forma en la que las víctimas narran sus hechos comparada con la que usted lo hace?
Una revelación importante para mí es que ellos suelen ser más directos, más certeros y ese no dar rodeos hace que sus narraciones sean más crueles. Ellos nos están demostrando que el lenguaje simple y llano les permite contar de una manera clara y concreta.
Nos están demostrando que de la guerra se puede hablar sin poner telones ni solapas a la realidad; están adoloridos y sufriendo y logran contarlo con crudeza, con una que si uno escribiera se sentiría mal porque creería que al hacerlo directamente está ofendiendo.
¿Cómo percibe a la mujer?
El hecho de que en muchas crónicas que he escrito haya más mujeres que hombres no fue una decisión. En primer lugar, la mayoría de los muertos son hombres, entonces no hay hombres, por decirlo dramáticamente, para narrar la guerra.
Habría que decir que las víctimas integrales, como decía Primo Levi, son los hombres. Ellos no van a regresar de la muerte para contar la guerra, son las víctimas definitivas si hablamos en cifras.
El segundo rasgo es que las mujeres tienen mayor capacidad para tramitar el dolor con la palabra, por eso hablan más que los hombres, son menos prevenidas, establecen relaciones de confianza y de solidaridad con mucha más facilidad.
Frente a la ausencia de hombres (el padre asesinado, el hijo desaparecido o prestando servicio militar o en un grupo armado), a las campesinas y mujeres colombianas les ha tocado volverse las proveedoras, las cuidadoras y las líderes, llenar ese vacío que han dejado los desaparecidos. Y han sabido ocupar ese lugar.
Sin embargo, a mí me conmueve mucho el silencio de los hombres que sobreviven. Por ejemplo cuando hablo con mujeres mientras en la casa está el hombre, el papá o el hermano en el último cuarto encerrado y lleva tres días sin salir porque está deprimido, tiene miedo o se siente inútil.
Esos hombres que se desplazan a las ciudades y no tienen cómo trabajar en lo que saben, porque él sabe ordeñar o sembrar una huerta, y aquí no hay vacas ni huertas y son ellas quienes se inventan las maneras de proveer.
Ellos se sienten inutilizados, que pierden su condición social de varones y esos golpes a la identidad de lo que son como campesinos en Colombia los arruina y derrumba. Ese silencio me duele mucho. No sé si la sociedad no los oye o ellos tienen mucho dolor encima para hablar o tienen en su memoria un inconsciente de la certeza de la muerte y de la violencia, que prefieren quedarse callados.
Generalmente en las entrevistas la mujer está y el hombre parece una sombra y esa sombra a mí me conmueve.
¿Qué actor de la guerra en Colombia tiene más responsabilidad en el conflicto?
Todos por haber infringido sobre el país y los ciudadanos una violencia sin límites, por haberle propuesto a este país un modo de vida que es una danza de la muerte, en su forma de actuar en la guerra incluso.
Pero pienso que el origen de su responsabilidad sí es diferente. Que el surgimiento de una lucha campesina por la protección de sus territorios y bienes se convirtiera en una guerrilla; que los paramilitares nazcan como un modo de protección de sus tierras y bienes, y se hayan extendido con una crueldad impresionante en todo el territorio, y que el ejército haya virado según los diferentes gobiernos por la urgencia de controlar el orden público al interior, y se haya imbricado con paramilitares, y que estos tres actores hayan recogido al narcotráfico como modo de riqueza, hace que todos tengan una responsabilidad de distinto origen pero con un peso muy importante en el conflicto colombiano.
Siendo por muchas razones más grave la actuación de la fuerza pública y del Estado que ha promovido, provocado y le ha dado cuerda a la máquina de la guerra por lo menos, de conflicto armado 60 años, y de aquí para atrás 150 años de violencia ejercida directamente desde la fuerza pública.
¿Cree que la justicia debe ser punitiva en nuestro país?
La justicia tiene un peso fundamental en el castigo y la sociedad necesita que se castigue a los ofensores. Ahora, qué tipo de penas, no sé, pero debe haber castigo punitivo para los victimarios, porque si no la sociedad va a seguir en un desbalance eterno.
La historia en Colombia ha dado muy pocos ejemplos de que las treguas y las amnistías permitan la reconciliación. La víctima requiere saber que fue reparada en todas las esferas, pero parte de la reparación es que, quien infringió daño sobre su ser querido, sea castigado.
Yo no entro en las formas del castigo, si es el presidio, si es el trabajo social, si es el envío a cárceles lejanas, no sé, ni cuántos años, pero debe haber castigos para los que afrentan.
¿Y cree en los procesos de reparación de víctimas colombianos?
Si no hay una justicia integral, que incluya la punitiva, es muy difícil que se logre porque los ciclos de violencia que hemos tenido muestran que son procesos inconclusos, algo así como dejemos de hablar de esto por un tiempo y 20 años después vuelve a aparecer lo que no se habló, lo que no se selló, lo que no se procesó debidamente.
No puede haber reparación para los colombianos si los mandos militares o paramilitares o guerrilleros que fueron autores de homicidios, además que declaran miles o cientos, se perdonan, o hay una amnistía, como si no lo hubieran hecho. Es borrón y cuenta nueva.
Las sociedades necesitan encarar la verdad, y la verdad lleva a la justicia, y cuando no hay justicia no hay verdad, porque esta no es solo decir "declaro que cometí 300 asesinatos o que di la orden de ejecutar a 300 personas". No. Esa no es toda la verdad: a quiénes, dónde, a qué horas, por qué, dónde están sus cuerpos, devuelva los cuerpos…
Si esos pasos una sociedad no los da, la herida de la guerra nunca va a cicatrizar ni a cerrar.
Parece que a los colombianos no nos da pena, en el sentido de vergüenza civil, que maten a 85 personas en una iglesia con una bomba o que más de cien personas resulten quemadas en Machuca (corregimiento de Segovia, nordeste de Antioquia) o que a un pueblo entren y masacren a todos los hombres. No nos da vergüenza, pero nos da vergüenza decir que hay criminales y que deben ir a la cárcel y hasta ahí llegamos.
¿Tiene mayor protagonismo en los medios de comunicación colombianos el victimario que la víctima?
Llevamos oyendo hablar de víctimas desde hace mucho tiempo, desde finales de los años 80 se hablaba en este ciclo de violencia de los desalojados, los desarraigados, los desprotegidos, porque la palabra desplazados se incorporó muy tarde en el léxico y la prensa está llena de referencias a las víctimas.
Pero el punto de quiebre es que la sociedad colombiana creyó que lo que las víctimas narraron en la prensa durante 15 años era cierto solo cuando los victimarios lo contaron. Es un país que le cree a los victimarios.
Eso trastoca la manera de ver el problema; no es cuántas apariciones estén del victimario o de las víctimas en los periódicos, sino del país que escucha, que lee y cómo legitima esa información.
Cuando HH o el Iguano o Mancuso o Don Berna hacen sus declaraciones es como si fuera el sello de verdad de lo que estas mujeres llevan 20 años denunciando.
¿Nos hemos vuelto inmunes frente al conflicto?
No. Pienso que los ciudadanos generan formas de protección familiar o personal, y es posible que una forma de protección sea no ver las noticias o evitar la conversación para que los niños o adolescentes no la escuchen. Pero yo creo que es tal la afectación que las personas se protegen, de otra manera no lo harían.
Cuando una familia de clase media evita que sus hijos vean la televisión es porque saben que lo está pasando ahí es terriblemente desastroso, entonces hay un reconocimiento de la gravedad de lo que pasa.
No estamos acostumbrados, ni en general los colombianos son indiferentes frente al dolor de los otros, lo que sí siento es que es una sociedad paralizada en la acción política.
El dolor, la molestia, la inconformidad y el desasosiego se viven un poco en privado, pero cuando podrían ir a la plaza pública o a una manifestación masiva, no van. O cuando alguien escribe en un periódico desparpajadamente sobre lo que está pasando dicen que se le está yendo la mano.
Hay un quiebre en la identidad política de los colombianos y eso puede ser un efecto de muy largo plazo de la guerra. Después de 60 años, los muchachos no van a ir ni a votar, ni a protestar, ni a firmar un comunicado público. Ellos arrastran una herencia de silencio de varias generaciones atrás.
En su último libro, 'Los Escogidos', denunció que el Río Magdalena sigue siendo una fosa común, ¿alguien ha intervenido?
Yo no creo que por un libro como el mío vayan a poner vigilancia en la ribera del Magdalena para evitar que los muertos sean tirados, esa es una práctica ancestral de la violencia colombiana.
Quienes tienen en sus manos la solución, ya lo saben. Cómo no va a saber el ejército o el Gobierno que el Río Magdalena es eso si los reportes de levantamiento son elocuentes.
Esta no es una información que revela nada, pero son procesos desconocidos y que sin un campesino cuenta la historia creen que no es cierto. La pertinencia de ese libro es que los que no lo saben, lo sepan, porque quienes pueden hacer algo, ya están enterados.
¿Cómo narrar sin cruzar la línea?
Cuando uno acepta que se está relacionado con personas iguales, con las que tiene mucho tiempo por delante para hablar y a las que va a escuchar más que a preguntarles, va descubriendo los caminos para entrar en esa intimidad y para reconocer los puntos de corte: de aquí no puedo pasar.
Creo que eso lo da muchas horas dedicadas al oficio, de que esas historias se van con uno, uno las sueña, las escribe, las reescribe, las cuenta, las busca en la literatura, en el cine y digamos que se va acercando un poquito a conocer lo que sucede aunque nunca lo va a conocer plenamente.
Se va encontrando el momento en que las puertas se están abriendo, dejar que ellas se abran y no patearlas.
Un secreto es también darse un poquito a la fuente, si ella me cuenta, yo le cuento. Estamos intercambiando historias y aunque la que es importante es la de ella, yo también puedo liberar de lo que soy para que el otro sienta que hay una recompensa en la palabra.
En cuanto a la relación de la ética y estética en sus textos, ¿cómo se filtra la poesía?
En medio del dolor debe haber un poco de cariño, pero no es deliberado. Por ejemplo con Los escogidos, el tono que está ahí es lo que el corazón dicta cuando se está escribiendo, un acto de delicadeza con los sobrevivientes y un acto de ternura con la gente que murió tan cruelmente así ya no esté.
No tuvieron quién los cubriera con una sábana, les cerrara los ojos, les tomara la mano en el momento final… que tengan una caricia postrera. No se puede dejar de contar la atrocidad de la que fueron víctimas pero tampoco podemos dejar que con la palabra con la que uno la cuenta les siga haciendo daño. Que la palabra de la crónica sea otro dardo que se lanza.
Hay que convertirla en una caricia y ese puede ser el balance: En la crueldad un acto amoroso, acompañar al otro en el dolor que es el de la mamá, el del hijo, pero también el que ahí en el libro se está muriendo. Contar esas historias es volver a matarlo en el relato, entonces que esa segunda muerte sea un poco amorosa.
Y eso puede hacerlo el lenguaje, no lo hace el concepto, la interpretación académica, la doctrina religiosa o la proclama política. Lo hace la poética que uno encuentra en su propio lenguaje.
Tal vez me respondería que todo esto ha valido la pena, en caso de ser cierto, ¿por qué?
Es una pregunta con muchos caminos. Ha valido la pena personalmente porque he logrado hacer de un deseo una manera de vivir. Profesionalmente para mí encaja, hago lo que quiero y deseo. Ahora, sé que es un trabajo incipiente, que los libros y los ejercicios son todavía el principio y no es posible decir que es una obra madura, como lo que ha hecho Alfredo Molano que no tiene comparación en este país.
Tengo muy claro que he logrado, persistiendo, conciliar mi deseo con los productos y eso es gratificante.
Por otro lado creo que para los lectores estas historias descubren un país que requiere un cambio de actitud de todos nosotros y si eso ocurre, o si al menos lo piensa alguien, para eso valió la pena.

Y vale la pena también por los estudiantes, porque para mí esa otra faceta de ser profesora en la universidad que enseña periodismo en Colombia (Universidad de Antioquia), es muy importante. Si yo logro dejar una reflexión en los estudiantes y si alguno de ellos se conecta con este tema o con otro, y lo hacen con pasión, claro que vale la pena.​
Por último, ¿qué imagen quedó fijada en su memoria?
Machuca. Un pueblo quemado, el olor de los cuerpos calcinados de los hombres y los animales. La gente caminando por la única calle principal del pueblo en estado de enajenación, vagando desorientados y en un estado de parálisis y pánico. La incapacidad para dar una declaración con coherencia sobre la noche que pasaron.
Esa escena es muy dantesca, muy impresionante y permanece fija.

Afinando la voz de los callados
Apartes de la conversación con Kiko J. Sánchez

-¿Cuál es el gran interrogante que aún ha de responder la crónica colombiana?
Hay un interrogante muy importante, y es el relato de los victimarios, de las personas que han estado en las armas. Cuando alguna de estas personas es detenida o se entrega a la justicia aparecen en titulares, en las primeras planas, y hacen un relato parcial de lo que ha sido su vida en la guerra. Otros han escrito libros biográficos, en ocasiones mediados por un periodista. Pero pienso que desde el periodismo y las ciencias sociales es necesario trabajar para lograr unos testimonios lo más cercanos a la verdad que los victimarios puedan contar. No sé cuál será el momento, no sé si es este hay que esperar todavía años.
-Alguna vez has dicho que tu país tiende a creer antes al victimario que a la víctima; lograr esos testimonios quizá serviría para cambiar eso
Es muy importante. Cuando los paramilitares empezaron a entregarse por la Ley de Justicia y Paz fueron los primeros relatos y dijeron: sí, masacramos a tantas personas. Sí, tirábamos los cuerpos al río, sí, descuartizábamos los cadáveres, sí, teníamos hornos crematorios… Solo en ese momento gran parte de la población colombiana empezó a aceptar que lo que las víctimas venían denunciando era cierto. La voz de los victimarios apareció para darle veracidad y autoridad a la voz de las víctimas. Gran parte de la población creyó que las atrocidades y los horrores eran ciertos porque el victimario lo testimonió o lo contó, no por las víctimas. Aun así hubo un cambio. Algunos dejaron de ver a las víctimas como locos, como madres histéricas que salían a marchar por las calles y empezaron a leer las crónicas y la historia de este país con otra mirada.
“Por eso yo insisto en escuchar a las víctimas, en seguir investigando y tratando de encontrar nuevas formas para que sus historias sean recibidas”.
Esa actitud de búsqueda constante de nuevos métodos le llevó en 2006 a unir su perfil de cronista y docente en la Universidad para, ayudada por sus alumnos, impartir cursos de escritura creativa para afectados por el conflicto. “Fue una estrategia, una manera de permitir que, sobre todo los campesinos víctimas, contaran con un instrumento que tenían pero no reconocían, que era la posibilidad de escribir. La palabra, su propia palabra, como herramienta”.
Durante los tres años que duraron los talleres, aquellos hombres y mujeres anónimos también despertaron a la relevancia de lo vivido. “Que reconocieran que su historia era importante en la construcción de la memoria del país fue crucial, porque la mayoría decían que eso le había pasado a mucha gente, que era la misma historia del vecino, que a los demás colombianos no les importaba, que había otras historias más atroces y horribles que sí debían ser contadas… “.
El fruto de aquel experimento, los relatos, quedó registrado en tres libros: Jamás olvidaré tu nombre (2006), El Cielo no me abandona (2007) y Donde pisé aún crece la hierba (2010), “que circularon masivamente y que son motivo todavía de lectura en voz alta en bibliotecas, parques, colegios… Es decir, su palabra se hizo pública y por ese camino reivindicaron su ciudadanía y su carácter de sujetos políticos. Saberse usuarios de una palabra les reconfiguró un poco su noción de ciudadanos con derechos. Con derechos no solo a la reparación administrativa sino a la reparación simbólica que la sociedad empieza a hacer”.
-¿Cómo se acerca el cronista a estas personas para que le cuenten vidas en ocasiones tan duras?
Una condición fundamental del buen reportero es tener la capacidad de generar empatía con este tipo de gentes que están en zonas vulnerables, que han sufrido la guerra, que no están acostumbradas ni esperan que alguien las vaya a entrevistar o a interesarse en su historia. Uno tiene que ir con una actitud de mucha comprensión con lo que les ha pasado, pero no de conmiseración. Hay que establecer una relación de igualdad: la señora que me va a contar su historia es igual a mí, somos ciudadanos, somos colombianos, hemos pasado también por el conflicto de distintas maneras, tenemos cosas para decirnos. Y hay que establecer con ellos una conversación más que una entrevista, una conversación larga, que seguramente se va a extender a otras visitas. Que sea un momento de entrega de las dos personas. También una cuenta sus experiencias para crear un ambiente de confidencia en esa conversación. En definitiva, establecer una relación de mucho respeto por la persona que está narrando y ser consciente de que yo la necesito para mi trabajo y tal vez ella no me necesite a mí.
Hay que adaptarse también al ritmo vital de la otra persona. A veces viajas horas en un bus, llegas ansiosa a la entrevista y la persona te dice: “no, vuelva mañana que ahora estoy cocinando o ahora vienen mis hijos e íbamos a ir a misa”. Hay que entender cuándo te han dejado entrar y cuándo tienes que retirarte: entrar y salir de la escena y de la relación con ellos. Saber que son fuentes, personas que nos están contando su historia, pero no son amigos ni parte de la familia. Sería imposible para un cronista que cada fuente se volviera parte de su vida, de sus deberes. Hay que mantener esa distancia para escribir con autonomía el relato, pensando en el respeto por el otro y en la vida del otro, pero sin que eso condicione lo que escribo. O uno termina entrampado en el drama del otro y asumiendo responsabilidades que no son parte del ejercicio sino que terminan por contaminarlo. Es una relación que se establece con el testigo, que él sabe cómo yo que es temporal, que tiene un clímax y luego se desvanece.
-¿Alguna vez no has sabido gestionar bien esa relación?
Sí. Hay una historia que incluso no pude escribir y término siendo un documental (Irma, Jorge Betancourt, 2012) dirigido por otra persona. Es la historia de una niña víctima de una mina antipersona cuando tenía 2 años. Hoy tiene 23 y yo la conocí cuando perdió la pierna, en un hospital de Medellín, recuperándose. Durante toda una década la seguí buscando, visitándola… Al principio no quise escribir porque consideré que era una niña que todavía no entendía bien lo que le había ocurrido. Era una niña con el cuerpo destrozado que ni siquiera entendía lo que eso iba a significar en su vida. Pero seguí en contacto con ella, fui a verla con mis alumnos… Luego empecé a pagarle el colegio, a darle dinero para que se arreglara los dientes… Se convirtió en una relación muy cercana y eso me limitó. No era capaz de escribir su historia. Y entonces decidí entregarles toda la información a los documentalistas, que hicieron un trabajo muy bonito con ella, y fue una manera de sacar la historia y de ir cerrando ese capítulo. Seguimos llamándonos y demás, pero fue una historia larga que no supe manejar y que me ha servido para otras ocasiones.
Nuestra noticia siempre fue la guerra
“Colombia empezó a desaparecer de la agenda informativa cuando empezaron a bajar los niveles de violencia, los niveles de combate y de guerra. Nuestra noticia siempre fue la guerra, el narcotráfico y el terrorismo”.
-¿Cuál es la situación en Colombia hoy y qué opinas de las negociaciones de paz?
Colombia está en un momento muy especial y muy tenso también. Es el momento que más cerca se ha estado del cese al fuego de las FARC. Pero yo no hablo de un proceso de paz del país porque otros actores que tendrían que estar involucrados no lo están. Este es un proceso de negociación entre el gobierno y las FARC solamente, aunque eso creó en el país una sensación de que es posible vivir con unos índices menores de violencia, que es posible soñar, pensar en, al menos, el desarme de una de los ejércitos más grandes del continente. Todo está un poco pendiente de lo que pase en La Habana, aunque ese paréntesis ha permitido el desarrollo de iniciativas ciudadanas de paz, de reconciliación y de memoria en muchas partes del país. El país empieza a encontrar unos agujeros por los que respirar a otro ritmo distinto del de la guerra. Y eso es interesante de observar y es interesante de narrar.
Pero en los antecedentes crecen las dudas de Patricia respecto a las consecuencias de un posible desarme de las FARC. “Cuando en 2007 y 2008 se desmovilizaron los paramilitares muchos de esos hombres que no tenían formación política y cívica quedaron sin patrones de comportamiento claros, sin líderes, y armaron bandas criminales; las llamadas bacrim. Ese es un problema muy grave que hay que enfrentar, porque son delincuentes que dominan zonas del país, zonas rurales y también zonas urbanas de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. ¿Qué pasará ahora si las FARC terminan en una desmovilización general?, ¿cómo va a ser la reinserción de estos muchachos en la vida civil? ¿Qué será de todos esos muchachos que crecieron en la violencia, que su escuela fue la guerra, y ahora, 10 ó 15 años después, le dicen deja las armas, esto se acabó, vamos a darles un subsidio para que ustedes se hagan panaderos, carpinteros o taxistas? Por eso, cuando hablan de prepararnos para el posconflicto, yo no pienso en prepararnos para la fiesta o para el carnaval, es prepararnos para que la sociedad y el gobierno pensemos qué va a pasar con nosotros que llevamos 60 años con gente vinculada a grupos armados y no sabemos qué va a suceder cuando regresen. Es como una nueva fase del conflicto que hemos venido teniendo”.
-¿Muchos colombianos defienden la “mano dura”?
Colombia es un país que ha caminado hacia la derecha. A recurrir a formas autoritarias para resolver conflictos sociales o políticos de larga data, y eso se ve en las elecciones. También muchas personas se hastiaron de defenderse, de temer el secuestro, de que sus empresas bajaran los niveles de productividad por culpa de los grupos subversivos… Y encontraron en el autoritarismo un camino que resolvía de manera expedita problemas a corto plazo. Pero el autoritarismo hace que las causas sigan estando en el origen del país y la nación. Aún hoy hay sectores que están en desacuerdo con los diálogos y quieren una salida militar y la derrota militar de las FARC.
-También hay quienes defienden la amnistía…
Yo pienso que los diálogos tienen que llegar a unos acuerdos en que las dos partes tengan que ceder, pero también pienso que es necesario un proceso de justicia. La justicia penal es aquí importante y es una manera de que los ciudadanos sientan el reconocimiento de que han sido violentados. Pero supongo que en este proceso no se podrá aplicar, habrá que ceder desde la parte jurídica, institucional y de las FARC. Ellos tendrán que ceder en sus pretensiones de que haya amnistía para todos y generalizada. Ese va a ser un punto crítico en el proceso de negociación.
-¿Crees que el boom actual de la crónica puede llevar a cierta frivolización del género, a centrarse demasiado en la forma y dejar de lado esa fuerza política que tienen crónicas como la tuya?
Bueno, sí hay ciertos cronistas que están muy preocupados por la estética del lenguaje, y de la historia que cuentan y que dejan en segundo lugar el impacto político y social del tema. En ese sentido yo creo que el periodismo pierde. Pierde si esa corriente descuida la información, los datos y el fondo para cuidar en primer lugar la belleza del lenguaje. Para mí la crónica es en primer lugar información, posición política, impacto social y luego estética. Aunque ojalá uno tenga la capacidad de fusionar la belleza del lenguaje con el impacto social y el compromiso político del texto. Pero sí, pienso que puede haber una línea de crónicas desteñidas políticamente y con una precisión y un manejo bello del lenguaje. Que es un mérito, pero hay una tendencia a regodearse en la magia que se puede hacer con las palabras y olvidar datos, fuentes y compromiso social. Y si la crónica se pierde en el universo de la estética y olvida el compromiso con la sociedad pues deja de ser periodismo.
-Y para ti ¿cómo ha de ser una buena crónica?
El cronista se la debe jugar en trabajos de largo aliento. Es una condición importante de una buena crónica que el lector sienta mientras lee que el cronista estuvo el tiempo necesario dedicado a ese trabajo para conocerlo a fondo. Esto no tiene que ver con el ritmo de la escritura, que puede ser vertiginoso, devastador, que quita el aliento por las historias o los hechos que está narrando sino que, en la capa profunda del texto, entre líneas, el lector sienta, sepa y descubra que ese cronista dedicó el tiempo suficiente a estar en el lugar y conversar con las personas. Tiempo, paciencia, dedicación, sin afán. Aquí yo voy a favor del periodismo lento, del periodismo reposado. Que le da la certeza al lector de que el cronista le está dando una versión responsable, lo más completa posible de la historia que está contando y que solamente por estar ahí, como hacen los antropólogos, permite oír más allá de la voz del testigo; oír el canto del pájaro, cómo se quiebra la rama de un árbol, los pasos en la noche que se escucha en un pueblo apartado cuando está amaneciendo; descubrir la relaciones y las tramas sutiles que hay entre las personas que van a ser protagonistas de la historia; degustar la cocina, las distintas formas de cocinar a veces con escasez, descubrir cómo lo preparan, qué cocinan allí; como se visten las mujeres, donde ponen el acento de su feminidad, de su coquetería; cómo los hombres se sienten hombres, es decir, cuáles son las características en esa comunidad que dan las condiciones de masculinidad… Esas cuestiones sólo se descubren permaneciendo, conversando con tranquilidad. Vos podrías decir, si vas a contar una masacre, qué importa que comían, a qué sabía el arroz o si las mujeres estaban elegantemente vestidas para la fiesta en la que ocurrió la tragedia o no, pero uno sabe que la crónica está llena de detalles, está llena y sostenida en los detalles. En esas observaciones sutiles, que son las que permiten al cronista construir un universo.
-Se dice que Colombia es un país muy dado a la oralidad, a contarse cuentos e historias ¿cómo marca eso la crónica colombiana?
Nosotros somos narradores natos. Los abuelos nos cuentan las historias tradicionales, pero también sus aventuras. Para los que nacimos en los pueblos un ritual muy importante era, cuando caía la noche y todo era oscuridad y hacía frío, el papá o un vecino nos contaba historias del campo, de cómo se doma un caballo, cómo da a luz una vaca, de fantasmas… Y eso, yo creo, crea en los niños un imaginario y dispara la capacidad creadora. Eso le da un carácter especial a la crónica colombiana, que se extiende, yo diría, por buena parte de Latinoamérica. La crónica nuestra está hecha de drama, de drama sentimental, del drama de la guerra o del drama de la felicidad y el triunfo. Pero digamos que nuestras crónicas siempre encierran un clímax, así sea humorístico. Son crónicas que traspasan la información y se acercan mucho a la literatura. Que también está cargada con lo que nosotros somos, con lo que nos trajo también el mestizaje de distintas maneras de narrar: la narrativa que trajeron los españoles, la narrativa indígena que nosotros teníamos, la de los inmigrantes de muchos lugares del mundo que trajeron las guerras. Nuestra crónica tiene aún algún rasgo de oralidad, seguramente atado a la pluralidad que somos: este es un país que solo en los años 70 empezó a ver crecer de manera rápida las ciudades. Todavía hasta los 50 ó 60 éramos un país de campesinos. Aún tenemos ese arraigo con el medio rural en el que el relato oral es cotidiano y donde la radio es el medio de comunicación predominante con el de afuera.
-¿En qué historia estas trabajando ahora?
Hay una historia de una mujer en el Amazonas. Una mujer indígena de 40 años y es como el eslabón entre la comunidad indígena de los ancianos que insisten en permanecer en su tierra de origen y conservar la tradición y sus sobrinos que son niños de 10 ó 15 años que se ven obligados a dejar la tierra originaria para poder estudiar, tener acceso a los médicos… Ella está en la mitad, es la generación del paréntesis que tiene toda la formación en la indígena y lo ancestral pero sabe que si sus sobrinos no van a la ciudad, si no tienen acceso a los servicios de bienestar, la familia va ir extinguiéndose porque cada vez son menos. Quiero contar su historia y su papel de puente entre dos generaciones y como vínculo entre lo ancestral y la urbanización.

"Las víctimas no estaban reflejadas en las crónicas"

Patricia Nieto (Colombia)  conversa con  Marcela Turati (México)

Sus trabajos se destacan por un enfoque sobre las víctimas, ¿cómo llegaron a interesarse por estas voces?
Patricia Nieto:En mi caso fue un proceso largo. En 1997 la guerrilla colombiana Ejército de Liberación Nacional dinamitó un oleoducto. El gas viajó con el viento, llegó a un poblado y generó un incendio. Era medianoche y se quemaron 89 personas. Fui a cubrir esa noticia y me paralizó, no fui capaz de escribir, aún hoy. Cuando me acercaba a las personas a preguntarles, estaban en shock, me decían cosas incoherentes. Sentía que con ese relato no podía hacer una crónica con respeto. Ahí se me presentó el quiebre profesional. Tomé distancia mucho tiempo. Creo que no estaba preparada para escuchar el dolor de la gente. Escribí muchas cosas que no se publicaron hasta ahora. Sentía que no era capaz de entregarlo para publicación. Pensé que las víctimas tenían que ser los denunciadores de su propia experiencia
Marcela Turati:A mí me tocaba cubrir casos como las consecuencias de un huracán, gente que perdía todo. Era mucha la angustia y me fui fogueando con eso. Nos decíamos las periodistas sociales, siempre mujeres, nos decían que éramos más sensibles y los hombres, en cambio, trabajaban lo político y el crimen. Después dijimos que lo nuestro era un modo de ver las cosas y de construir las noticias: sentíamos que el periodismo tenía que oler a calle, huir del discurso oficial.
-¿Cuándo empezaste a cubrir otro tipo de casos, los relacionados con el narcotráfico?
M.T. En 2006 empezó la violencia más brutal, el presidente declaró la guerra al narcotráfico y se volvió un caos. Los periodistas lo cubrían desde lo policial, enumerando la cantidad de muertos solamente. Los reporteros que teníamos un enfoque más humano nos preguntábamos cómo escribir estas crónicas. Yo no entendía sobre drogas, pero me daba cuenta de que las víctimas no estaban reflejadas en las crónicas.
-¿Algún hecho que haya marcado un punto de inflexión?
M.T. Una vez estaba en Ciudad Juárez  y una banda había estado baleando gente toda la noche. Las noticias no reflejaban el dolor de la gente ni el impacto sobre la comunidad. Hubo policías muertos, gente a la que le derribaron la puerta y la mataban. Esa noche hubo también una fiesta de 15 años, donde quedaron las mesas tiradas, un pastel y los refrescos. El ángulo fue reconstruir lo que había pasado durante esa fiesta. En la revista Proceso me mandaban mucho a Ciudad Juárez a hacer reportajes, pero yo volvía con otro tipo de noticias: cómo se llenaban los cementerios locales, cómo en los hospitales no había sangre. Los editores me empezaron a mirar raro: no traía lo que querían pero les gustaba.
-¿Cuáles son sus metodologías de trabajo?

P.N. Trabajo con ideas generales, pero cada historia es distinta. Cuando uno llega al territorio, ubica a ese personaje en una conflictividad especial, que va más allá de la noticia. Uno va buscando cómo la familia sigue con la vida más allá del dolor. No hay que pensar que en este trabajo uno va a tener el personaje o la historia lista en dos horas. Hay que persistir. Esperé dos años a una señora para que me cuente su historia. También hay que saber seducirlo, suspender, saber cuándo tengo que alejarme. No apurar a los testigos, a las víctimas. Ese periodismo que va tumbando puertas no lo podemos hacer nosotros. Es una metodología de colaboración. Hay que saber que somos una voz en la historia, somos los que construimos el relato. Eso implica una responsabilidad enorme. Parte del método es que hay que defender una posición estética, política y ética con la responsabilidad intelectual del periodista que lo está escribiendo
M.T. Muchas veces me pregunto cómo contar lo mismo de una forma diferente a lo que ya hice. Con las víctimas, la metodología es esperar y hablar con todos. Esperar que ellos procesen lo que les pasó. Tengo que ir construyendo los archivos: la persona me cuenta de su vida, puede llorar, suspender. El silencio es importante. En los trabajos de organizaciones colectivas me gusta mucho ser invisible, casi nunca pregunto, me gusta más bien reflejar lo que ellos hacen: que se escuchen las voces de muchos. En México hay que contar que son muchos los que están sufriendo y que este proceso afecta a toda la sociedad.
-¿Cómo se busca esa mirada diferente?
-M.T. Recuerdo que en Ciudad Juárez un señor puso en la puerta de su casa un cartel que decía: no tirar cadáveres. A los tres meses apareció el cuerpo de su hija muerta, pero el señor no lo pudo ver porque ya estaba muerto también. Eran testimonios que no habían llegado a los diarios nacionales. Después por ejemplo, fue ver que había que contar los colectivos de niños huérfanos. A los ocho meses encontramos una fundación que se dedicaba a cuidar a los niños de las personas asesinadas. Después contar la historia de los panteones. Había visto que en la procuraduría se peleaban por llevar los cuerpos de las víctimas y le pedí a un buitre que me llevara a recorrer; ver los problemas de las funerarias, las peleas entre ellos para velar a los muertos. Era surrealista.
-En sus trabajos ¿cómo es la relación con los victimarios?
P.N.Yo no he trabajado con victimarios. En 2004 empezó en Colombia una resignificación de la voz del victimario, ellos contaban lo que querían. Siempre estaban en el escenario, pero las víctimas no. Recién en 2008 hubo una ley para atender judicialmente a las víctimas y también recibieron reparaciones económicas y simbólicas. En el conjunto del país las víctimas van detrás de los victimarios. Esa fue una de las razones por las que yo trabajé con las víctimas. Pero una vez en un taller -donde trabajaba enseñando a las víctimas a contar sus historias en su propia voz - un hombre se presentó como víctima. Con el tiempo nos enteramos que era paramilitar. Él quería escribir su historia, no para publicarla sino para entregársela a su padre. Aquello fue una pista de que ellos, los victimarios, quieren contar. A mí me cuesta encontrar la metodología para que los victimarios cuenten, para que no sea el relato judicial.
M.T. A mí me obsesionan mucho los policías federales: de dónde salieron y por qué desaparecían gente. En un momento un policía federal me empezó a contar su tragedia laboral, sus operativos. Es importante tenerlos como fuente de información, es algo muy sociológico. Me interesa que esté reflejada en la nota esta explicación que ellos dan, no para exculparlos. No dejarlos que ellos den su discurso de que son buenos. Uno siente empatía por ese narco rico bueno, pero hay que escribir el historial de esa persona y recordar a la gente lo que hizo. Es importante encontrar esa verdad.
-¿Y cómo entra la sociedad en las crónicas?
P.N Estos textos tienen que interpelar a la sociedad. Hace dos o tres décadas había una admiración por el mafioso. El campesino que se pone bajo la sombra del narcotraficante también tienen una responsabilidad. Se va haciendo toda una construcción. Un campesino decidió tomar una arma y otro no. Uno consigue un salario matando y otro ordeñando vacas. El narcotráfico atraviesa toda la vida: los espectáculos, los gobiernos, el aparato judicial. Tiene que ver con la moral de la gente.
-¿Cómo hacen para no naturalizar las crueldades de las que dan cuenta sus trabajos?
M.T. Llega un momento en que el gran riesgo es la naturalización. Incluso cuando uno habla con los amigos, no se da cuenta de lo fuerte que es lo que uno escribe. Trato de no quedarme en el horror, sino de buscar los procesos, el aprendizaje que puede haber en esa historia, buscar los detalles y que la historia indigne. Siempre digo: la indignación y la esperanza. De mi libro mucha gente me dice que no puede leerlo. Yo sentía la urgencia de contar lo que estaba pasando en México, de la que fui testigo. Ahí no podía ver lo esperanzador, estábamos en shock.
-¿Y ahora?
M.T. Ahora la esperanza, hay un grupo de sanadores en Ciudad Juárez, un grupo de mamás que tienen una fundación. Ahora es contar el dolor y cómo se transforma en esperanza. Y la gente me dice que sí puede leer este segundo libro. Es el periodismo de la esperanza, de lo posible.
P.N.Volviendo a la naturalización, hay que tener un cuidado: cerrar el lente para llegar al detalle y volver a abrirlo. Si uno se queda en la historia individual se pierde el contexto. Es  la cuerda floja por donde uno se mueve. Hace tiempo en un pueblo colombiano encontré un muro lleno de tumbas. Algunas llamaban la atención. Durante muchos años fui y estaba la tumba de Nancy Navarro NN. Y un día fui y no estaba más esa tumba. El hijo la había encontrado y se la había llevado. En una historia dura pero termina con esperanza, de reencuentro; pero yo no me puedo quedar en Nancy Navarro, la tengo que poner en la historia de los desaparecidos.
-¿Qué buscan generar en el público que no vive ese tipo de violencia?
P.N. Uno busca siempre aproximarse a la condición humana. Eso es una esencia en Colombia y en cualquier lugar, hasta dónde puede llegar el horror humano pero también la solidaridad. Es conocer un poco más al hombre, un periodismo escrito con una condición estética contribuye a eso. Lo otro es informar, que se sepa qué es lo pasa en Colombia, que deje de ser una ficción y se aproxime a conocer mejor esa sociedad. Pienso que ni siquiera en el continente la gente lograr hacerse una dimensión de lo que es, que piensa que son locos tirando tiros al aire o lo que el cine gringo hace con Colombia.  Que aliente una solidaridad con el conflicto colombiano, que ya lleva 60 años y es constante, como una lluvia eterna.

M.T.Cuando uno ve lo que está pasando en Siria, escucha de armas químicas, la masacre de Egipto o lo de Sarajevo, todas son historias que conmueven muchísimo. Lo traslado a México. Es importante ver cómo se está contando. Siento que es parte de una historia universal, que nos duele de la misma forma. Estamos tratando de entender a los narcos, muchos fueron entrenados por militares, por qué esa forma, por qué desaparecen. Ahora los forenses argentinos son importantes en México, son la luz de esperanza en esta historia. Los familiares sólo le tienen confianza al Equipo Argentino de Antropología Forense. La semana pasada se firmó un acuerdo para trabajar en las fosas. Entonces uno tiene algunas claves para entenderlo, sentir la empatía y querer cambiarlo. En México la sociedad todavía no entiende qué pasa con este fenómeno de las desapariciones.
FRASES

Tomadas de un taller de periodismo:

Patricia Nieto: ¿Qué se cuenta? ¿Cómo lo investiga? ¿Quiénes narran? ¿Con qué género narra? ¿Para quién narra y con qué intención lo hace?
• Lo que cuentan no es la noticia. Lo primero que se agrieta es el sentido de la “actualidad”. Los periodistas no cuentan noticias, cuentan novedades, esto que se acerca más al periodismo
literario. Se van al pasado. Son periodistas que cuentan el pasado. No son historiadores, regresan y lo cuentan con elementos de la crónica.
• Esas crónicas son híbrido, reconstruidas, textos donde se juntan muchos géneros. Por qué el horror, impone nuevas formas de narrar.
• Hay que reconstruir el acontecimiento, volver a contar, ahora hay investigaciones que permiten volver a contrastar. No estamos diciendo que lo de antes era mentira, sino que ahora se cuenta distinta.
• La Memoria se sobrepone a la Verdad.
• El reportero se hace autor. No es el periodismo de las 20 fuentes que consulto para que tenga cierto equilibrio. Es mi versión, una versión débil, llena de debilidad, de su ignorancia frente a la historia, con todas sus faltas, más sus saberes a partir de lo que ha vivido y de lo que escucha. Es la versión de…(X o Y)no es la verdad.
• Las preguntas regresan al periodista.
• Es ese YO problematizado el que debe descubrir los significados. La respuesta la tiene que construir desde sí.
• Las fuentes dan la noticia.
• En el relato, los demás hablan y hablo yo. Como en el coro griego.
• Cuando se traslada la oralidad a la escritura.
• Relato Polifónico: cuando María cuenta, Juan cuenta, Todos cuentan… Estos relatos forman un discurso, contribuyen de un modo definitivo para que una comunidad se resignifique. Esto los convierte en un escenario político.
• Borrar su nombre para hacer más brillante una historia. Cuando la crónica. Borrar al sujeto, el borramiento del sujeto.
• La crónica es más un sentido ESTÉTICO que ÉTICO.
• La crónica debe ser POLÍTICA
• ¿Cómo sería el relato directo de los periodistas? La autobiografía
• Lo que convoca a las víctimas y lo que nos convoca como periodistas.
• Encontré la voz, el tono, el color, el lenguaje…
• Esta dimensión social debe pasar por la preservación de la memoria de los que ya no están, por la desprivatización del dolor, entender que la reconstrucción de las futuras reconciliaciones y la garantía de no repetición de hechos violentos, atroces y vergonzosos es un compromiso colectivo.
• Ellos llevan la evidencia de la guerra en el cuerpo. Está en su cuerpo, en las víctimas de minas no hay metáfora. Mientras que  las personas que perdieron a sus seres queridos, el dolor está por dentro. Ellos son más idealistas más utópicos, piensan en la paz, mientras que las víctimas de mina, por llevar esa evidencia, son descarnados y tienen un sentido del humor muy negro. (ENFERMEDAD DEL CORAZÓN, CÁNCER, ANALOGÍA EXPERIENCIAS)
• La búsqueda de otras voces: Proyecto para taller con personas desplazadas: Las víctimas tienen que usar su propia palabra.
• Proyecto para taller con personas desplazadas.
• Las víctimas tienen que usar su propia palabra.
• METODOLOGÍA:TALLERES DE ESCRITURA con las víctimas… propuesta de escritura personal
que hacen en sus casas. ¿CÓMO SE VA HACIENDO?
• Ejercicios: PREMISA: TODOS TENEMOS UNA HISTORIA
METODOLOGÍA:
Día 1. El día que llegan a compartir, sin decir quiénes son y por qué están allí. El trabajo es que todos reconozcamos que la historia de cada uno es importante. En una ciudad que está llena de víctimas una víctima más puede no tener importancia. Se llevan al salón objetos que pueden disparar un recuerdo: botas, corazones, vestido de 15 años, fotos de paisajes, alcancía, herramientas del campo, sombreros, ruanas, cunas de un bebé.
Se llevan muestras de objetos que les son significativos. Cada persona escoge un objeto y cuenta la historia de lo que le significa. Esta historia nos permite empezar a hacerle preguntas. El vestido de 15 años es muy impactante… Se lleva el personaje que se llama: El Parcero –el amigo- El parcero del barrio popular número 5. La entrevista va desmontando el personaje.
2.- Cómo me veo. Ejercicio frente al espejo. ¿Quién es? ¿qué ha hecho? Ejercicio con un profesor de expresión corporal y con un psicólogo. Luego viene el dibujo de sí mismo.
3.- El retrato. Se les toma las fotografías, ellos exploran conuna cámara.
4.- Se toman fotos entre ellos.
5. Cada participante trabaja con un padrino. Son alumnos de Patricia de la universidad. Se reúnen con los participantes en su casa y van trabajando el texto. Se reconstruyen los datos: nombre, edad, lugar donde ocurrió el hecho, descripción de quién eras… de quien eres… colores, tamaños, formas.
Entonces se anima al participante a contar su historia con más detalles, recuerdos, se reconstruye el relato. Hay un mediador que dice: venga… cuénteme la historia… Se hace trabajo de un editor de una persona que no es escritor-a profesional y le vamos haciendo sugerencias de cómo puede contar su relato.
Mientras tanto… se va jugando con los objetos, con los espejos, con las fotos: cómo quiero verme. Todos los sábados. Entre semana el ayudante visita en su casa a los participantes y se va trabajando el relato. Se va trabajando desde los ejercicios y con las libretas. Se llevan historias, literatura, cuentos, narraciones populares para irse soltando, luego se les anima a dibujarse a sí mism@s.
Ejercicio: los momentos de mi vida… Mi vida tiene unos momentos. Para el ejercicio narrativo es tener ESCENAS. A manera de story board, un tríptico, el participante dibuja escenas de momentos importantes de su vida. Se usan materiales diversos para producir plasticidad. 10 sesiones  presenciales, acompañantes entre semana. Se transcribe la experiencia, tal cual, sin pulir, se toman fotos a los textos que han escrito los participantes. Luego se pule el texto con ellos.
La estructura queda tal cual. Devolución del texto con cada uno. 10 meses aproximadamente.
Son invitados: psicólogos, artistas plásticos, cartógrafos, etc.
6.- El mapa de mi viaje… este ejercicio responde a la teoría literaria. Hay un conflicto, personajes, climax, resolución. A través del dibujo, del mapa se pueden realizar. Para que los analistas literarios puedan interpretar de manera sistematizada y ordenar el relato. Luego en casa comienza la reconstrucción de lo que ocurrió, comienzan a hacer preguntas a sus familiares para saber lo que pasó.
Otro ejemplo: Mi vida en una canción… en una comunidad se compusieron canciones que contaban la historia de su vida. No en todas las comunidades se siguen las mismas rutas. En cada
comunidad hay una forma distinta de expresar estas historias, a través de distintos recursos.
7. Visita en sus casas
8. Memorias. Se plantean preguntas sobre el texto. No hay que forzar el proceso, hasta que arman la estructura: principio-medio-final es cuando comienza a pulirse. Es cuando el periodista acompañante comienza el relato. El que escribe se pregunta por su historia. El periodista deja la función de “constructor de relatos” para acompañar a la otra persona.
Respetar la voz, la belleza y la poética de esa voz. ¿Qué tipo de cosas sí se cambian? Se interviene en la ortografía y la  puntuación. Se construyen tiempos verbales para que el lector no se confunda. Todo lo que aporte claridad en el lector es lo que se cambia. Todo lo que gane en claridad está bien.
10. Construcción del libro. Colores claros, más básicos.
• Los periodistas que integran la memoria a su trabajo, vuelven a la noticia que consideran que no cubrieron bien. Regresan a los senderos que contemplan cuando todo era caos. Visitan a los testigos que alguna vez dieron testimonio. Regresan a tomar café al mismo lugar que no vieron bien. Se bañan en el río, van a las bodas, a los velorios… pasan de la entrevista a la conversación. El periodista debe saber cómo y cuándo tirar de ese hilo.
• Gina Moreno, regresa a un pueblo doce años atrás. Revisitar, recontar lo que no se pudo ver.
• Reportero de la memoria. Vuelve y no tiene problemas para volver al lugar. Los reporteros se someten a experiencias del recuerdo para resignificar los recuerdos. Las crónicas pueden leerse como pasado que se hace presente.
• El periodista se acerca con las técnicas etnográficas. Hay un derribamiento de las fronteras para aprender a trabajar con técnicas. Como allí, beber allí, tomar el agua que ellos toman, platicar sin estar tomando notas, ir a la fiesta, ir a la misa, ir al cementerio.
• CHEJOV: una buena libretas, un par de botas. Un cuaderno de notas y un buen par de zapatos. Lo mandan a una colonia penitenciaria. Pietro Brunelli recoge las notas de campo de  Chejov. ¿Por qué vale la pena ir al cementerio, a las bodas, a las caminatas?
• Pasar de la entrevista a la conversación.
• Hacer que cada acontecimiento le interese a cada lector. ¿Cómo hacerlo si sentimos que las palabras que tenemos no son suficientes? Si sentimos que pasan la página.
“El periodista debe recordar todos los días ¿quién es? Es aquel que conoce los eventos, los comprende, les asigna un sentido y los comunica. “ Omar
El periodista que trae la mala nueva, es culpable y lo que pasa es culpa de los medios. Sino lo hicieran seríamos más felices. Los medios son los mensajeros de lo malo. Los periodistas son el medidor de esta actitud. Alma Guillermo Prieto dice: que quienes cometemos los crímenes atroces. Cuando se irritan es porque un relato no les ha dejado más que miedo y ceguera. Queda cargada más de miedo que de compresión. ¿Qué es lo que pasa en la narrativa periodística? Los
periodistas explican los mitos desde las concepciones religiosas. Frases como: “es una desgracia..” “el destino de este país..”, “la naturaleza de los hombres es…”. Cuando uno da legitimidad a ese tipo de expresiones.
El testigo integral es aquel que lo vive, pero no puede expresarlo. La paradoja del testigo, de los que se ha ido al infierno y no han vuelto. Para reconstruir la historia de un país no basta con que los sobrevivientes quieran hablar. Se necesita también la escucha. Un periodista espantando no puede escribir pero debe hacerlo.
Hacer periodismo del pasado… cómo lo vemos con otra mirada.
“Hay personas que se vienen con uno, sus frases, sus palabras… personas que dicen las cosas tan bonito, como uno hubiera querido decirlo…
 “Nombrar a esas víctimas es salvarlas de esa muerte que es el olvido. Ya no pueden ser salvadas, pero pueden ser nombradas, deben ser nombradas.”
Nombrarla para que esa persona sea única. Los formatos intentan anular la subjetividad, ¿y quién escribe? ¿quién es capaz de escribir cosas distintas? El cómo se cuenta depende de quién lo cuenta.
Estaba cubriendo una nota de espectáculos, de pronto le dicen que hay una bomba y corre a cubrir la noticia.
FOTÓGRAFO: conciencia de un cazador, habilidad de un gato de un solo ojo. Las fotografías de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Susan Sontag.
Porque son las víctimas definitivas que no tendrán otra oportunidad sobre la tierra.
Relatos de una cierta mirada, el acontecimiento, la fotografía y el sentido.
Taller con Patricia Nieto

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