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miércoles, 17 de octubre de 2018

Nahum Montt y la creación literaria. Recopilación de entrevistas


Nahum Montt y la creación literaria. Recopilación de entrevistas

Del escritor colombiano Nahum Montt, dice Wikipedia:

Egresado de Literatura de la Universidad Nacional y Maestría en Educación en la Universidad Externado de Colombia. Autor de las novelas Midnight dreams (1999) y El Eskimal y la Mariposa,​ con la cual obtuvo el Premio Nacional de Novela en el 2004; reeditada por Alfaguara en el 2005 y considerada por la crítica como una “radiografía visceral y poética de la violencia colombiana de los años ochenta y noventa del siglo XX”. Autor de la novela Lara, que versa sobre la vida y el asesinato del Ministro de Justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla, a manos de los carteles de narcotráfico en el año 1984. Lara fue recientemente traducida y publicada en Francia. También es autor de una biografía de Miguel de Cervantes Saavedra titulada Versado en desdichas.​
Ha sido docente de literatura en las más importantes universidades del país y asesor pedagógico en el proyecto de uso de medios y nuevas tecnologías del Ministerio de Educación Nacional.
En la actualidad es director del taller de narrativa Ciudad de Bogotá, uno de los más importantes semilleros de narradores en el país. Este taller es auspiciado por el Ministerio de Cultura, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, SCRD, y la Red Nacional de Talleres de escritura creativa, RENATA, en el marco de Bogotá, capital mundial del libro.
Seleccionado entre los cuarenta narradores colombianos después de García Márquez, cuya exposición fotográfica, a cargo de Jorge Mario Múnera, se realizó en Liber Madrid 2006 y en el marco del IV Congreso de la Lengua Española 2007 en Cartagena. Escritor invitado a la XXI Feria Internacional del Libro de Guadalajara en noviembre de 2007.

En su rol de divulgador pedagógico de los procesos de escritura literaria, hemos seleccionados de sus múltiples entrevistas, las que tienen que ver con los asuntos del arte de la creación, sus influencias, sus métodos:

Su más reciente novela la protagonizan Shakespeare y Cervantes. ¿Cuál de los dos ha llegado más al fondo de su corazón?

En mi corazón palpitan los ecos de Sancho Panza suplicándole a Don Quijote que no se muera: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.

 ¿De qué manera se encontraron en la historia estos dos grandes escritores?

Shakespeare y Cervantes se encuentran gracias a la ratificación del tratado de paz entre Inglaterra y España, firmado en Valladolid en 1605. Cervantes ya ha publicado su Don Quijote, y Shakespeare ya ha montado Hamlet en su compañía de teatro.

 ¿Adorador del Quijote?

Lector asiduo del Quijote. Creo que el mundo se divide entre quienes leemos Don Quijote y aprendemos de él y los que no lo han leído y se han perdido el maravilloso encuentro con el más hermoso y complejo personaje literario. Personaje que terminó opacando al ser humano que lo concibió.

 ¿Qué rasgo del carácter del Quijote le gustaría tener?

Su decencia, su integridad, su coherencia. Quisiera que mi epitafio dijera: “Vivió loco como Don Quijote, murió cuerdo como don Alonso Quijano”.

Más allá de Don Quijote, ¿qué obras de Cervantes recomienda?

Hermanos de tinta está muy cerca de las Novelas Ejemplares, en particular de El coloquio de los perros, El casamiento engañoso y Rinconete y Cortadillo. Pero la novela ejemplar que más me gusta y que siempre recomiendo para entrar en la obra de Cervantes es El licenciado Vidriera: la historia de un estudiante brillante que es hechizado por una bruja mediocre y amanece convencido de que se convirtió en vidrio. Un hombre de cristal que camina por en medio de las calles por temor a romperse, con una gran sabiduría e ingenuidad. Un chiflado que dice las más grandes verdades.

 Y de Shakespeare, ¿cuáles son sus personajes favoritos?

Mis entrañables son los secundarios, en escenas memorables, como en Hamlet cuando Polonio le da consejos a su hijo Laertes. Le dice:

“Primero prudencia. No te precipites a decir lo primero que se te pasa por la mente, y piensa dos veces antes de actuar. En tu comportamiento sé simpático, pero jamás vulgar. Si tienes amigos, y lo son a toda prueba, no los sueltes. Aférrate a ellos con lazos de acero. Pero no despilfarres tu dinero en agasajos a cualquier fanfarrón recién aparecido. Tampoco busques lucirte en peleas necias. Pero cuando te toque pelear, pórtate de tal manera que tu contrincante te respete. A todos presta oídos, a pocos da tu voz. Escucha la opinión general, pero que las decisiones en últimas sean tuyas…”.

 ¿Cuál es la obra de Shakespeare que más veces ha leído?

Hamlet en la traducción de Joe Broderick. Es muy bella, es como sentir que Hamlet era colombiano.

¿Qué virtud de Shakespeare quisiera para su obra?

Su lucidez trágica.

 ¿Y de Cervantes?
La terquedad.

¿Qué viajes fundamentales formaron parte de la investigación para esta novela?

Viajé al siglo XVI de la mano de Henry James. Este autor me enseñó a conjurar los desafíos técnicos de Hermanos de tinta.

¿Por qué autores se ha sentido influenciado?

William Faulkner y Gabriel García Márquez, que para mí son un mismo autor. Existen otros autores que son aburrídisimos pero a los cuales se les aprende bastante, como Henry James, Joseph Conrad, Virginia Woolf. Y otros que se los lee como un acto de fe en el oficio de escribir: Raymond Chandler y Dashiell Hammett, que también son uno solo. Pero los papás de todos ellos siguen siendo las bellezas de Shakespeare y Cervantes.

¿Escribir para qué?

Perdón si sueno arrogante, pero yo escribo para hacer posible lo imposible, como los magos, como los locos.

 Usted es un abuelo joven. ¿Cuál es su plan favorito con sus nietos?

Jugar a leerles, jugar a abrazarlos y besarlos. Jugar y jugar con la desvergüenza de un abuelo que perdió el sentido del ridículo y el pudor ante el qué dirán (sentido que sí tenía con los hijos).

 ¿Cuál es el recuerdo más vivo que tiene de su natal Barrancabermeja?

Son fragmentos que se juntan en una sola imagen: tengo catorce años y hundo mis pies desnudos en la calle: el asfalto hierve con el calor del mediodía y quedo en trance. Respiro el olor a bocachico frito y escucho en la distancia la voz de Rubén Blades: “Dígame, Madame Kalalú, en su bola de cristal qué ve”.

 Usted ha sido maestro de escritura. ¿Cuál es el más recurrente de sus consejos a quienes quieren aprender a escribir?

Aunque suene a verdad vieja de Perogrullo, no conozco otra manera distinta de enseñar a escribir sino a través de la lectura. Donde leer como escritor y escribir como un buen lector forman parte del mismo proceso de aprendizaje. Eso sí, hay que leer muy atentos, como recomendaba Gabriel García Márquez, leer con los ojos bien abiertos para no dejarse hipnotizar y descubrir los trucos de los grandes escritores, que como buenos magos escondían entre sus líneas las claves de por qué una anécdota funciona mejor que otra o de por qué un personaje encaja mejor en una situación dramática que en otra.

¿Su mundo, desde la infancia, siempre estuvo rodeado de libros?

 Pertenezco a la generación de Círculo de Lectores, donde cada tres meses llegaba el promotor de ventas con una revista llena de colores y libros posibles. Mi padre nos regalaba un libro. Yo era el tercero de cinco hermanos y el hermano mayor tenía voz y voto para elegirlo. El que seguía tenía voz y yo sólo ganas. Cuando llegaba el libro escogido por mi hermano mayor contemplaba embelesado como le quitaba el plástico -esa especie de condón para libros- y luego, desarrollé una absurda paciencia para contar los días que tardaban mis dos hermanos para leerlo. Eso sí teníamos un código de honor de no hablar ni mal ni bien de ellos hasta no haberlos leídos para no dañar la lectura. De esa forma leí y releí El Padrino y Papillón, novelas de Robert Ludlum y Stephen King, Sven Hassel, Ken Follet, entre otras.

¿Cuál fue el primer libro que lo cautivó y que aún recuerda con especial cariño?

Un libro me acompaña en la memoria. Lo gané por mi desempeño académico, ocupé el tercer lugar de primer año de primaria y me dieron una mención de honor y un libro que hojeo en mis recuerdos: era un Don Quijote grande y delgado en pasta dura con ilustraciones para niños. Fue mi primer libro y me acompañó hasta entrada la adolescencia. Aunque se terminó dehojándose en medio del intenso calor de mi pueblo, Barrancabermeja, sigo consultándolo en los archivos privados de mi memoria.

 ¿Cuál fue la protagonista literaria que le robó los sueños?

Olga Forever, de Paco Ignacio Taibo II. Me encanta y me seduce tanto que ya tengo los esbozos de un personaje femenino inspirado en esa belleza silvestre e irascible de Olga.

¿A qué novela o novelas recurre siempre?

Me encanta volver a los cuentos y novelas de Sherlock Holmes de Conan Doyle. Me gusta reencontrar el tono, la pregunta vital que esconden y que te hacen seguir con las tramas. Pero más allá de los casos resueltos me queda la impresión de haber sido testigo de una amistad entrañable entre Holmes y Watson. Santuario de Faulkner es la novela que siempre vuelvo: su intensidad, su atmósfera y la sensación de estar dentro de un mundo donde lo trágico se asume como una forma del destino, inevitable como el amor.

 ¿Cuáles han sido sus autores favoritos?

 Cervantes y Faulkner. Trato de que me acompañen cada día de mi vida: ni un día sin la gracia de sus textos, a los cuales uno se acerca como a esos viejos amigos que no necesitan grandes protocolos ni invitaciones solemnes: cualquier momento es bueno para entrar en los textos de Cervantes y Faulkner.

 ¿Es verdad que cuando se tiene un libro en las manos jamás se siente uno solo?

 Los libros siempre acompañan: algunos son perturbadores, te llenan de desasosiego y te hunden en la tristeza, otros te sacuden el corazón, otros te hacen agarrar la barriga de la risa y otros, los mejores somníferos del mundo. Así como hay poetas que recetan poemas contra el amor no correspondido o la tristeza después de las separaciones, se deberían recetar algunas novelas que te hacen dormir profundamente apenas lees un par de páginas. En fin, yo no leo sólo para ser feliz o infeliz, yo leo para mantenerme lúcido y crítico frente al mundo que habito.

¿Toda feria del libro debería ser como un Hay Festival de la vida?

 Bonita esta imagen: como si la vida y los libros estuvieran llena de momentos aburridos, olvidables. Y sólo en breves, en fugaces instantes o escenas alcanzamos eso que podríamos llamar la sensación de estar vivos: el encuentro feliz y deslumbrante entre una página y su lector. La Filbo es una fiesta cargada de sorpresas y mucho entusiasmo.

 ¿Cómo nació la idea del premio de novela convocado por el MinCultura?

 Nace ante la necesidad de reconocer que existe en Colombia una comunidad deliberante de lectores. Tomar la iniciativa de premiar las novelas publicadas en Colombia durante los dos años anteriores implicó también reajustar y continuar apoyando los estímulos que otorga el Ministerio de Cultura a los proyectos de obras literarias inéditas y en proceso de creación.

¿Qué tipo de escritor es usted?

 Yo tengo una imagen maniquea de los escritores. Yo creo que hay dos tipos, los que escriben antes de media noche y los que escriben en la madrugada. Cada vez que me levanto a las dos de la madrugada a escribir, sé que hay otro que no se ha acostado, pegado a su computador.

Creo que las horas de la madrugada son las más privilegiadas para entrar en contacto con todo ese ambiente mágico de la creación literaria. Creo en la musa, en mi musa, que pasa a eso de las cuatro de la madrugada, y lo sé porque a esa hora empiezan a cantar los primeros pájaros que la saludan.

Los indús dicen que más o menos a esa hora pasa la diosa fortuna que es venturosa con aquellos que a esa hora están haciendo algo. Por eso, esa hora para mi es privilegiada para escribir.

Yo escribo de dos de la madrugada a siete de la mañana, a la hora que la gente de mi casa comienza a levantarse. A esa hora yo ya siento que he cumplido con mi deber. El resto del día lo planea para vivir esa otra realidad que me corresponde vivir. 
A menudo, incluso, he sentido esa esquizofrenia de que los problemas de mi ficción son más importantes que la misma realidad. Eso quiere decir, pues, que me acuesto muy temprano. Siempre me duermo viendo las malas noticias del país. Como usted sabrá, los noticiarios a esa hora se dividen en dos: Una primera parte trata los problema políticos y de orden público, y una segunda parte trata los deportes y la farándula.  Así que estoy roncando a las siete y veinte.  Mis hijos, entonces, aprovechan esas circunstancias para salir los fines de semana y llegar luego tarde, y los pesco después de la media noche entrando.

¿Qué es lo que primero hace al despertar? ¿Planea antes la historia que escribe?

Lo primero que hago al despertar es tomarme un café y fumarme un cigarrillo. Solo escribo literatura a esa hora. Siento que la musa me castigaría si invierto ese tiempo en otra cosa distinta, por ejemplo, a adelantar deberes atrasados del Ministerio de Cultura.

Cuando estoy escribiendo el borrador de un primer texto, por lo regular escribo muy a lo pasional, muy a lo que me salga. Después hago una decantación de lo que he escrito para superar esa mirada narcisista sobre el texto, entonces me doy cuenta que de catorce páginas solo salvo media hoja.  De ahí entro en un proceso distinto, escribo más pausado, más lento, menos impulsivo, y siento que comienzo a superar esa simple anécdota utilizando los recursos del lenguaje y de la narración.

Por otro lado, la lectura siempre es para mi indispensable en mi formación como escritor. Siempre llevo en la mochila un libro que saco en esos momentos muertos del día.

¿Escribe varios textos a la vez?

Yo he conocido escritores que tiene mañas increíbles, como por ejemplo escribir en dos computadores distintos a la vez, dos relatos o novelas al tiempo; es el caso de Guillermo Fadanelli, escritor mexicano.

Gracias a que me gané el premio de novela 2004 con El eskimal, me metí enserio en el oficio de la escritura y comencé a pesar en varios textos al mismo tiempo. Por ejemplo, a Lara le dediqué mucho tiempo por la investigación.  Ahora en este momento estoy dedicado a la voluptuosidad de la dispersión creativa. Me siento como en una maratón de tramas y de historias que se me están dando y no sé cuál de todas estas ideas va en últimas a consumirme.



¿Cómo fue el proceso creativo de El eskimal y la mariposa?

El eskimal es una novela que quiero mucho porque fue ella la que me abrió las puertas al ámbito literario nacional.  Yo vine a ganar el premio después del enorme éxito que fue Al diablo la maldita primavera, de Alonso Sánchez Baute. También fue una obra que fui escribiendo de forma clandestina. En una época muy dura.

Recuerdo que estaba escribiendo sobre la obra y a la misma vez investigando sobre ella. Estaba manejando tensión porque sentía la necesidad de un reconocimiento, ya que llevaba veinte años escribiendo y escribiendo. A esto se le suma que en aquel tiempo estaba haciendo una maestría en las noches, y dictaba clases para enseñarle a escribir a estudiantes de comunicación y a futuros docentes del área del lenguaje.

Por otro lado, puedo decir que mi novela nace de esos vacíos históricos que tuvieron los asesinatos de dos candidatos a la presidencia. Uno de ellos muerto en la sala de espera del aeropuerto El Dorado, Bernardo Jaramillo Ossa, y días después el asesina en pleno vuelo de Carlos Pizarro León Goméz.

A mi, esos hechos, que me parecieron sacados de la ficción, comencé a investigarlos, amarrando cabos sueltos que se me presentaban, y que en últimas me llevaron hasta la muerte de Luis Carlos Galán, ocurrida en agosto de 1989. Digamos entonces que tenía sobre la mesa un montón de piezas y de acontecimientos importantes que marcaron una generación. Lo otro fue reorganizar los eventos y contarlos, no desde el lado que siempre se contó, desde las víctimas, sino desde los asesinos, de cómo fue la conspiración, el complot.

Entiendo que en su caso, su incursión en este género (novela negra) no es tanto producto del estudio concienzudo. ¿Qué lecturas lo condujeron a él?

La verdad es que fue más el resultado de meterme con la realidad y la historia de este país. Yo siento que de manera natural uno termina construyendo relatos propios de la Novela Negra, porque la realidad del país es propia de este género. De niño siempre leía novelas de vaqueros, los trillers norteamericanos y demás, y tenía la predisposición, pero siento que lo que finalmente termina definiendo mis textos como Novela Negra es que ha habido una toma de posición como escritor de empezar a narrar este país por sus hechos, sus eventos, sus acontecimientos históricos. Y cuando uno lo narra a través de la literatura, casi de manera natural cae en el género Negro.

¿En algún momento ha temido que los espacios reales aludidos en estas novelas disminuyeran su significación frente a un lector no familiarizado con ellos?

Interesante la pregunta. Los relatos se construyen con la intencionalidad de ser autónomos e independientes en sí mismos de esa realidad a la cual se refieren, de esa historia de la cual se nutren. Es probable que sí, y eso es lo bello de la literatura, que admite distintas lecturas. Un lector no familiarizado con este contexto va a leer un relato tal vez de aventura donde siempre hay un final desdichado. Lo curioso es que detrás de ese final desdichado y ese relato de aventuras hay unos hechos que ocurrieron y que están ocurriendo ahora en el país. Pero eso le queda más bien al lector. La función del autor es proponer y tratar de escribir un relato que ante todo sea verosímil, que sea convincente y que atrape al lector para que pueda disfrutarlo.

Además de esos referentes, a algunos lectores jóvenes les puede resultar un poco ajeno el marco de la novela por estar basada en hechos del pasado (acá aproximamos más a la Novela Histórica ). ¿Cómo hace para conciliar con lectores de edades tan dispares?

Fíjate que yo siento que escribo para los jóvenes. Siento que los jóvenes son extranjeros del pasado de este país, y viven en este país como si fuera un eterno presente. La novela no puede caer en la trampa justificar o intentar explicarles a los jóvenes lo que pasó. No. Simplemente muestra unos eventos, y si el joven está interesado en saber más, es éste quien tiene que investigar y rastrear. La novela es sólo un punto de partida para avanzar… Más que en novelas históricas, yo pensaría en novelas policíacas, donde generalmente ocurre un evento, se investiga y al final hay un desenlace fatal.

¿Usted compartiría la apreciación de que en sus novelas la ciudad marca a los personajes?

Por supuesto, porque yo no concibo un personaje in vitro, metido en una especie de tubo de ensayo. Y siento que la ciudad es un recurso expresivo que tiene el escritor para darle una dimensión humana a esos personajes. «Somos en el mundo», decía Ortega y Gasset. Y ese mundo nos sirve para iluminar los estados de ánimo del personaje, sus preocupaciones estéticas, sus obsesiones, su condición humana. Es un medio que uno utiliza en la narrativa para mostrar al personaje como es. Te doy un ejemplo sencillo: «Pepito Pérez estaba muy triste». Eso es muy fácil de decir desde la oralidad y la cotidianidad. Pero si tu dices: «Pepito Pérez el día que salió a recorrer las calles se encontró una ciudad muy fría y lluviosa, que le calaba los huesos, que le llevaba a recordar aquella época en que empezada a…». ¿Entonces, si ves? El espacio, la ciudad, en ese momento se vuelve un detonador que ilumina la condición humana del personaje.

En entrevistas anteriores, refiriéndose a la novela Lara, usted ha dicho que algunos de estos personajes de la vida pública nacional eran, de por sí, novelescos. ¿Cuándo sabe uno que un personaje de la vida real tiene ese potencial?

Esa es la gran capacidad que debe tener un escritor. La capacidad de observación más allá de esos días que transcurren con eventos aparentemente insignificantes. Todos tenemos en potencia cualidades novelescas, pero depende de la capacidad de observación del escritor encontrarlas y poderlas representar a través de la literatura —dicho esto, Nahum Montt giró a su derecha y observó a un policía de tránsito haciendo guardia—. Personaje novelesco puede ser un vigilante que sostiene una valla en medio de la noche, en una calle del Centro Histórico de Cartagena. Que es portador de muchas historias. Que tiene familia, tiene hijos, tal vez tenga amante o novia. Y que a pesar de estar cumpliendo simplemente una labor allí, es un personaje digno de ser llevado a la literatura. No hay nadie que no lo sea, y, en esa medida, siento que los escritores estamos allí para tratar de ver lo que otros no ven, e intentar contarlo lo mejor posible. Esa es la función social de un escritor.

En un coloquio de la Universidad Distrital, la escritora y profesora Alejandra Jaramillo dijo que prefería arriesgar su estómago escribiendo sobre estos temas considerados «de violencia», a tener que volver a vivir esa historia del País. ¿Siente que a usted le pasa lo mismo?

Por supuesto, y es una toma de posición consciente, deliberada. Yo no me veo escribiendo sobre un intelectual que tiene problemas para comprar el cornflakes o el cereal del desayuno, en Barcelona, sintiendo un vacío existencial. Eso funciona por allá en Europa, para esa gente que vive en esas realidades tan aburridas. Yo siento la enorme necesidad de contar la historia de este país a partir y a través del asombro. Aquí ocurren cosas que no ocurren en otro lugar del mundo. Y me siento feliz de arriesgar ese estómago, como diría la profe Jaramillo.

Otra cosa que le he escuchado decir es que a un escritor nunca hay que creerle. ¿Entonces en qué términos queda esta entrevista?

(Risas) Lo que pasa es que el escritor es un mentiroso profesional, que se sirve de la ficción para contar la verdad. Esa es la gran paradoja. Entonces al escritor hay que aprenderlo a descifrar, hay que aprender a descubrir en sus mentiras dónde se halla escondida esa verdad.

Esta es la apuesta literaria de Nahum Montt, quien en la actualidad escribe una obra de teatro ambientada en su ciudad: Tomar hechos de la historia reciente para escribir relatos ficticios que terminen comunicando una idea muy próxima a la realidad histórica y actual; o como resume la frase célebre de John Ford, incluida como epígrafe en la tercera novela del barranqueño: «Es todo inventado, pero todo es verdad».

Usted en El eskimal y la mariposa (2005) y en Lara (2008) aborda desde la ficción la violencia colombiana de finales de los ochenta. Háblenos del oficio del escritor a la hora de contar los problemas que enfrenta la sociedad a la cual pertenece.
Colombia es un país de novela. Lo novelesco ocurre a diario: sicarios que disparan en aviones, ministros perseguidos y abandonados a su destino trágico; magos que hipnotizan niños y no pueden despertarlos; safaris organizados por el ministerio del Medio Ambiente para asesinar hipopótamos que estaban depredando las fincas de poderosos ganaderos; un agente de la DEA asesinado por un payaso que nunca había estado en un circo… No es necesario tener mucha imaginación para ser escritor en Colombia. Lo importante es mantener vivo el asombro, estar siempre atento y dispuesto a la sorpresa.

La historia reciente del país ha sido contada, al menos la de los tiempos del narcotráfico y el paramilitarismo, por los medios de comunicación en formatos como la serie televisiva. Qué opinión tiene del auge de estas narraciones y su impacto en la memoria nacional.

El cuento de recuperar la memoria histórica da para todo. Incluso para terminar haciendo apologías de los criminales más tenebrosos que hemos tenido en Colombia en los últimos años. Lo que han hecho en las series televisivas resulta tan escandaloso que es como si en Alemania actual hicieran una serie de televisión sobre el campo de concentración de Auschwitz. Y con el lema “Nosotros también recordamos” narraran esa historia desde el punto de vista de los soldados nazis y dejaran en esa zona penumbra de personajes menores y secundarios a los judíos víctimas inocentes de dicha campaña de exterminio. Los guionistas de estas series colombianas habría que obligarlos, como hacen en las escuelas de secundaria, a que leyeran A sangre fría, de Truman Capote, y aprendieran que cuando uno narra desde el punto de vista de los asesinos es inevitable terminar identificándose con ellos, no importa lo crueles y canallas que hayan sido.

En el proceso de investigación para El eskimal y la mariposa y Lara ¿siempre tuvo claro que el producto final sería una ficción? ¿No le coqueteó la no ficción? ¿Qué pesó en la decisión?

La historia de este país da para todos los géneros: desde el fantástico, la ciencia ficción, la novela negra, romántico sentimental, hasta el gótico más delirante: acabo de ver un periódico donde dicen que lo ocurrió en Bogotá el 9 de abril de 1948 fue en realidad un ataque zombie. No existe una línea divisoria que separe la realidad de la ficción: una especie de frontera donde el escritor salta y dice: “Oh, acabo de entrar en el país de la ficción.” y luego da otro salto y exclama: “Ahora regreso a esta cosa loca que llamamos realidad.” Por otra parte, nunca me creí el cuento de la no ficción: es un concepto tan absurdo como escuchar a una linda muchacha decir que está un poquito embarazada: “Sí mira, estoy un tris de embarazada, ¿cómo te parece?” Y uno se queda pensativo. Y se pregunta qué le hizo falta a la pobre muchachita para embarazarse por completo. Y le responde la voz de la conciencia: “Eso fue que de niña comió mucho choco-ramo.”

Usted ha estado vinculado a diferentes procesos de formación en escritura creativa, especialmente como coordinador de talleres de novela ¿cuáles son las principales inquietudes y ambiciones de los noveles escritores? ¿Se puede, a raíz de esta experiencia, saber hacia dónde va la literatura colombiana?

Los espacios de los talleres son vitales para los escritores en procesos de formación. Les ayudan a romper el aislamiento que viven quienes se dedican a este extraño oficio de escribir literatura. Les permiten trascender las valoraciones subjetivas de sus familiares y amigos que no van más allá de asentir con la cabeza y decirles: “Ay, qué lindo escribe el muchacho.” Y si no le entienden ponen cara de preocupación y dicen: “Eso es como filosófico, ¿no te parece?”

Los talleres amplían el horizonte del proceso creativo de la escritura. Y además, ayuda a precisarlo, a concretarlo: allí se habla en términos de construcción de los personajes, manejo de diálogos, estructura dramática del relato, manejo del tiempo, de los puntos de vistas… Y lo más importante, quien escribe se reconoce como alguien perteneciente a una tradición literaria, a una comunidad de lectores y escritores.

¿Cómo fue tu primer encuentro con la novela negra?

Nací y crecí en Barrancabermeja, una población que gira en torno a una refinería, una especie de Arabia Saudita pero versión latinoamericana: pura desigualdad y puro medio oeste. Mataban a los jóvenes que fumaban marihuana. Mataban a uno y preguntaban: ¿Y por qué lo mataron? Y la misma gente respondía: Por marihuanero. Y todos lo aceptaban. Ser marihuanero era causa suficiente para ser asesinado. En la década del Ochenta se dieron paros cívicos organizados por los empleados de la refinería. Hubo algunos desórdenes en el pueblo y nos enviaron un contingente de paracaidistas: los boinas verdes. Los soldados mejor preparados del ejército colombiano. Entraron a mi pueblo en un camión gigante, que se detuvo en uno de los semáforos. Y todos los chicos que estábamos curioseando nos quedamos viendo la nube de humo que salía de la parte trasera del camión…Pura marihuana. Nuestros Rambos, los defensores de nuestra democracia eran un grupo de marihuaneros. Esta imagen siempre me persigue cuando escribo novela negra. La paradoja: el lado bueno de los asesinos y el lado malo de los buenos. Creo que esta paradoja define lo que intento escribir.

 ¿Qué autor de novela negra consideras indispensable?

Más que un autor —ser autor es una circunstancia, un accidente— pienso en libros indispensables: el primero: Cosecha roja, de Dashiell Hammett. La historia del tipo que llega a un pueblo llamado Personville pero que todos llaman Poisonville, o Villa veneno y desata una matazón ni la hijuemadre; es la novela que más me impresiona (Me encanta la escena donde el investigador habla con un sindicalista llamado Bill Quint y el hombre le hace un resumen ejecutivo de los bajos fondos del pueblo). También me impresiona mucho Santuario de William Faulkner: sus atmósferas y el truco de dejar por fuera lo más importante de la narración (La escena del velorio de un joven asesinado por Popeye: están en un bar y uno de los dolientes lleva un montón de botellas que desencadena una borrachera babilónica, donde los asistentes terminan tumbando el cuerpo del muchacho muerto).

¿De qué escritor has leído más libros?

Silver Kane y sus novelas de vaquero. Me leí más de cien cuando era un candoroso seminarista en mi pueblo natal. Era apenas un muchacho y vivía en el medio oeste, en la ciudad de las tres PPP: Petróleo, Plata y Putas. También había muchos bandoleros y sheriff corruptos. Y un calor, que no se imaginan: al mirar las calles, desprendían tal cantidad de vapor que parecía uno estar entrando en el mismo infierno.

¿Cuál te parece el mejor detective de todos los tiempos y por qué?

El noctámbulo de Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe. ¿Y saben por qué? Porque Dupin no pertenece a esa raza de investigadores que rastrean y siguen huellas como si fueran pinches perros: comenzando por el periquero de Holmes y terminando con esa saga de sabuesos gringos y las franquicias de CSI. Dupin piensa y resuelve los casos como si fueran un simple ejercicio mental. Se toma su tiempo y deja que los demás se vayan detrás de las huellas. Su talento analítico está por encima del olfato y las intuiciones de Holmes.

A esta estirpe de investigadores pensadores pertenece el inspector y después comisario Martín Beck, creado por esa pareja genial de suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Me encanta por el equipo de incompetentes con quienes trabaja.

De todos los criminales literarios conocidos, ¿cuál te parece el mejor construido?

El Anibal Lecter, creado por Harris, iluminado por la traumatizada Clarice Sterling. Aunque creo que Anibal sin Clarice es como el Quijote sin Sancho, Holmes sin Watson.

¿Qué debe tener una novela negra para atraparte?

Un buen arranque y después la suficiente pericia narrativa para mantener el ritmo y el interés sin caer en trucos efectistas, de esos que usan los autores nórdicos para mantenerte en vilo, donde cierran capítulos con frase del tipo: “alguien tocó su hombro, giró la cabeza y no pudo ocultar su sorpresa…”

Si la novela negra fuera un automóvil, ¿qué modelo sería?

Es más, una bicicleta, donde tienen que pedalear autor y lector ganar un premio de montaña fuera de categoría.

Y si fuera una bebida…

Un café de la sierra nevada de Santa Marta, el más delicioso y alucinógeno del mundo.

Una ciudad…

Bogotá: a 2.600 metros de altura: con poco oxígeno y ni una pizca de nieve. Una jungla con soroche.

 Si tú fueras una novela negra, ¿cuál sería tu título?

Las aventuras del capitán Venganza. Y sería un bandolero fantasmal que administra justicia en un pueblo sin ley ni derechos.

¿Qué te motiva a escribir novela negra? ¿Cómo eliges el crimen que quieres contar?

Las barbaridades que pasan en mi país y el resto del mundo. He tomado como punto de partida para escribir mis relatos de ficción los magnicidios que ocurrieron en la década de los Ochenta. He contado desde la novela El Eskimal y la Mariposa, los crímenes de dos candidatos a la presidencia. Y en Lara narré los últimos días del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla, antes de ser ejecutado por las mafias del narcotráfico.

En Colombia, como en el resto del mundo, nadie le pide verosimilitud a la realidad. Y por eso nos divertimos cuando escuchamos en la radio o vemos en la televisión que en una isla asiática adoraron como una divinidad a una muñeca inflable que cayó del cielo. O que en California dos tipos disfrazados de ninjas asaltaron una camioneta que distribuía marihuana medicinal a pacientes terminales. O que en el De efe, después de un aguacero torrencial, la gente le tomó fotografías a un ataúd que flotaba sobre los arroyos de sus calles inundadas.

Nosotros no nos quedamos atrás: hace varios años, un mago fue arrestado porque hipnotizó a un grupo de cuarenta niños en una escuela y no fue capaz de despertarlos; los niños fueron llevados en ambulancia al hospital y el mago fue a dar a la cárcel para evitar su linchamiento.

Hace poco fue arrestado un loro llamado Lorenzo. La policía adelantaba una redada sorpresa para atrapar a una banda de pequeños traficantes que se hacen llamar los Panaverdes. Y los hubieran capturado pero el loro gritó desde su jaula, sobre un balcón: “corre, corre, corre, que te coge el gato”. Al único que pudieron arrestar fue a Lorenzo, el loro campanero.

Aquí, a este tipo de eventos extraordinarios que desafían la imaginación les llamamos Colombianadas. En México les dicen Mejicanadas; y así, de manera sucesiva, las demás repúblicas resultamos hermanadas por el absurdo de nuestras realidades.

Los hechos superan la imaginación. Lo cual no es lo mismo que decir que la realidad supera a la ficción.

¿Qué peso tiene el concepto de impunidad en tu obra?

Es un síntoma de una anomia, un problema que es mucho más complejo que la ausencia de justicia, aunque sea poética.

¿Dónde ocurren tus historias y cuál es el peso del lugar en ellas?

Es el espacio quien define a mis personajes. Es la atmósfera la que da sentido y coherencia al relato.

¿Crees en los finales felices?

Claro que creo en los finales felices. En Buenaventura, principal puerto de Colombia en el Pacífico, en un taller de escritura creativa, un niño sordo escribió la mejor fábula que jamás haya leído. El niño sordo escribió:

“Había una leona que tenía tres cachorritos. La leona estaba muy preocupada porque creía que sí ella moría, sus cachorritos también morirían. Un día la leona murió.”

Durante muchos años la vi como un reflejo cruel de nuestra historia reciente y me imaginé cómo uno de esos cachorritos que nada sabían del mundo, estrenando orfandad. Un día como hoy, tengo otra interpretación. Creo que a pesar de sus apariencias el texto del niño sordo no es una fábula sino una parábola, una alegoría de nuestra historia reciente.

Hoy, más de una década después de que este niño escribiera este pequeño relato, mi visión es más esperanzadora. Hoy creo que la leona es una metáfora de la guerra, que siempre estuvo con nosotros. La guerra ha terminado y ahora tendremos que aprender a vivir sin ella, como cachorros que estrenan la paz.

¿Tiene algún ritual a necesita estar en algunas condiciones especiales, para sentarse a escribir?

 Sí.  Yo me levantó a las 2:00 AM. a escribir, hasta las 8:00 ó 10:00 AM.  Y para llevar ese ritmo, siempre me acuesto, a las 7:00 PM. y me duermo, como a las 7:15, cuando están mostrando la parte de las noticias malas, en el televisor.  Tengo 8 hijos y en mi rincón en el mundo, que es mi casa, en La Castellana (Bogotá), he tratado de generar un ecosistema sensible alrededor de la escritura, con pájaros, palomas, tortugas y mucha gente que me ama.  Ese es el entorno afectivo que me permite escribir.

¿Cuál es la clave para recrear minuciosamente situaciones de momentos históricos y conversaciones que usted jamás podrá saber cómo se dieron realmente?

Mucha imaginación.  Uno se rige por una premisa básica que es verosimilitud, no veracidad.  Uno busca que lo que aparezca ahí resulte convincente.  En esa medida, me costó muchísimo llegar a un tono para que el lector pudiera creer lo que está leyendo.  Cuando comencé a entrar en la dimensión humana de los personajes, empecé a descubrir esas voces, esos diálogos... Evité, por ejemplo, ponerlos mucho a reflexionar.  Esta novela se mueve desde la acción y los personajes siempre se están moviendo y no reflexionando sobre el mundo, sin hacer nada por cambiarlo.

¿Para esta novela(LARA), se situó desde el enfoque de escritor, periodista o historiador?

Un poco de las tres.  Hubo un proceso riguroso, de más de 2 años, de rastreo de fuentes, entrevistas e investigación y después, articular toda esa información que había recopilado, que fue muchísima, y comenzar a pensar en un texto.  La historia siempre se ubica en eventos públicos, pero nunca alumbra esas zonas oscuras que son las cotidianidades de los seres humanos y el ser humano como tal. Y la ficción le ayuda a uno a meterse por ahí y a llenar los vacíos de la historia.

UN Periódico: La sociedad colombiana tiende a olvidar su historia reciente, es como querer sepultar el dolor padecido. Y en su novela están los magnicidios, la corrupción, la ilegalidad, el asesinato de dos grandes líderes: Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. ¿Por qué se interesó en contar esa historia?

Nahum Montt: No he intentado librar una cruzada contra el olvido, ni aclarar los enigmas de sus muertes, ni mucho menos asumir posiciones panfletarias o emocionales. Creo, como Borges, que la memoria esta hecha de olvidos: "Somos lo que olvidamos, no lo que recordamos". ¿Qué hice entonces? Amarré unos cabos sueltos a una trama policíaca, me inventé unos personajes y reescribí una historia que indaga por la condición humana de los asesinos. El mundo está lleno de canallas sentimentales capaces de cometer las más atroces brutalidades y después acariciar conmovidos a sus mascotas, a sus hijos, a sus amantes.
Además, lo que ocurrió en aquella época fue muy lamentable, muy triste. Había un desencanto, una desesperanza, una tristeza colectiva. Como si nos hubieran matado un sueño.

UNP: ¿Hubo alguna dificultad en escribir sobre los asesinos y no juzgarlos, es decir, hacer sentir que no se estaba hablando de villanos sino de seres humanos?

NH: Es muy complejo llegar a lo que se llama "distancia estética". La trampa más próxima que uno tiene cuando empieza a escribir es tomar partido a favor de sus personajes y envilecer a otros. Lo otro, es que me considero un escritor de personajes. Me empiezan a llegar, los visualizo, y poco a poco los voy armando; después, cuando ya los conozco, los pongo en circunstancias problemáticas. Por eso es que el jurado dice que la novela tiene personajes entrañables, pero creo que son personajes delirantes, con concepciones de mundo muy particulares. En la realidad hay acontecimientos más insólitos y ficticios que en la misma literatura. Los atrapo, les doy un nuevo sentido y se los devuelvo a los lectores para que se miren allí como en un espejo.

UNP: ¿Qué ventajas tiene el lenguaje literario frente a otros lenguajes a la hora de narrar sobre estos personajes históricos?

NH: Asumir una posición estética implica distanciarse de los lugares comunes, clichés y de tanta flacidez de pensamiento. La literatura nos permite profundizar en lo humano y nos salva de valoraciones y apreciaciones superficiales. Uno no puede quedarse en la sangre, hay que hacer catarsis de tanto muerto. Si la literatura me sirve para realizar un acto de fe en la vida, aunque tenga que despertar a los asesinos y sus víctimas, y traerlos a esta época, pues lo hago. Para mí siempre será una afirmación vital. Y más allá de esa concepción de la memoria que intenta recuperar recuerdos, yo veo una memoria fundada en olvidos que se reconstruye a diario, que se rehace, se repiensa. Al transformarla en literatura, el lector puede volver a vivir una atmósfera e inferir que no somos ni buenos ni malos, sino una contradicción entre el bien y el mal.

UNP: ¿Qué tan difícil es hablar sobre la historia del país?

NM: Al escribir la novela tuve también mis crisis y me pregunté: ¿Vale la pena intentarlo? Emergía cada madrugada. Porque meterse con la historia de este país es muy complicado. Algunos escritores lo han in-tentado y pocos han salido bien librados; muchos prefieren otras temáticas, otras épocas, otras formas sutiles de evasión; tal vez nuestra realidad no les dice mucho o ya están anestesiados y no los cuestiono, pues la literatura como el arte en general, está más allá de presupuestos éticos o moralistas. Los únicos principios en los cuales creo son la calidad y la autenticidad.

UNP: ¿Qué significa ganarse este premio?
NH: Enrique Serrano, ganador del Juan Rulfo, me dio una imagen que aún me ronda. Me dijo que había una fila muy larga de escritores. Y los concursos te sacan de esa fila, te hacen cruzar el umbral iniciático y permite estos encuentros, que ustedes me conozcan, me lean. Ahora me siento muy tranquilo. Entre un costal de moralejas he guardado algunas verdades de Perogrullo; por ejemplo, recuerdo lo que decía Kipling: "Cuando sepas encontrarte con el fracaso y el éxito y tratar del mismo modo a esos dos impostores.". Ahora asumo el oficio de escribir con mayor rigor, constancia y seriedad, más allá de estas imposturas.

UNP: ¿Qué está preparando ahora?
NH: El Eskimal y la Mariposa explora la pérdida del horror de matar. Llevo dos años escribiendo una novela sobre Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia asesinado hace más de 20 años. Ésta se ubica del lado de la víctima. Ya está prácticamente acabada, tengo varios meses para pulirla y publicarla el año entrante. Me llamó la atención que Lara Bonilla pasó a la historia de este país como un mártir en la lucha contra el narcotráfico, pero en realidad fue un político con una visión integral de la justicia, lo social, lo ideológico, además que era un ser humano excepcional con una memoria prodigiosa y un sentido del humor chispeante e ingenioso. Al comienzo había escrito un texto argumentativo más próximo a lo historiográfico, después lo escribí en forma de crónica y al final me dije: ¿A quién trato de engañar? Si yo no soy historiador ni periodista, lo único que sé es narrar. Así que me lancé a la novela y siento que no me equivoqué, pues la literatura nos permite acercarnos a esas metáforas eternas, a esas historias donde los ideales puestos a prueba por la adversidad se enaltecen y salen fortalecidos.

Los asesinos responsables de dos magnicidios que cambiaron la historia del país toman la palabra en un texto policíaco que obtuvo el Premio Nacional de Novela, otorgado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo (Idct). UN Periódico conversó con el autor, un barranqueño egresado de la Universidad Nacional.







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