Páginas

Páginas

jueves, 23 de octubre de 2014

DECÁLOGO DEL JURADO PERFECTO - Gina Picart

DECÁLOGO DEL JURADO PERFECTO
Gina Picart

Los Decálogos están de moda en todas partes. Especialmente los que pretenden mostrar cómo debe escribir un autor que se respete. Sin embargo, no recuerdo haber visto ningún decálogo donde se ofrezcan pautas para regular la conducta de un buen jurado literario. Y como he pensado bastante sobre el tema, creo que bien pudiera publicar mis ideas al respecto. Total, si los decálogos cuanto más disparatados sean resultan más exitosos, puedo aventurarme, supongo…

1-Cuando un escritor, ensayista, cuentista, investigador, teórico, etc. recibe invitación para integrar un jurado literario, el primer paso que debería dar es preguntarse con toda la sinceridad del mundo si está capacitado para aceptar la encomienda. Claro, cuando pesan sobre nosotros imperativos tan tremendos como la necesidad de ganarse el pan en un territorio de la cultura donde realmente escasea, la respuesta a esta pregunta ya viene condicionada, y solo en poquísimos casos, por no decir ninguno, se escucharía un NO.

2-Habiendo ya aceptado participar en el jurado de marras, el segundo paso consistiría en leerse todas las obras de principio a fin, y no estoy hablando de los puntos inicial y final, sino de la tripa toda. Y de inmediato borrar del diccionario personal la frase me gusta, y su opuesta, no me gusta. Porque esos no son parámetros para medir la literatura, sino criterios de lector; y un jurado NO es un lector común que consuma literatura para su solaz individual, sino alguien que tiene momentáneamente en sus manos el poder de forjar un canon nacional, de crear o guiar el gusto literario de un país y dimensionar el impacto social del arte, pero en primera (o en última instancia, no sé…), el deber de hacer JUSTICIA ARTÍSTICA.

3-Otra frase que un jurado está obligado a suprimir de su vocabulario es no entiendo esta obra. Si un jurado no entiende una obra, solo tiene dos opciones; o intenta entenderla o renuncia a ser jurado en ese concurso, porque nadie puede opinar sobre lo que no comprende, y mucho menos desacreditar algo porque no lo ha comprendido. Es impensable que en un jurado de un tribunal penal un miembro del mismo alegue ante el juez que no puede considerar inocente al acusado porque no comprende las pruebas presentadas en su favor, y por tanto va a declararlo culpable. Además, cuando un profesional de la literatura no comprende un texto —a no ser que no se trate de un texto, sino de un bodrio—, a menudo la culpa no suele ser del autor, sino del propio profesional por falta de inteligencia, sensibilidad, capacitación o todo junto. El primer requisito para opinar sobre cualquier cosa es la previa comprensión de la cosa.

4-Un jurado jamás debe caer en la ignominia de inventar bases. Cada concurso tiene sus propias bases y los miembros del jurado deben acatarlas desde el comienzo. Inventarse bases —para dejar fuera la obra de los enemigos, o de los enemigos de sus amigos, o de alguien a quien si dejáramos medrar nos hará sombra en el futuro— revela una altísima creatividad, pero es algo que hasta Jack el Destripador podría calificar de canallada y tendría razón, porque eso mismo es. No hay que consolarse pensando que entre nosotros eso se llama viveza y da muchos puntos sociales a quien la perpetra. Como mismo tenemos un habla propia dentro de la norma del idioma, así también tenemos nuestra propia norma conductual, pero por encima de nuestra norma hecha en casa, hay un sistema de valores universal que puede no gustarnos, pero es por el que se nos mide, aunque el resultado de la medición no nos agrade.

5-Es feísimo, pero feísimo, repugnante, sucio, asqueroso, villano y bien bandido —y todo lo que pueda constituir sinónimo de estos vocablos—, presionar sobre los otros miembros del jurado, ya sea seduciéndolos, chantajeándolos o haciéndolos víctimas de cualquiera de las muchas argucias del catálogo del manipulador perverso que incluye Marie-France Irigoyen en El acoso moral, o aplicándole alguna de las cuarenta y ocho formas de ganar una discusión que presenta Shopenhauer en su Dialéctica erística. El criterio es libre, y si bien los miembros de un jurado tienen que llegar a una conclusión por acuerdo total o por mayoría, se trata de un acuerdo, y no de un par de forceps aplicados al descaro sobre los parietales de nuestros homólogos.

6-Es una vergüenza total ejercer el veto contra un concursante solo porque nos cae mal, le tenemos envidia, es mejor que nosotros o ya ha ganado demasiados premios. Este último argumento es absurdo, porque un jurado literario no es un Robin Hood que reparte equitativamente panes y peces entre los menesterosos de las Letras. El deber de un jurado es dictaminar con justicia y razón, Y CON CONOCIMIENTO DE CAUSA, quién es el mejor entre los autores concursantes. Si un autor gana muchos concursos y con ellos cobra muchos cheques, pues amárrese usted el cinturón y trate de escribir cada vez mejor en lugar de procurar que a él no le publiquen y que no siga engordando su currículo. No sea envidioso ni mezquino.

7-Sobra decir que tampoco debemos descalificar a alguien solo porque se haya acostado con nuestra pareja, o con nosotros y después nos haya abandonado (aunque lo haya hecho con la aviesa intención de que lo premiáramos). Tampoco debemos condicionar el premio a la conducta sexual de los participantes, y reprobarlos porque sean homosexuales o porque no lo sean. O porque sean hembra o varón. O negros o blancos, o jóvenes o viejos, porque la mucha o la poca edad no garantizan la calidad literaria ni aquí ni en el Imperio Centroafricano. O porque no proceda de nuestra provincia, pueblo, barrio o ciudad. O de otra religión, o por su ateísmo. O por su ideología política. O porque sean lindos o feos, abstemios o curdas, les guste la pelota o el ajedrez… Esos tampoco son criterios literarios. Son criterios de categorización social, que no deberían ejercer influencia alguna sobre un jurado honesto y verdaderamente capaz.

8-Un jurado auténticamente profesional dejará de lado sus prejuicios estilísticos. Si escribe realismo sucio no le quitará el premio a un autor que escriba literatura culta y lo merezca en buena lid. Y si es un autor culto, aunque sea con disgusto debe premiar a uno de realismo sucio si este ha escrito su realismo sucio mejor que lo que han escrito los otros participantes. Lo mismo vale para un costumbrista, una escritora de género o cualquier otra variante de nuestra infinita fauna letrada.

9-No caer jamás en la falacia de premiar una obra por su tema. Por ejemplo, todos sabemos que uno de los mejores libros que se han escrito en Cuba es Hombres sin mujer. Pero eso no quiere decir que cada autor que escriba sobre el tema carcelario es un Carlos Montenegro, ni la suya una gran novela. No es el tema lo que valida o invalida a una obra y su autor, sino la eficacia literaria conque el tema haya sido tratado. Miren lo que hizo Cirilo Villaverde con Cecilia Valdés, y díganme cuántas jineteras memorables hay en las obras que hoy nos inundan. ¿Cuántos Oppiano Licario después de Lezama en nuestra cada vez más nutrida literatura gay…? No, no cojan el rábano por las hojas, que eso solo denota a jurados y críticos burros.

10-NO confundir las deliberaciones de un jurado con una empresa de mercadeo. Los concursos son para premiar a los mejores y no para pagar o cobrar favores ni para hacer altares a la amistad y al sociolismo. Cuando empezamos a enredarnos en ese tipo de negociaciones, acabamos presos en una telaraña de la que cuesta mucho salir, porque ahora yo premio al amigo que estaba en el jurado en el concurso pasado y me ayudó a ganar, pero a lo mejor aquel libro mío era bueno, mientras que el de él ahora no lo es tanto, y al final será mi nombre el que figure entre los jurados que premiaron su mala obra. Claro, a mucha gente no le importa su buen nombre y ni siquiera dedican un minuto del día a pensar en que pueda existir algo como eso, sino que les importa más ganarse el dinero que pagan por ser jurado, aunque sea ínfimo, y sobre todo, establecer su red de amiguetes para salir premiado en el concurso del año que viene, y en todos los que sea posible, y que lo inviten mucho a provincias, le den comidita, lo cubran de halagos rellenos, y a lo mejor hasta le pongan en contacto con alguna editorial española de segunda o tercera categoría.

11-El onceno mandamiento bíblico, como se suele decir en broma, es NO ESTORBAR, y en este caso lo aplico no a los jurados, sino a los concursantes, bajo la orden de NO CABILDEAR. Aquellos escritores concursantes que hagan antesala donde saben que el jurado se ha reunido para deliberar, griten, lloren, pataleen, hagan nervios en cualquiera de sus formas o acosen a los jurados por teléfono, mail, postas a domicilio, serenatas desde la calle, pancartas, etc., deberían ser expulsados de inmediato del certamen. Y en caso de comprobarse que han ofrecido dinero a un jurado a cambio de su ayuda, deberían ser sancionados por la UNEAC con la mayor severidad y juzgados por lo Penal bajo la acusación de soborno a un funcionario público.

Tal vez el conjunto suene severo, pero cumplir este Decálogo en todas y cada una de sus partes es la única forma de que acabemos de aprender a ser jurados. Y no porque yo lo diga, sino porque mucha gente buena lo necesita.

Pero sobre todo, porque si usted quiere practicar la “generosidad”, regale sus calzones a sus amigos, pero no tiene derecho a disponer de calzones ajenos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario